¿huir de Qué?

Capítulo 3

Segundo día en Madrid y toca organizar mis cosas. Son las nueve de la mañana y estoy lista para desempacar, vestida con un conjunto deportivo azul de sudadera y pantalón Adidas muy cómodo para hacer ejercicio, ya que esa será mi actividad física del día: ordenar. Me calzo unas chanclas para andar cómoda por el piso y me ato el cabello, incluyendo el flequillo cortina, en un moño desprolijo bien alto para que no me moleste en la cara. Antes de empezar, busco mi parlante Bluetooth de la mochila, lo conecto a mi celular y reproduzco una playlist que puedo escuchar sin necesidad de usar internet; no pienso gastar mis datos móviles en música antes de resolver el tema de la conexión aquí.

Primeramente, saco mis prendas de la maleta tremendamente grande que traje. Con eso recuerdo la riña entre Melanny y su hermana Ámbar sobre el tamaño de las maletas. Hay tanto que organizar que no sé por dónde empezar. He traído ropa, unos pares de zapatos, productos de higiene, cosméticos para el cabello, maquillaje, skincare... todo cortesía de mi señora madre. Dudo que use la mitad, ya que apenas sé ponerme rímel. También he traído varios dispositivos: mi laptop, tablet, auriculares con cable, mis AirPods, mis audífonos de diadema y, por supuesto, materiales para la universidad. Ya solo me faltaba traer cubiertos de cocina, pero este apartamento ya viene equipado. Tal vez con el tiempo compre unas ollas, sartenes y platos que vayan más con mi gusto.

Después de tres horas de escuchar a One Direction, Airbag, Taylor Swift y Lady Gaga mientras organizaba todas mis cosas y dejaba el apartamento a mi gusto, decido salir a la calle a comprar el almuerzo. Creería que ahora son las siete de la mañana en Paraguay; por eso el hambre me ha llegado, ya que estaba acostumbrada a desayunar temprano. Eso, sumado a que aquí ya son las doce del mediodía; si hago los cálculos, es muy probable que sí sean las siete allá, hora de mi desayuno allá y de mi almuerzo aquí.

Me decido por otra caja de pizza de pepperoni del mismo lugar donde compré ayer. Anoche me devoré toda la caja yo sola, efectos de viajar una gran cantidad de horas.

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De regreso con la pizza, me encuentro a Abby en la entrada y decido aprovechar la oportunidad para saludar y luego preguntar por el internet.

—Buenos días o tardes, Abby, ¿cómo estás? —la saludo con una sonrisa.

—Buenas tardes, querida. Yo bien, ¿y tú qué tal? —responde ella con calidez.

—Ahm... bien, muy bien —digo poco convencida.

—Excelente. Es tu segundo día, ya te irás ambientando mucho mejor a esta ciudad.

—Sí, tienes razón. Ah, quiero preguntarte sobre el Wi-Fi, ¿cómo es el asunto? ¿Tengo que mandar a instalar un router o hay uno para los inquilinos?

—Cada planta tiene su propio Wi-Fi. A ti te toca usar el que se llama "Planta 3", ¿ya lo buscaste?

—No —admito con algo de vergüenza.

—Ya veo —dice ella riendo amigablemente—. Ese es el tuyo y el de tus vecinos de esa planta. La contraseña es "ediplanta3", así de fácil para que nadie se complique.

—Muy bien, gracias, Abby.

—No hay de qué, querida. ¿Y de dónde eres?

—De Paraguay, del departamento de Misiones... o provincia, como se dice aquí.

—Entiendo —comenta pensativa—. Y te ganaste una beca para estudiar aquí, ¿verdad? Por eso la universidad fue quien te reservó un piso.

—Sí, así es —digo con orgullo—. Me gané una beca completa para estudiar Diseño Gráfico, es de un programa que la universidad lanza para extranjeros. Era algo por lo que luché mucho y estoy contenta por haber ingresado.

—Entiendo —cae en la cuenta ella—. Y vaya reserva que hicieron, te queda muy cerca de la universidad este edificio.

—Sí, a unas dos cuadras.

—¿Dos qué? —pregunta ella confundida.

—Dos calles, perdón. Recuerdo que aquí no se dice así, lo siento. Me estoy acostumbrando a hablar más neutro y a usar más las palabras de acá.

—Eres de las pocas extranjeras que han pasado por aquí que hacen eso.

—¿De verdad? —pregunto curiosa.

—A ver, por este edificio pasan estudiantes de afuera de vez en cuando, pero casi ninguno hace el esfuerzo. Tuve un inquilino cubano o puertorriqueño, ya no recuerdo qué era, al que no le entendía nada porque hablaba mucho con la L, y otro era un mexicano que quería que le entendiera sus palabras raras —dice, agitando la mano en el aire como espantando un mosquito.

—Sí, hay algunos que quieren que les entiendas, siendo que es esa persona quien está en tu país... —comento, sintiendo un fastidio al recordar algunas malas experiencias que tuvimos con extranjeros en mi país—. Es el extranjero quien debe acomodarse al lugar donde se encuentra.

—Las personas de ahora, querida —suspira Abby, y terminamos riendo juntas.

—Por cierto, Abby, esta mañana estuve acomodando mi espacio y con todo el desastre se me perdió tu tarjeta donde está tu número. No llegué a anotarlo antes, ¿me lo podrías dar de nuevo?

—Claro, no hay problema, te lo dicto para el móvil.

—Gracias —le digo, sacando el celular del bolsillo.




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