Pasamos unos segundos de silencio incómodo hasta que Fernando lo rompe:
—¿De verdad no puedes levantarte? —pregunta con molestia.
—Puedo levantarme; lo que no puedo hacer es pisar con el pie lastimado —digo, defendiéndome.
—Mira, hagamos esto —mientras dice eso, se sienta muy a mi lado en el sofá y lo miro extrañada—. Mi pierna izquierda será tu pierna derecha, ¿ok?
—¿Cómo? —pregunto, tratando de comprender.
—No sé cómo te lo voy a explicar. ¡Solo haz lo que digo! ¿Sí?
En eso, me toma de la mano y pasa mi brazo derecho sobre sus hombros. No puedo evitar sentirme incómoda ante tanta cercanía, aunque no puedo negar que tiene unos hombros bastante bien trabajados, por cierto.
—Ahora nos vamos a levantar —anuncia.
Y sin darme cuenta, estoy de pie con mi brazo alrededor de su cuello. Sí que me siento incómoda.
—Ahora enrolla tu pierna a mi pierna hasta donde puedas.
—¿Sí sabes cómo se ayuda a alguien en estos casos o solo lo estás inventando?
—Sí sé cómo, y es la forma que me funciona a mí para ayudar a alguien en tu estado. Ahora intenta caminar, joder —exige él.
Logro dar unos pasos hasta los pies de las escaleras, pero pierdo el equilibrio y por poco vuelvo a caer, solo que esta vez me llevaría a él conmigo. No soy capaz de mantener la seriedad y me rompo a carcajadas.
—¿De qué coño te ríes? —pregunta él, molesto.
—Me da risa cómo esto no sirve.
—Puta hostia, es verdad, esto no sirve.
—No, no sirve para nada —concuerdo otra vez.
—La solución es la siguiente para no perder más tiempo. Tienes tu tenis en la mano, ¿verdad?
—Sí, aquí lo tengo. —Se lo muestro.
—Pues vale —en eso procede a agarrarme de la espalda y de las piernas, y me termina cargando, cosa que me toma totalmente por sorpresa.
—¡Ey, nooo! ¿Qué haces? ¡Bájame! —grito.
—No puedes caminar en un pie ni siquiera teniendo un apoyo. Por eso, esta es la única solución que veo.
—¡Nooo, bájame! No vas a poder subirme tres plantas, bájame —digo, pataleando e intentando zafarme, pero no sirve de nada.
—Si no te ayudo, el castigo será peor para mí —dice, acomodándome mejor mientras sigue subiendo las escaleras.
—¡Que me bajes! No vas a poder, son tres plantas —insisto.
—Sí voy a poder, ya solo faltan dos.
—¡En serio, nooo! Peso demasiado, de verdad —digo sin darme cuenta de las palabras.
—¿Eh? —dice él.
—Que peso mucho —digo, mientras siento que se me cae la cara de vergüenza.
—No pesas nada —dice él tan fresco.
—¿Ah, no? —pregunto extrañada.
—Que no, que no pesas nada —dice con total seguridad, subiendo la siguiente planta sin el menor esfuerzo.
«Carajo, estoy segura de que me he sonrojado. Vaya forma de soltar la inseguridad que tenía».
Llegamos a mi apartamento y en eso Fernando me baja. Saco la llave del bolsillo de mi sudadera y abro la puerta. Él me ayuda a avanzar hasta el sofá que se encuentra al fondo, a duras penas logro arrastrar los pies hasta ahí y me siento.
—Gracias de verdad —digo, mirándolo con total sinceridad.
—De nada. Bueno, ahora paso a la última parte de mi castigo —dice él, sin el menor rastro de cansancio. Como si no me hubiera cargado tres pisos. «¿Cómo es posible?». —¿Tenías cosas que hacer? —pregunta.
—Solo una —digo.
—¿Qué cosa?
—Salir a hacer compras... Bueno, ir al súper, como le dicen aquí, creo.
—¿Solo eso? —pregunta, metiendo sus manos en los bolsillos de su jean.
—Sí, cosas para la comida, nada más —aclaro.
—¿O sea que sí comes cosas aparte de la pizza? —pregunta él en un tono burlón.
—Sí, como otras cosas aparte de la pizza, imbécil.
—Bien, entonces, ¿qué necesitas? —pregunta él. Ni siquiera le importó que le haya dicho imbécil.
—Unas diez cosas. Tengo la lista en mi celular, lo anoto en una hoja para que puedas llevarla.
—No es mala idea —coincide él, sacando las manos de los bolsillos para pasárselas por el cabello.
—¿Me harías el favor de pasarme la libreta de apuntes y el lápiz que están sobre la mesita de noche en mi habitación?
—De acuerdo —dice, ya con poca paciencia.
Lo veo entrar y salir rápidamente de mi cuarto para traerme lo que le pido.
—Gracias —le digo cuando me los entrega en la mano.
Pocos minutos después, termino de escribir la lista de compras y le alcanzo el papel junto con el dinero. Él revisa la hoja y se ríe.
—¿Qué es lo gracioso? —pregunto.
—¿Segura que no ibas a cocinarte una pizza?