Los gatos, esas criaturas tan fascinantes que nos han acompañado desde hace miles de años. Siempre me pregunté cómo sería vivir sin ellos.
La primera vez que vi a un gato fue a los cinco años, cuando mi padre llegó a casa con una caja misteriosa. Siendo una pequeña tan hiperactiva y curiosa como es normal a esa edad, pregunté entusiasmada qué había dentro de la caja. En ese momento mi padre me miró con una sonrisa y la abrió. En su interior se encontraba un gato pequeño de color negro, que comenzó a maullar tan fuerte como le fue posible en cuanto vio la luz.
Emocionada tomé al pequeño entre mis manos, solo entonces dejó de maullar y empezó a ronronear. Era como tener un pequeño motor cálido y peludo pegado a mi cuerpo; desde ese momento nos volvimos inseparables. Agradecí a papá y corrí a mi habitación con Benito en brazos para tomar una siesta que duró horas.
Los días posteriores fueron los más felices de mi vida. Al ser hija única siempre me sentí sola, no había con quién jugar en casa. Mis padres trabajaban todo el tiempo y era cuidada por mi abuela, pero gracias a Benito eso había terminado, hacíamos travesuras juntas y siempre conseguíamos salirnos con la nuestra, porque nadie sería capaz de enojarse con una niña y su gata que eran tiernas por igual.
Si tuviera que quejarme de algo, sería, quizá, de las responsabilidades que venían con mi nueva mascota. Alimentarla y limpiar su arena me fastidiaba, pero valía la pena si gracias a ella no me sentía sola.
La primera vez que la llevamos al veterinario, tenía miedo por su salud, pero mis padres me dijeron que era importante hacerlo para estar seguros de que creciera fuerte. De hecho, ese fue el día en que descubrí que Benito, mi gato, en realidad era Benita y que gozaba de una salud envidiable.
El veterinario sugirió cambiar su nombre tomando en cuenta su recién descubierto sexo, pero me negué rotundamente, Benito era Benito sin importar si era una gata. Tal vez debí tomar en cuenta su propuesta para evitar confusiones cada vez que debía presentársela a alguna visita, pero yo pensaba que su nombre tenía personalidad y eso era lo único importante para mí, un gran nombre para la mejor compañera del mundo.
De regreso en casa, la pequeña bola de pelo con patas corrió a mi cama para hacer lo que mejor sabía, dormir sin que nada importara. Yo, por otro lado, tenía que hacer tarea, la cual odiaba, pero una niña de kínder debía de hacer lo que una niña de kínder debe de hacer.
Verla ahí tumbada en la cama panza hacia arriba me daba envidia. Siempre que eso pasaba fantaseaba con que yo también era una gata, sin preocupaciones por la vida, ni tarea ni quehaceres, solo dormir, comer y jugar.
Para mí, esa era la vida perfecta, una a la que no pertenecía. Yo era humana, una muy inteligente; tanto que con el paso de los años siempre me destaqué en los estudios. Aunque no podía decir lo mismo de mi habilidad para socializar, pero ¿quién necesita amigos cuando se tiene a la mejor compañera del mundo en casa?
En realidad, creo que mi dificultad para hacer amigos nunca se debió a que no tuviera la capacidad para hacerlo, sino a que nunca tuve las ganas de ello. Las personas son complicadas, llenas de contradicciones y atadas a normas.
Nada de eso es malo, pero es aburrido; en cambio, los gatos viven libres, guiados únicamente por su instinto. Eso es algo que aprendí a lo largo de los años gracias a Benito. Desde el momento en el que llegó a mi vida la admiré y envidié por igual.
Pese a que quisiera decir que toda mi vida fue feliz y fácil, mentiría si lo hiciera. A la edad de diecisiete años sucedió algo que cambió mi vida. Esa mañana me encontraba en medio de una clase en la preparatoria, cuando el director me llamó a su oficina.
Eso me tomó por sorpresa, siempre fui una alumna ejemplar y nunca causé problemas. Al entrar, él me miró con una seriedad anormal, me dijo que tomara asiento y entonces soltó la bomba. Mis padres habían muerto en un accidente automovilístico.
Después de darme la noticia, me llevó a casa, en donde ya se encontraba mi abuela esperándome. Verla ahí, frente a la entrada de mi hogar, me regresó a la realidad y, solo entonces comencé a llorar. Creo que nunca había llorado tanto en mi vida, ni siquiera el día que me fracturé el brazo mientras trataba de escalar un árbol igual que lo hacía Benito.
Los siguientes días no asistí a la escuela, de hecho, no salí a ningún lugar más allá del funeral de mis padres. Mi abuela estuvo ahí todo el tiempo, sin embargo, me sentía sola.
Fue sumida en la tristeza y la soledad que Benito se volvió mi única compañía. Nunca se separó de mi lado; si yo no comía, ella no lo hacía y después de aproximadamente una semana, decidí que tenía que seguir con mi vida. Mis padres siempre estuvieron orgullosos de mí y estaba segura de que no les hubiera gustado verme morir en vida.
El día que regresé a la escuela recibí palabras de apoyo de todos mis compañeros, a pesar de que siempre me mantuve aislada. Para mí eran totales desconocidos, y aun así ahí estaban, tratando de entender mi dolor. El tiempo siguió su curso e hice algunos amigos que me hicieron más fácil seguir adelante.
Pocos meses después terminé la preparatoria y me despedí de ellos para perseguir un nuevo objetivo. Después de todo, ya tenía toda la compañía que necesitaba en casa. No digo que no los apreciara o que no estuviera agradecida con ellos, pero era hora de continuar.
El día de mi examen para ingresar a la universidad conversé largo y tendido con Benito sobre lo emocionada y nerviosa que estaba por ello. Confiaba en mi intelecto, pero no podía evitar sentirme así, claro que si reprobaba podía presentar el examen el siguiente año, sin embargo, aprobar en el primer intento me ayudaría a alcanzar mis objetivos más pronto.
En las vacaciones, mientras esperaba los resultados del examen, comencé a trabajar en una pizzería. Realmente no necesitaba hacerlo, pues mis padres me habían heredado una cuantiosa cantidad de dinero gracias a sus seguros de vida, pero tampoco quería quedarme encerrada en casa sin hacer nada.