Debo saber si en verdad
En algún lado estás
Voy a buscar una señal
Una canción...
Suena Mujer Amante de Rata Blanca en mi apartamento. Cantar mientras cocino me hace sentir muy bien y libre. Creo que le falta más tomate a la salsa. Hacer una pasta casera es de lo más fácil, sobre todo cuando la preparo a mi manera. En lo que pongo a hervir el agua, me dispongo a cortar un par de tomates más.
Escucho que alguien llama a la puerta. Voy a abrir y me encuentro a Fernando recostado contra el marco del pasillo.
—Hola —saludo.
—Hola. Esto te lo manda Abby —dice, pasándome una bolsa.
—Gracias. ¿Y por qué lo subes tú? ¿Ahora repartes la correspondencia de los inquilinos? —le digo bromeando.
—No. Solo lo hago porque me lo pidió; se aprovechó de que yo iba subiendo a mi piso —responde él seriamente. Qué amargado.
—Bueno, entonces le enviaré un mensaje dándole las gracias —digo mientras reviso el empaque. Alzo la cabeza y veo que Fernando tiene una ceja levantada—. Y también a ti, gracias por traerlo... sea lo que sea esto, está sellado.
—De nada.
La verdad no sé qué podrá ser lo que me ha mandado, pero ya tendré tiempo de verlo luego. Noto que Fernando sigue parado en el umbral.
—¿Necesitas algo?
—Tu camiseta.
—¿Necesitas mi camiseta? —pregunto, asustada.
—No, solo hago referencia a la camiseta que llevas —dice, poniendo los ojos en blanco.
—Ah. ¿Y qué tiene? —Bajo la mirada y caigo en la cuenta de que llevo puesta la camiseta del Barcelona, esa que solo uso cuando no voy a salir por las calles de Madrid, obvio.
—Buena elección —comenta él.
—Bueno, yo vuelvo a la cocina. Gracias de nuevo por subir mi paquete.
—¿Estás haciendo pasta? —pregunta, mirando al fondo de mi apartamento.
Me sorprende que lo haya adivinado tan rápido.
—Sí, ¿cómo lo supiste?
—Intuición.
—¿Intuición?
—Sí, y que se te está por quemar la salsa si no vas a removerla ahora mismo.
—¡Carajo, es verdad!
Voy casi corriendo a la cocina a remover la mezcla. Le añado un chorrito de agua para que no se pegue...
—Si tuviera una buena cantidad de tomate, no se te quemaría tan fácil, a menos que lo dejes en el fuego por horas, claro.
Me sobresalto al verlo parado en medio del salón, con las manos en los bolsillos de sus vaqueros, observando cómo intento salvar mi comida.
—Gracias por decirme algo que ya sé. ¿Y qué haces aquí adentro?
—Solo pasé a darte un consejo. Consejo que necesitabas, porque veo que a tu salsa le falta bastante rojo. Pero ya me voy...
—Le iba a poner más tomates, pero llegaste tú —le digo, mostrándole los ejemplares que estaba a punto de picar.
—Sí, eso veo. Por cierto, esos tomates están secos, no te van a servir.
—¿Cómo sabes eso?
—Se nota a simple vista. ¿Puedo pasar y te muestro cómo reconocer un buen tomate para una salsa?
—Adelante... aunque ya pasaste.
—Con permiso —dice él, acercándose a la mesada. Toma uno de los vegetales y lo sopesa en su mano—. Es por el color y el brillo. Esos que tienes ahí están mates, tienen un rojo apagado y la piel se ve opaca, sin vida. Cuando un tomate tiene jugo por dentro brilla solo y el rojo es parejo. Esos tuyos tienen más pinta de cartón que de comida.
Me quedo parada a su lado, mirando detalladamente los tomates y procesando la explicación táctica que me acaba de dar.
—De verdad no sabía nada de eso... Gracias por las clases de agricultura.
—De nada. Vale, pues me voy. Hasta luego, Cecilia.
—Adiós y gracias nuevamente, Fernando.
Veo cómo sale de mi apartamento y cierra la puerta a sus espaldas. Definitivamente era algo que no me esperaba el día de hoy.