Mi nombre es Zadkiel Salazar, y mi historia comenzó un día común. Caminando por la calle, mientras observaba a las personas pasar; algunas con rostros cansados, condenadas a una rutina eterna. Encadenadas a un trabajo que odian para, al terminar, regresar a casa a una vida asfixiante. Únicamente para comenzar de nuevo al siguiente día.
Otros lucían felices y dispuestos a dar todo de sí, pues vivían como querían y hacían lo que siempre habían soñado, mientras otros expresaban deseo por saber qué les deparaba el destino.
Y luego estaba yo. No esperaba nada de la vida y únicamente me preguntaba si servía seguir viviendo. Siempre fui el último en todo, incapaz de luchar por mis sueños e ideales...
Aun así, continuaba viviendo, como esperando una respuesta a todo. Creyendo que quizá ya me encontraba cerca de algo que pudiera apasionarme de verdad. Al mismo tiempo que envidiaba a todas aquellas personas que sabían cuál era su camino en la vida.
Estando inmerso en mis pensamientos, algo más llamó mi atención. Un hombre, tal vez bajo los efectos de alguna droga, atacó a una mujer que caminaba con su hijo. Sin motivo aparente, le arrebató la vida arrojándola frente a un camión que pasaba por el sitio.
Todo pasó en un abrir y cerrar de ojos. Nadie intentó detenerlo, mientras corría desvariando. Gritaba cosas sobre cómo el camino de Dios estaba torcido y todos estábamos condenados al infierno. Sentenciados a sufrimientos inenarrables si decidíamos continuar con nuestras vidas como hasta ahora.
Al volver mi mirada hacia la mujer, pude observar cómo todos continuaron su camino como si nada hubiera pasado. Tan solo estaba ahí el pequeño, en un evidente estado de shock, a un lado de su madre que yacía en un charco de sangre. No fue hasta que un policía llegó a la escena para cubrir los ojos del pequeño, evitando que siguiera viendo a su madre.
Sin embargo, yo no pude continuar ahí, así que también seguí mi camino, perturbado por lo que había visto y la indiferencia de la gente.
Días después de aquel incidente, vagando por internet, me encontré con la noticia de que se había desatado una pequeña ola de crímenes violentos sin un motivo claro, pero había algo raro en ello: todos quienes los habían cometido decían una y otra vez lo mismo, que el camino de Dios estaba torcido y su podredumbre se encontraba cada vez más cerca de nosotros.
Para mí ese Dios no existía. No era más que algo que la gente quería creer para no sentirse tan miserable y, en esta ocasión, para justificar sus aberrantes actos, que solo eran el reflejo de lo podrida que está la humanidad…
No podía dejar de pensar en aquellas palabras, ¿por qué de repente tantas personas lo repetían como si fuera un mantra? Esa pregunta me acechó durante días. Sabía lo inútil que era buscar una respuesta, pero algo dentro de mí deseaba saber qué era lo que estaba sucediendo.
Comencé a leer todo lo que podía encontrar respecto a esos casos en internet, hallando en el camino situaciones cada vez más siniestras. Leí sobre una madre que, estando en un frenesí demencial, decidió terminar con la vida de sus dos hijos mientras dormían; totalmente convencida de que así evitaría que ese Dios cruel y malvado pusiera sus sucias manos sobre ellos y sus almas.
Pasé horas indagando en páginas cada vez más raras hasta dar con una en la que se afirmaba que todos estábamos siendo engañados y que el creador del universo no era benevolente como creíamos, sino un ser malvado que se divertía a costa nuestra, buscando crear caos y regocijándose con los actos impíos y macabros cometidos en su nombre, mientras mostraba una cara apacible ante el resto de la sociedad. Todo esto, por supuesto, me pareció una tontería.
Hablar de diabólicos planes divinos para enloquecer a los humanos no tenía sentido. Después de todo, Dios nunca ha existido y no era más que una excusa del hombre para apaciguar sus almas impuras.
Continué mi búsqueda hasta llegar a un foro en el que se hablaba de “LA IGLESIA DE LA CARNE”. Los participantes hacían comentarios sobre cómo quienes pertenecían a la misteriosa secta eran personas oscuras, con ideas retorcidas. Entre ellos había alguien que parecía pertenecer al culto, defendiéndolo al mismo tiempo que incitaba a los demás a unirse, prometiendo salvación.
Esa persona hablaba de «el Dios verdadero» y cómo los hombres debían abandonar su cordura y entregarse a sus más bajos instintos para alcanzar la verdad del mundo en el que vivimos, uno en el que la ética y la moral no son más que ataduras.
Todo eso me intrigó aún más, por lo que decidí escribir por privado a este usuario. Sin embargo, solo respondió con una dirección, una hora y una fecha. Luego de eso, no respondió más.
El día 2 de noviembre del 2025 asistí al lugar señalado, que no era más que una bodega visiblemente abandonada al límite de la ciudad. Al llegar dudé si debía entrar o volver a casa, pero la intriga que me consumía era mayor. Decidí adentrarme en aquel sombrío lugar. Una vez dentro, me encontré envuelto en la más densa oscuridad, interrumpida únicamente por una tenue luz al fondo del recinto.
Seguí esa luz solo para presenciar una escena ominosa. Había alrededor de diez individuos cubiertos por túnicas y máscaras negras sin detalles visibles, rodeando una estatua informe y aberrante, de aproximadamente dos metros de altura. Una vela la iluminaba, sostenida por una extremidad ondulante perteneciente a la monstruosa figura. Postrada ante ella, vi a una mujer joven, totalmente desnuda, con solo una venda oscura cubriendo sus ojos.
De pie frente a aquella hórrida escena, observé a la mujer tomar una daga que tenía delante. Comprendí lo que haría, incluso antes de que sucediera. Mi piel se erizó y creí que el corazón me iba a estallar.
Corrí sin detenerme hacia mi carro. No miré si me perseguían y conduje sin parar hasta llegar a mi apartamento. Una vez ahí, me encerré en mi habitación y me derrumbé en la cama, horrorizado, tratando de entender lo que había visto.