Humor y horror en la calle 69

Últimos auxilios

Quien no haya escuchado en su vida que dar el primer paso era la parte más difícil de hacer algo ciertamente tenía que vivir bajo una roca en el fondo del mar. Más allá de cuán común podía llegar a ser la frase, Fabricio sabía que era demasiado cierta para su propio bien. Y mucho, mucho más allá de cuán cierta era, Fabricio sabía que la dificultad no se hallaba tanto en convencerse a sí mismo de realizar su autoimpuesta tarea.

Sino en soltarse del agarre de Eunice.

La muchacha había quedado muda del miedo y estaba tan pálida que su lechosa piel posiblemente tuviese más sangre por encima que por debajo de ella, corriendo por sus venas. Sus ojos lo veían con una mirada de urgencia y de ellos amenazaban con salir lágrimas que de seguro estaba batallando por contener, así de terca era.

Óscar andaba en las mismas, forcejeando la puerta de cada manera imaginable para abrirla. Patadas, insultos, tarjetas de crédito por la rendija, alambres y la plegaria obligatoria formaron parte de la lista de intentos fallidos de su amigo. A diferencia de Eunice, el chico lloraba a rienda suelta por la frustración y la impotencia. Pero ninguno de los dos se animaba realmente a moverse del rincón donde estaban.

Tenía que admitir que estaba nervioso también. Ansioso, preocupado y con unas ganas de orinar inmensas. Aun así Fabricio se limitó a pasar una de las mangas de su suéter por la cara de Eunice, tratando de quitarle un poco de sucio de su rostro y de distraerla. Sabía que no existía cuartel para discusiones con ella y por tanto dijo absolutamente nada mientras que la chica fruncía su faz y le daba un manotazo para retirarlo. En libertad, Fabricio avanzó a su vez que Eunice hacía la maroma de una pataleta silenciosa.

La ignoró dando pasos lentos y de puntillas, evitando causar hasta el más mínimo ruido que delatase su cambio de posición en dirección al mostrador. La ausencia de quejidos le supuso que Óscar había desistido al fin, pudiendo jurar sentir la mirada de sus compañeros en la nuca. Se le pusieron los pelos de punta, pues Fabricio sentía más que más de dos pares de ojos lo estaban viendo en ese momento.

Tuvo suficiente espacio para ocuparse de no pisar los restos del bombillo en el suelo e incluso pensar en lo ridículo que debía verse desde cualquier ángulo andando como orangután bailarín.

Las peores cosas se le ocurrían a uno en los peores momentos.

Antes de pasar por detrás del mostrador, decidió tentar a la suerte y chequear la caja registradora desde su parte trasera. Maniobrando con cierta dificultad al quedar los botones del teclado dispuestos de cabeza, escuchó la campanilla que indicaba la apertura del cajón. El sonido de la campanilla lo había agarrado por sorpresa, trató de aguantar un gemido mientras tanteaba las secciones del cajón: billetes, monedas, bandas elásticas y un caramelo a medio comer. Nada de llaves.

Siguió tanteado el resto del mostrador al alcance de su mano, tapándose con la otra la nariz y la boca. Seguir ignorando el hedor del cual él mismo era en parte causante se había vuelto imposible. Sin suerte alguna, caminó hasta el otro lado.

Bajo la tenue iluminación de las luces de emergencia, Gustavo no se veía tan mal. Nada que un filtro o dos pudiesen arreglar para una foto en alguna página de citas, cosas peores habían en esos sitios. La poca iluminación, lastimosamente hacía absolutamente nada para distraerlo del ardor de sus nariz, en su lugar parecía producir el efecto contrario.

Se subió el cuello del suéter hasta media cara y con un nudo en la parte trasera se lo ajustó, la tela le olía a sudor y a pizza añejada. Le escocían los ojos y el zumbido de las moscas le estaba causando dolor de cabeza. Cerrando las manos a manera de puños tan fuerte hasta marcar sus uñas en las palmas, se arrodilló entre las piernas del cadáver. Una de sus rodillas se resbaló ligeramente hacia un lado y sintió el vaquero húmedo en la zona, supuso que se había posado sobre el charco de sangre pero no bajó la vista para confirmar.

Fabricio dirigió sus manos, ya abiertas, a las caderas del cadáver y como pudo registró los bolsillos del pantalón. Algo metálico tintineó al son de sus movimientos. Se quedó tieso unos segundos procesando el sonido para luego volver a la acción con mayor premura y entre sus toscos gestos y su apuro algo suave, viscoso, se enredó en su muñeca.

No existiría clase de Biología que Fabricio hubiese visto capaz de igualar la sensación de tener parte del intestino delgado de Gustavo sujeto a su muñeca. Tampoco existirían palabras para darle forma al cúmulo de emociones que apretujaban sus pulmones y le sacaban el aire al muchacho, o para el frío que se asentó sobre sus hombros. Dio con las llaves a la vez que se mordía la lengua para aguantar la bilis subiendo por su garganta y las apretó con la suficiente fuerza para dejar marcas en su piel.

Se levantó con tanta rapidez y falta de coordinación que se resbaló, cayendo de cara encima de los restos del cadáver y sus propios desechos vomitados más temprano.

Gritó.

Disparado por la repulsión, el miedo y de nuevo la repulsión, se alzó por encima de Gustavo y corrió, como quien fuese corredor de los cien metros planos en la Olimpiadas, con las llaves en su mano y agarrando la pizza congelada que había soltado hacía rato.




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