Humanimal y más relatos al final del camino

La torre blanca

A mediados del año 2000 viajé a Puerto Vallarta, en Jalisco, atraído por las historias sobre los avistamientos de lo que los lugareños llaman “el Gentil”: una criatura semihumana proveniente del mar.

Siempre fui un entusiasta de la criptozoología y lo sobrenatural, por lo que la leyenda del Gentil no era desconocida para mí. Decidí ir a la zona costera para saber más sobre la misteriosa criatura.

La mañana que llegué al lugar, de inmediato busqué hablar con los habitantes. Lamentablemente, nadie sabía nada al respecto o evadían mis preguntas; comencé a creer que mi viaje había sido en vano. Quizá solo era una historia de internet, de esas que las personas demasiado creativas escriben por diversión.

Esa misma noche, mientras me encontraba caminando por la costa, contemplando la vastedad del mar a la luz de la luna, algo rompió la tranquilidad del momento.

Unos cinco metros delante de mí, había alguien parado a la orilla del mar. Debido a la poca iluminación fui incapaz de distinguir algo más allá de su silueta, alta y robusta. Vi a la figura avanzar lentamente hacia el mar, hasta que se desvaneció entre las olas.

Corrí pensando que tal vez se trataba de alguien intentando terminar con su vida, o aún peor, que había sido arrastrado por la fuerza absoluta del mar. Al llegar al lugar en el que se encontraba parado segundos atrás, me encontré con una sustancia viscosa, similar a la mucosidad de las ranas u otros anfibios.

Eso no debía ser humano; era algo más, y yo tenía que descubrir de qué se trataba. Sin embargo, no tenía forma de seguirlo y entrar al agua era igual a una sentencia de muerte.

Sabía que nadie creería en lo que vi, al menos no sin pruebas. Necesitaba algo más que baba recogida en la costa. Tenía que capturar a la criatura; solo de esa manera sería capaz de mostrar al mundo que las leyendas eran más que simples historias.

Regresé a mi hotel para descansar, pensando en el día que tendría por delante; pero me era imposible conciliar el sueño. La emoción por lo que podría descubrir no me lo permitía.

Después de una noche que pareció eterna, llegó la mañana. Sin perder tiempo, acudí a una tienda local para comprar equipo de buceo. Mientras hacía mis compras me detuve a hablar con el vendedor, con la esperanza de que tuviera información sobre la criatura.

Desafortunadamente su respuesta fue negativa. Luego de pagar, cuando estaba a punto de salir de la tienda, me dijo algo que me desconcertó: —Le recomiendo que disfrute sus vacaciones como todo el mundo y no busque cosas que no está preparado para entender.

Únicamente sonreí agradeciendo el consejo, pero más allá de sentir temor mi entusiasmo aumentó. Si había una advertencia era porque él sabía algo, quizá todos los lugareños lo hacían. Pero eran demasiado estúpidos como para comprender lo importante que podría ser para revelar la verdad del mundo.

Me dirigí hasta la costa y, una vez listo con todo el equipamiento, me sumergí en el imponente mar. La fuerza del agua sobre mi cuerpo, acompañada del silencio absoluto, aceleró mi corazón. Pero eso no sería suficiente para detenerme. Continué mi descenso tanto como me lo permitieron el tanque de oxígeno y la presión que era cada vez mayor.

Apenas estaba rozando la superficie del abismo y mi cuerpo pedía a gritos salir de ahí. Solo entonces comprendí que no lograría nada si seguía de esa manera. Tenía que ir más profundo, y para eso necesitaría ayuda.

Decidí regresar al hotel con un nuevo plan. Afortunadamente provenía de una familia adinerada, así que me puse en contacto con una agencia privada de viajes en submarino. El costo era elevado, pero poco importaba frente a la recompensa que obtendría.

Luego de tres días de espera, por fin llegó el momento de descender hacia las profundidades. Cuando el submarino comenzó a sumergirse, la emoción se desbordó en mi interior. Durante los primeros cien metros, la luz aún era perceptible, pero no pude ver nada más allá de la vida marina común en la zona.

A los quinientos metros, la oscuridad comenzó a reinar y fue necesario encender las luces del vehículo. Las criaturas que ahí vivían eran cada vez más esquivas y aún no había rastro alguno del Gentil.

El trayecto fue lento y silencioso. Comencé a creer que no encontraría lo que buscaba, y mi ánimo inicial decayó. Cuando el submarino rozó el fondo marino, a aproximadamente mil quinientos metros, totalmente derrotado dije que era momento de volver a la superficie, pues no había nada más que hacer.

Justo en el momento en que comenzamos el ascenso, el submarino se quedó sin energía y su interior se iluminó con la luz roja de la alarma de emergencia. Ni siquiera tuvimos tiempo de procesar lo que sucedía antes de sentir cómo éramos arrastrados a gran velocidad hacia las profundidades del océano.

La presión comenzó a deformarlo mientras se hundía, más allá de lo que era posible en esa zona del mar. Sus tripulantes y yo intentamos hacerlo funcionar. Con cada segundo que pasaba, el crujir del acero cediendo ante la fuerza del mar no hacía más que presagiar lo inevitable.

Estando al borde del final, pude verlo: una criatura semejante a un humano, pero con rasgos grotescos nos observaba detrás de la ventana que estaba a punto de quebrarse.

Había conseguido encontrarlo, pero ¿qué sentido tenía? El cristal cedió y el agua comenzó a entrar con furia, lista para devorarnos. Nuestros gritos se apagaron de golpe.

Después de eso no hubo más nada…

No sé cuánto tiempo pasó antes de que recobrara la conciencia. Estaba seguro de que había muerto. No había manera de que alguien sobreviviera a lo que sucedió y, aun así, ahí estaba.

Yacía al pie de lo que parecía ser una puerta colosal, tan enorme que resultaba imposible de concebir. De ella emanaba una luz verdusca, lo bastante intensa como para revelar un muro que se alzaba aún más alto que la puerta y estaba cubierto de grabados indescifrables para mí.




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