No puedo esperar a que sea mañana; estoy muy emocionada por el primer día de clases. En menos de veinticuatro horas estaré recorriendo los pasillos de la universidad, lo he esperado durante mucho tiempo.
—¡¿Dónde coños se supone que meteré todas mis prendas?! —se queja Melanny, mirándome con los brazos en jarras ante el caos de ropa sobre su cama.
—Tienes una mesa de noche con cinco cajones, puedes guardar ahí varias cosas —le digo, sentándome en el borde del colchón para buscar una solución—. Y los calzados van genial a un costado del armario.
Melanny suelta un resoplido dramático, pone los ojos en blanco y se deja caer hacia atrás.
—¿Tú cómo lo hiciste?
—No sé, solo organicé según me gustaba y ya.
—Joder, lo haces sonar muy fácil.
—Es fácil. Solo decide qué va en el armario y qué en los cajones. Hasta puedes comprarte un estante pequeño para los zapatos.
—Se te ocurren soluciones de puta madre, tía. —Agarra la almohada y se cubre la cara.
—Siempre —le digo divertida mientras reviso las notificaciones de mi celular.
—¿Qué hora es?
—Las 14:30
—Mierda, Ámbar vendrá a recogerme para almorzar y yo no estoy lista. —Lanza la almohada a un lado y se levanta rápido de la cama para arreglarse el cabello.
—Sigo sin creer lo tarde que almuerzan ustedes los españoles.
—No es tarde —me mira como si la rara fuera yo y continúa peinándose a toda prisa.
—Sí que lo es, en Paraguay la hora de almorzar es a las doce del mediodía o a las una de la tarde a más tardar en un día normal.
—Entonces me imagino que tú ya has almorzado algo.
—Te imaginas bien.
—Pues vale, te aconsejo que te vayas acostumbrando a ese estómago tuyo al horario de aquí. Algún día tendremos que ir a comer algo según lo habitual de aquí, ¿eh?
—Ni me lo recuerdes, apenas he podido acostumbrarme al horario para dormir.
—Te entiendo completamente.
El celular de Melanny empieza a sonar; de seguro es su hermana.
—Me tengo que ir, ya Ámbar está abajo esperándome.
—Está bien, nos vemos luego —me levanto de su cama para ir a mi apartamento.
—Vente con nosotras —invita de repente, girándose hacia mí.
—¿Qué? —le pregunto, extrañada por su propuesta repentina.
—Que te vengas con nosotras. Va a ser aburridísimo si somos solo las dos.
—Es que yo ya almorcé.
—¿Y eso qué?
—Es que ya no me va a caber nada.
—Y una mierda.
—Lo digo en serio. ¿Qué tal si vamos el otro domingo solamente tú y yo? Te lo debo.
—Vale, me lo debes, Cecilia Sofía. —Me advierte apuntándome con el dedo.
—Sí, sí, te lo debo. Ahora ve con tu hermana, yo iré a organizar mis cosas para mañana.
—De acuerdo.
—Adiós, Mel.
—Adiós, Ceci.
Entro a mi apartamento y empiezo con la misión de organizar mis cosas para mañana.
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Ya ha anochecido. Estoy volviendo al edificio de la pizzería que se encuentra a una cuadra, ya por tercera vez en el día; me he decidido por una lasaña esta noche. No he cocinado en todo el día, no tuve ganas, así que todas mis comidas fueron compradas.
Entro al recibidor y el silencio del lugar hace que me relaje apenas ingresar. Abby se encuentra en su oficina acomodando unos papeles sobre la mesa. La saludo con un gesto de la mano y me devuelve el saludo con una sonrisa.
Fue un buen día, ahora toca prepararse para mañana.