Desde que tengo memoria, siempre me he cuestionado por qué las personas actúan como lo hacen; mostrando al mundo rostros que no corresponden con lo que realmente llevan por dentro, la alegría, dureza o felicidad excesiva. Suelen ser únicamente una máscara, tan frágil que podría caer incluso con el soplar del viento.
Mientras más avanza el tiempo, soy menos capaz de comprender el mundo: las guerras “en busca de paz” que solo traen destrucción y sufrimiento, o la búsqueda de progreso a costa de consumir el mundo.
Quizá lo pienso demasiado. Después de todo el humano está programado para preservarse a sí mismo; pero, ¿realmente vale la pena preservar algo que no hace más que destruir?
Día a día todo sigue igual; claro que hay personas luchando por el bienestar social. Sin embargo, detrás de esas luchas siempre se oculta un interés egoísta de ganancia o validación. Eso me hace dudar si realmente valen la pena, sabiendo que al final solo será alimento para su ego o tranquilidad moral.
Mientras me encontraba pensando en todo ello, sucedió algo que me llevó de vuelta a la realidad: un hombre que iba en bicicleta hizo un mal movimiento y cayó al suelo, tal vez lo correcto habría sido ayudarlo a levantarse, pero hice lo mismo que la gente a mi alrededor. Solo lo ignoré y esbocé una risa ahogada.
El pobre hombre se levantó con un gesto de vergüenza en el rostro, se sacudió el polvo y siguió su camino, luego de eso una incomodidad incomprensible surgió en mí; pude hacer algo y decidí no hacerlo, pero ¿acaso era mi deber hacer algo?
Después de todo él solo se cayó de la bicicleta, no era como si lo hubieran atropellado, no había necesidad de ayudar. Fue entonces que llegó el camión que me llevaría a casa, me olvidé de todo y solo seguí mi camino.
Al llegar a casa me vi envuelto en la soledad; tan abrumadora que al mismo tiempo me hacía sentir acompañado, sin embargo, esa compañía nunca fue deseada.
Estando en mi habitación, tumbado en la cama continué pensando en el hombre que horas atrás traté de olvidar y reafirmé que no tenía obligación de ayudarlo, después de todo su caída fue culpa de su propia estupidez.
Pero aún sabiendo eso, mantenía la duda sobre si debí ayudarlo; me odié y sentí asco por mí mismo, al ser incapaz de olvidarme de un tema tan trivial. Cómo si pensarlo fuera a cambiar las cosas.
¿Por qué eso me molestaba tanto, acaso me estaba contaminando con la empatía y moral humana?, era algo que debía resolver, pues yo no estaba hecho para eso, simplemente debía mantenerme eficiente, cumpliendo mi rol en el mundo.
Yo no nací para ser un héroe, sino para crear un progreso real. Esa era mi identidad
Con todo eso en mente decidí que lo mejor era descansar en compañía del frio de la habitación y la oscuridad que me abrazaba; comencé a apagarme lentamente a espera de un nuevo día.
Igual que siempre, desperté a las seis treinta de la mañana, recargado y listo para un nuevo comienzo; ya no importaba nada más allá del día que tenía por delante. En mi trabajo como contador podía desconectarme del mundo y sumirme por completo en los números, esos que no exigían pensamiento crítico o moralidad; únicamente lógica pura y dura. Eso era definitivamente para lo que fui creado.
Al llegar a la oficina y dirigirme a mi cubículo me encontré con algunos compañeros en el camino, quienes me sonrieron tan cordialmente como siempre; pese a que devolví los saludos no pude evitar la sensación de incomodidad que me producían los que me rodeaban y su hipocresía.
Pasé todo el día entre cálculos y predicciones financieras, cosa que me hacía sentir completo al ayudar a quienes como yo ambicionaban un progreso real. Llegada la hora de salida un compañero se acercó a mí preguntando si tenía planes para esa noche —respondí que sí, aunque no fuera verdad— no tenía intención de relacionarme con nadie fuera del trabajo.
Él asintió diciendo que entonces otra noche sería, se retiró y por fin pude irme a casa. Estando ahí acompañado por mi eterna soledad encendí el televisor para ver las noticias: en ellas hablaban sobre un nuevo conflicto bélico en el que Estados Unidos buscaban traer “libertad” a un país oprimido, pero que solo había causado miles de muertes innecesarias.
Viendo aquello me sentí nuevamente confundido por el actuar humano; antes de verme sumergido en un nuevo mar de pensamiento apagué el televisor y me fui a acostar. Pues pensar demasiado en cosas inútiles no me serviría de nada.
Al llegar la mañana todo fue tan monótono cómo debía serlo, sin pensamientos basura ni conversaciones innecesarias, únicamente yo y mi apacible rutina. Bebí una taza de café antes de salir al trabajo y pensé que ese sería un buen día. Pero más temprano que tarde descubrí que las cosas no siempre son como uno espera.
El camión tardó más de lo normal en llegar y eso me irritó demasiado, aún no eran ni las ocho de la mañana y todo se estaba arruinando. Cuando por fin llegó escuché a los pasajeros hablar sobre un accidente vehicular cuadras atrás, lo que explicaba el retraso; sin embargo, no pude evitar molestarme por la ineficiencia humana incluso en algo tan cotidiano como conducir.
Afortunadamente el resto del trayecto continuó sin contratiempos y pude arribar a tiempo a mi trabajo, aquel que me hacía sentir tan pleno. Al ingresar al edificio me encontré con una nueva sorpresa; las labores serían suspendidas debido a un fallo masivo en los servidores de la empresa —mi día perfecto estaba totalmente arruinado—.
Salí de ahí totalmente derrotado, lo que debería ser un día productivo se había ido a la basura de un momento a otro y no me quedaba más que volver a casa.
Me encontraba esperando el camión que me llevaría a casa, cuando pude ver nuevamente al ciclista que días atrás había caído tan estúpidamente que me resultó cómico; sin embargo, esta vez lo miré con detenimiento y noté las arrugas en su rostro: seguramente ya superaba los setenta años.