¿huir de Qué?

Capítulo 9

Primer día de clases. Siento ansiedad, nervios y algo de miedo. Estoy frente a la universidad, fingiendo que reviso el celular para retrasar el momento de entrar. Se supone que me preparé seis años y medio para esto. Tardé una eternidad en elegir el outfit —pantalones cargo negros, camiseta bordó pegada al cuerpo, mis amados tenis Adidas blancos y una chaqueta negra—, dediqué tiempo a arreglar mi cabello para terminar dejándolo suelto y a guardar cada cosa que iba a necesitar... ¿para al final quedarme acá parada? No, señor.

Me armo de valor y entro. Recuerdo muy bien cómo llegar a la facultad de artes y ya sé cuál va a ser mi aula.

Recorro los pasillos directo hacia mi aula. Al cruzar el umbral, la ansiedad y los nervios... se van por completo. Segundos después veo a Giovanni entrar; en cuanto me ve, lo saludo agitando la mano.

—Hola, ¿cómo estás? —Llega junto a mí y me saluda con un beso en la mejilla.

—Yo bien, ¿y vos qué tal estás? —pregunto con una sonrisa.

—Ammm… bien, lo normal —dice sin nada de emoción.

—Bueno, creo que deberíamos sentarnos —digo, señalando las mesas individuales con la cabeza.

—Sí, lo mismo digo —concuerda él.

Después de unas dos horas de clase y de las presentaciones de las materias que tendremos este semestre, salimos al receso y nos encontramos con Sophi en el patio principal. La vemos llegar muy espléndida, vestida con una falda negra larga, botas texanas negras y una camisa blanca que la hace ver muy bien.

—Hola, amigos —saluda ella al llegar junto a nosotros.

—Hola —le digo—. Te ves bien —la halago.

—Gracias, hermosa. Vos también te ves bien.

—Gracias —digo tímidamente. Creo que me sonrojé; que alguien que sabe vestirse tan bien me dé un cumplido así, me emociona.

—Yo también me veo bien, gracias por el halago —dice Giovanni, reclamando.

—Vestido con esos jeans azul oscuro, camiseta blanca y esos tenis negros… —dice Sophi, mirándolo de pies a cabeza—. Sí, te ves bien.

—Gracias, ya lo sabía —dice él, muy creído.

Mientras Sophi nos cuenta cómo es su clase y que ya le cayeron mal unos compañeros, escuchamos el timbre que anuncia que es hora de volver al aula. Nos despedimos y Giovanni y yo caminamos de regreso. En el camino nos cruzamos con nada más y nada menos que el imbécil de mi residencia: Fernando. Iba distraído con el celular. No me vio, y qué bien.

Unas horas después, finalmente llega la hora de la salida y todos vaciamos el salón rápidamente.

—Tenemos que salir un día para conocernos mejor los tres —dice Giovanni.

—Sí, me parece bien —digo.

—Excelente. Bueno, nos vemos mañana, Ceci. Adiós —se despide rápidamente con un abrazo corto y sale casi corriendo.

Poco tiempo después llego a la residencia y subo las escaleras. El elevador sigue sin funcionar; igual, me viene bien subirlas y bajarlas de vez en cuando. Recuerdo que Melanny no está; me había dicho que iba a ir más temprano por ser el primer día de clases y que tal vez coincidamos en algún momento en la universidad, pero no la vi.

Creo que es hora de hacer algo que tenía postergado desde que llegué: conocer la ciudad, o al menos una pequeña parte. Ya en mi habitación paso a cambiarme de ropa y elijo un conjunto deportivo, pero esta vez de color negro. Me calzo unos tenis grises, me recojo el cabello en un moño desprolijo dejando el flequillo suelto, me coloco la sudadera junto con mis audífonos de diadema y salgo a dar una caminata.

Elijo recorrer unas diez manzanas calle arriba. No tengo intención de ir más lejos por si me termino perdiendo, tampoco tengo idea de cómo se llama la calle por la que voy caminando, solo me concentro en admirar la belleza y la tranquilidad de las calles arboladas.

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Una hora después regreso a la residencia. Creo que ya me hacía falta salir un rato; necesito ir ambientándome a esta ciudad. Entro al recibidor y, mientras voy cambiando de canción en el celular, piso algo redondo y termino directo en el suelo.

Siseo por el dolor, pero al revisar mi tobillo derecho noto que parece estar en su lugar. En ese momento, Abby sale de su oficina y me ve tirada en el suelo.

—¡Oh, por Dios, Ceci! ¿Cómo fue que te caíste, cariño? —pregunta ella, preocupada.

—No sé, me resbalé con una pelotita o algo así —explico mientras ella me ayuda a levantarme y me sienta en uno de los sofás.

—¿Una pelotita? —se extraña.

—Sí, algo chiquito y redondo. Rodó en cuanto le puse el peso encima.

En eso veo que Abby ata cabos.

—No puede ser que no aprenda —dice ella, confundiéndome.

—¿Qué cosa?

Abby saca su celular y llama a alguien.

—Te necesito en el recibidor ya —dice con un tono firme, y cuelga de inmediato. Se gira hacia mí y suaviza la voz— A ver, cariño, ¿cómo está tu pie?

Me saco el tenis y le muestro mi tobillo derecho. Se ve bien, menos mal.




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