¿huir de Qué?

Capítulo 2

Después de despedirme de Melanny y de su hermana Ámbar, me quedo parada afuera del edificio. Si no fuera por las fotos que me enviaron de la Oficina de Atención al Estudiante de la universidad, creería que es un edificio viejo que está por caerse.

Entro y veo un living conformado por tres sofás grandes, cuatro plantas de interior de esas enormes cuyos nombres no sé, una mesita de vidrio en el centro y, encima, algunos libros. Al fondo, me llama la atención una oficina que tiene un gran ventanal de vidrio que da directo a la entrada; desde ahí, una señora rubia que aparenta unos cincuenta años se encuentra tras un escritorio mirando su computadora y, al parecer, no se ha dado cuenta de mi llegada. Tal vez sea Abigail, la administradora del edificio; bueno, eso es lo que me dijeron los de la universidad.

—Hola —digo en un tono medio fuerte para presentarme.

Ella levanta la vista de inmediato, sorprendida, y me dedica una sonrisa.

—Hola. ¿Eres nueva? ¿Estudiante o inquilina normal?

—Estudiante. Ya tengo mi lugar reservado aquí, me lo reservó la Universidad Real de Madrid.

—Entiendo. Pasa aquí, puedes sentarte —me ofrece de forma amable, señalando el espacio frente a ella.

Entro a la oficina y me siento en una de las sillas, justo al lado del gran escritorio en forma de «L».

—¿Nombre? —pregunta.

—Cecilia Sofía Rodríguez González.

—Madre mía, qué nombre tan largo, niña. Aquí con decirme Cecilia ya vamos sobradas —comenta ella con una pequeña risa, girándose un poco hacia la parte lateral del escritorio donde tiene el monitor—. A ver, déjame buscarte.

—Gracias. ¿Usted es Abigail? —pregunto amablemente mientras ella revisa en la computadora una lista que no alcanzo a leer bien por el ángulo de la pantalla.

—Sí, soy Abigail Ortíz, pero me gusta mucho más que me digan Abby, puedes decirme así. Todo lo que tenga que ver con el edificio es conmigo, querida.

—Está bien —respondo.

—Aquí estás —dice, mirando el monitor fijamente—. Tercer piso, apartamento 33. —Luego, se levanta y se da la vuelta para sacar unos papeles de una carpeta archivadora del estante que tiene detrás.

Mientras me da la espalda buscando los documentos, aprovecho para detallarla mejor. Lleva puesto un vestido veraniego tipo primaveral que la hace ver sumamente elegante. Tiene la piel blanca y el pelo corto rubio ceniza, peinado con una prolijidad impecable. Se da la vuelta ya con los papeles que buscaba en mano. Es delgada, de rasgos finos, y lleva puestos unos lentes al aire que enmarcan unos ojos café muy expresivos.

—Muy bien, ¿entonces qué procede ahora? —le pregunto cuando ella vuelve a tomar asiento.

—Firma esta planilla para confirmar tu llegada. No es nada importante, es solo un registro —me dice, pasándomela por encima de la mesa.

Procedo a firmar y le devuelvo la planilla.

—Perfecto, querida. Tengo que decirte que aquí todos suben sus propias maletas. Usa el elevador. Si tienes inconvenientes en tu piso, solo avísame; mi número está en esta tarjeta —me dice, pasándome una tarjeta de presentación junto con la llave de mi apartamento—. Me llamas y lo solucionamos.

—Muchas gracias, señora Abby —digo agradecida.

—Solo dime Abby, querida. Ve, instálate, duerme y disfruta de esta nueva etapa.

—Muchas gracias, Abby.

Me despido de ella, voy hacia el elevador y aprieto el botón para ir al tercer piso. Al llegar, camino por el pasillo buscando el número 33. Lo encuentro, abro la puerta y veo que es tal cual mostraban las fotos que me habían enviado: un apartamento de cinco por cinco, pequeño pero acogedor. Abro la puerta y me da la bienvenida un pequeño pasillo distribuidor. A la izquierda queda la puerta del baño y, a la derecha, el muro que encierra el dormitorio. Doy unos pasos hacia adelante y el espacio se abre por completo: hacia la izquierda se despliega un living bastante amplio para el tamaño del lugar y, en la esquina del fondo a la derecha, encajada de forma integrada, está la cocina. Todo se siente compacto, práctico y fríamente calculado.

Entro a la habitación, dejo mis cosas a un lado y reviso la hora en el celular: son las 13:35. Estamos a mediados de agosto, por lo tanto, las clases inician en unas dos semanas. Debería llamar a mis padres, necesitan saber que llegué bien. Menos mal que tengo datos para usar; ya después veré el tema del Wi-Fi de aquí. Como todavía tengo mi número de teléfono de Paraguay —el cual debería cambiar en estos días—, decido llamarlos por WhatsApp.

Busco el contacto de mi mamá y le marco por videollamada. Atiende casi al instante; la pantalla se ilumina con su rostro.

—¡Hola, amor! —exclama con una sonrisa de alivio.

—Hola, mami.

—¿Cómo estás, hija?

—Bien, pero muy cansada. Llegué recién nomás... ¿Y papá?

—Acá está cerca, ahí ya viene.

—Bueno, les aviso nomás que ya estoy en mi apartamento. Ya conocí a la administradora y es muy amable.

—Qué bueno, me alegro muchísimo. Mirá, acá está tu papá.




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