¿huir de Qué?

Capítulo 4

Ya es mi tercer día en esta ciudad y he resuelto los dos primeros pendientes de mi lista. Bueno, casi.

Voy llegando al edificio un poco frustrada debido a que no pude cambiar los guaraníes a euros. Creí que sí se iba a poder; después de todo, Madrid recibe miles de turistas todos los días y hay extranjeros de aquí y de allá. Ya ni recuerdo el motivo exacto que me dieron en la ventanilla de por qué no puedo cambiar los guaraníes a euros.

Al final, solo pude cambiar los dólares que traje de Paraguay. Si hubiera sabido que esto pasaría, habría ido a un banco antes de llegar al aeropuerto. Esos billetes me los dieron mis abuelos una noche antes de salir del país, un buen gesto para ayudarme a sobrevivir el primer mes en lo que me llegaba el dinero de mi sueldo. Creo que cuando vuelva al país en vacaciones haré el cambio y los usaré para el siguiente año. Lo bueno de haber preparado todo es que no tengo la necesidad de usar ese dinero; bueno, me hubiera venido bien, pero ¿qué se le va a hacer?

Al menos, con el cambio que sí pude hacer, me compré el chip prepago que tanto necesitaba para mantenerme mejor comunicada y no se me vaya la señal a cada rato.

Al entrar al edificio, veo que Abby está sentada en el recibidor leyendo otra vez.

—Buenos días, Abby —saludo con voz algo débil.

—Buenos días, Ceci —me responde con esa sonrisa típica de ella—. ¿Cómo estás?

—Bien, solo algo frustrada. Pensaba que podría cambiar la moneda de mi país a euros, pero resulta que no.

—¿No pudiste? —pregunta ella confundida.

—Fui al banco que me recomendaste. Pude cambiar los dólares con éxito, pero no los guaraníes.

—¿Y te va a hacer falta ese dinero? Porque si es así, podría prestarte un poco.

—No, no, te lo agradezco mucho, pero no es necesario, Abby. Tengo dinero para sobrevivir los cinco primeros meses aquí, no te preocupes —digo, mientras se me cae la cara de vergüenza.

—¿Estás segura? Porque si necesitas algo, podrías decirme y te ayudo.

—De verdad, Abby, tengo dinero para arreglármelas. Además, en unas dos semanas me llega mi sueldo. Agradezco mucho tu gesto, no cualquiera lo tendría.

—Bueno, si tú lo dices… Pero ya lo sabes: si necesitas ayuda, solo pídemela, ¿vale?

—Vale, gracias… —le agradezco con una gran sonrisa y siento que no estoy sola en esta aventura.

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Unos momentos después, estamos en su oficina comiendo pizza. Sí, otra vez pizza. Ya debo cambiar mi menú, pero ¿qué puedo hacer? Aún no he hecho las compras básicas del mercado y Abby me ha invitado a almorzar con ella esa gran pizza que ordenó; no podía negarme.

—Y dime, Ceci, ¿en qué trabajas? Bueno eso entendí cuando dijiste que te van a depositar el sueldo en dos semanas.

—Trabajo como desarrolladora de contenidos didácticos para un instituto que enseña informática y otros cursos laborales en Asunción, la capital de mi país.

—Ah, ¿sí? ¿Y cómo es eso? —pregunta, muy interesada.

—Bueno, verás, el instituto me pide que prepare el material o las lecciones para sus alumnos. Ellos me dicen qué temas quieren que trate la lección, yo la redacto, la diseño y se la envío en formato PDF. Eso es todo. Es un trabajo a distancia, así que lo seguiré haciendo desde aquí.

—Vaya, suena muy interesante —dice ella mientras asiente.

—Sí, lo es. Y la verdad es que no me quejo del sueldo —digo, llevándome un gran pedazo de pizza a la boca.

—¿Y cómo van a hacer con el pago ahora que estás aquí? ¿Te pagarán en dólares?

—No, me seguirán pagando en guaraníes, pero le enviarán mi sueldo a mi papá y él me lo transferirá por medio de una agencia de remesas.

—Vaya, no suena nada mal.

—La verdad es que no —admito.

Mientras mastico, una sonrisa se dibuja en mi rostro. Me alegra saber que no estaré sola en este proceso. Llegado el mediodía, me doy cuenta de que ya tengo dos buenas amigas en cuestión de tres días.




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