Humanimal y más relatos al final del camino

El hambre de la nieve

Oh, Dios, tú qué has visto mi sufrir; sé piadoso y expía mi alma del pecado que estoy a punto de cometer...

El día 24 de diciembre de 1996 mi mejor amigo y yo comenzamos un viaje para conquistar la cima del Pico de Orizaba, que se encuentra en la frontera entre Puebla y Veracruz; nuestra travesía comenzó por la mañana con ambos emocionados por la aventura que nos aguardaba.

Las primeras horas de nuestro ascenso fueron tranquilas, avanzamos a un ritmo bastante pausado con la finalidad de disfrutar de la naturaleza que nos rodeaba, después de todo no teníamos prisa por concluir con nuestro viaje.

Pasadas las primeras dos horas el cansancio comenzó a hacer mella en nuestros cuerpos, por lo que decidimos detenernos para retomar fuerzas y comer algo; mientras bebíamos un poco de café para calmar un poco el frío que se sentía en el lugar pese a lo abrigados que íbamos, charlamos sobre nuestros años de escuela y cómo siempre tuvimos almas aventureras.

Pasados cerca de treinta minutos Aldo dijo que era momento de seguir adelante; lo miré pensando que aún quería seguir descansando, pero entendía que cada minuto que pasaba nos alejaba más de la cima del imponente volcán.

Asentí y comencé a avanzar, siempre dos pasos detrás de él, pues tenía menos experiencia, de hecho, este apenas era mi segundo acercamiento al alpinismo. Verlo avanzar con tanta seguridad me hacía sentir más motivado, como si nada malo pudiera pasar.

Unos metros más adelante pude ver que todo se comenzaba a tornar de un blanco majestuoso y no pude evitar gritar de la emoción, a lo que mi compañero respondió con una carcajada diciendo que lo realmente interesante apenas estaba por comenzar.

No pude evitar sentirme confundido por aquellas palabras, para mí todo era tan interesante desde el principio que me era imposible creer que “apenas estuviera por comenzar”. Ahora con un tono más serio Aldo me explicó que a partir de ese punto subir sería más difícil y peligroso.

Escuchar eso desvaneció la emoción que había sentido, sabía que podía confiar en él, pero no era igual con la nieve que ahora nos rodeaba. Por un momento pensé que lo mejor sería regresar; sin embargo, no quería decepcionarlo y aún menos decepcionarme a mí. Volver sería igual a traicionarnos.

El frío comenzó a calar profundamente en mi cuerpo y lo que antes era una capa de nieve invitando a recorrerla, ahora parecía intentar detenernos. Podía sentir mis pies hundirse a cada paso y el cansancio era mayor; pregunté si podíamos detenernos un momento.

Mi amigo y ahora guía me miró fijamente, suspiró profundamente y asintió. Me preguntó si quería volver, y dijo que entendía si era demasiado para mí; dije que no, únicamente necesitaba parar unos minutos.

—Bien, pero solo cinco minutos —dijo Aldo al tiempo que sacaba una caja de cigarrillos de su bolsillo para ofrecerme uno. Lo acepté, aunque no ayudaría a mi gastada condición.

Los siguientes minutos no mediamos palabra, únicamente nos limitamos a contemplar el vasto blanco de la nieve que nos rodeaba, con el viento gélido susurrando a nuestros oídos, que, a mi parecer, era más bien un lamento casi espectral.

Al terminar de fumar reanudamos nuestro ascenso por la montaña, avanzando a un ritmo un poco más lento, pero constante; pasó alrededor de una hora y media cuando por fin pudimos ver la cima, y solo entonces recuperé la emoción que había perdido.

—¡Lo conseguimos! —grité extasiado.

Aldo me miró con un gesto de auténtico terror. Segundos después entendí su reacción: la montaña rugió con fiereza, al tiempo que vi una masa inconmensurable de nieve dirigiéndose a toda velocidad hacia nosotros.

Mi amigo gritaba que corriera. Sin embargo, yo me encontraba paralizado, él me tomó por el brazo y me jaló con fuerza, arrastrándome a un costado.

Pocos segundos se sintieron como una eternidad, en la que toda mi vida pasó frente a mis ojos. Cuando por fin pude reaccionar, nos encontrábamos envueltos en la oscuridad.

Aún aturdido, una luz tenue iluminó el lugar; la seguí hasta llegar a Aldo, que gritaba algo, pero yo era incapaz de entenderlo. No sé cuánto tiempo pasó hasta que por fin pude hacerlo: me preguntaba si me encontraba bien.

Fui incapaz de responder, y tan solo comencé a llorar hasta que mis ojos se quedaron sin lágrimas; mientras lo hacía Aldo trató de descubrir hasta dónde llegaba la cueva, que resultó no medir más de tres metros de profundidad.

Aunque era un lugar “seguro”, necesitábamos salir de ahí lo antes posible. El frío en el interior se sentía como estar dentro de un congelador, y cada minuto ahí dentro nos acercaba más y más a nuestra muerte.

Ambos dudamos si era mejor esperar por ayuda o abrirnos paso hacia el exterior. Pensamos que lo mejor era tratar de atravesar la capa de nieve que cubría la entrada.

—No te preocupes, saldremos de aquí a salvo y esto solo será una anécdota.

Fueron las palabras de mi amigo, que mantenía una calma casi inhumana pese a lo aterrador de la situación. Solo asentí y comenzamos a excavar en la nieve con las manos.

Creímos tener buena suerte al notar que la capa de nieve era muy delgada; pasados pocos minutos vimos un haz de luz colándose hacia donde estábamos; estuve a punto de gritar de alegría. Pero esta vez me contuve por miedo a causar otro derrumbe.

Cuando por fin abrimos un hueco suficientemente grande como para salir, no lo dudamos; primero fue él, mientras yo me preparaba para salir, lo escuché.

—Estamos jodidos.

Al oír eso me apresuré para llegar a su lado y entender de qué hablaba, quise creer que no había escuchado bien. Una vez afuera lo comprendí: era nuestro fin.

Nos encontramos frente a una tormenta de nieve, que no dejaba ver más allá de nuestras narices. El viento parecía más bien un lamento y era tan frío que pensé que me congelaría en segundos.

—Perdón, esto es culpa mía —dije pesadamente esperando el desprecio de quien era mi mejor amigo, y ahora había conducido a su muerte. Lágrimas brotaron de mis ojos, solo para congelarse al segundo siguiente en mi rostro.




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