¿huir de Qué?

Capítulo 6

Ha llegado el sábado, el día de la mudanza de Melanny y de mi reunión en la universidad. Tenía pensado ir a averiguar sobre el primer día, pero hace dos días me enviaron un correo avisándome que me esperan hoy en una reunión con los otros ocho becados extranjeros.

Voy llegando a la universidad y me impresiona la magnitud de la estructura. El campus se levanta sobre la avenida como un enorme y moderno bloque geométrico de color blanco y rojo vibrante, con una fachada acristalada, columnas imponentes y una amplia escalinata de piedra en la entrada. Entro al edificio y un portero me abre la puerta; le agradezco con un gesto. Por dentro, el lugar está lleno de paredes y divisiones de puro cristal que hacen que todo se vea luminoso y conectado, dándole un aire muy tecnológico.

Sigo las indicaciones del correo: cruzo el vestíbulo y camino unos veinte pasos por el corredor hasta encontrar a mi derecha la pequeña sala de reuniones. Aunque, sinceramente, no le veo lo pequeño por ningún lado.

Entro y veo paredes blancas y una larga mesa con unas siete personas sentadas; imagino que son los otros becados. El que está sentado a la cabecera parece ser algún profesor, ya con unos setenta años supongo, canoso y con un bigote tipo mostacho. También veo que hay un pizarrón y unas fotos que no logro ver bien de quiénes son, pero da igual. Saludo al llegar y me devuelven el saludo.

Después de unos minutos, y de haber llegado todos los becados, empieza la reunión.

—Buenos días, jóvenes —toma la palabra el profesor canoso—. Me presento, soy el vicerrector Adolfo López y esta mañana me encargaré de mostrarles el lugar.

Nos cuentan la historia de la universidad y todo lo básico. Luego pasamos a lo que de verdad me interesaba: conocer el lugar.

Con el recorrido nos muestran el campus y cómo se distribuyen las diferentes facultades (ya sé dónde queda la mía). Nos muestran la cafetería, el patio principal, la cancha de fútbol de salón, básquet y vóley, los baños, la dirección y el salón principal de conferencias, que dejan para el final.

—Y aquí tenemos el lugar en donde pasarán mucho tiempo debido a las múltiples conferencias que organiza la universidad.

—¿Y esto nos va a valer puntos extra en las materias, eso de estar en las conferencias? —pregunta en voz baja una pelirroja vestida completamente de negro que está detrás de mí. Al parecer es argentina.

—Yo digo que no va a valer ni un solo punto —dice otro chico, colombiano supongo, que está parado justo a su lado.

—Ojalá sí valga, porque para mí no va a tener sentido que estemos siempre acá en vez de dar clase —digo tan naturalmente que hasta yo me sorprendo de no sentir nada de timidez para hablar.

—Pero como somos becados, no podemos quejarnos —comenta la pelirroja.

—Lo mismo digo —apoya el chico.

—Nos tendremos que aguantar —remato para cerrar el tema.

Al terminar la reunión, y después de haber conocido toda la infraestructura, ya cada uno se dispone a irse de la universidad.

—Nos vemos este lunes, jóvenes, y que tengan un buen fin de semana —se despide el vicerrector canoso.

Todos seguimos el mismo camino hasta llegar a la salida de la universidad. No me separo tanto de la pelirroja y del chico; me caen bien.

—¿Y de dónde son ustedes dos? —nos pregunta él.

—Yo soy de Argentina —dice la pelirroja—. Me llamo Sophia Rossi, soy de Rosario.

Sabía que era de ahí.

—¿Con ph o con f? —le pregunto para saber si somos tocayas.

—Con ph —responde ella.

—¡Oh, somos tocayas! Yo me llamo Cecilia Sofía Rodríguez y soy de Paraguay. ¿Y vos de dónde sos? —le pregunto al chico mirándolo.

—Soy de Colombia —me responde. «Lo sabía», pienso—. Me llamo Giovanni Torres, mucho gusto —dice con un gesto de cabeza—. ¿Y qué van a estudiar aquí? —pregunta.

—Ingeniería Informática —responde Sophia.

—Y yo Diseño Gráfico —respondo.

—¡Ah, igual que yo! —dice Giovanni—. Vamos a ser compañeros —agrega con una sonrisa.

—Bueno, creo que aquí ya se formó una amistad —dice Sophia—. Me pueden decir solo Sophi de ahora en adelante.

—Y a mí me pueden decir Ceci —digo con algo de emoción.

—A mí nadie me dice Gio, y no lo hagan, no me gusta —advierte él, señalándonos con el dedo de forma divertida.

Nos reímos y Sophi cuenta que vive en un complejo a una cuadra de la universidad. Giovanni se sorprende al escuchar el nombre del lugar: resulta que viven en el mismo edificio y hasta ahora no se habían cruzado. Nos despedimos y cada uno toma camino a su apartamento.

Me sorprende lo rápido que he hecho amigos desde que llegué: Melanny en el avión, Abby en el edificio, y ahora Sophi y Giovanni. Bueno, eso parece, que podremos ser amigos. Es un logro muy grande para alguien tan tímida y reservada como yo.

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Llego al edificio en muy poco tiempo y subo a mi planta. Pero antes de ir a lo mío, me acerco a la puerta 11, justo al lado de la mía, que se supone que es la de Melanny, y toco.




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