Huyendo al Cucaani

Capítulo 6: La huida

Desde este capítulo empiezo a utilizar emoticones a la hora de expresar ciertas emociones. Así mismo también comienzo a hacer uso - sin exagerar - de algunas palabras que dieron vida las redes sociales. Considero,  que en cierta forma debemos adaptarnos al lenguaje actual, para captar la atención, principalmente, de nuestros adolescentes.

 

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Recuerdo que al subir al camión eché unas lágrimas, bajé la cabeza, y por mi mente pasaron miles de cosas, como si no hubiera sido mejor renunciar a mis ideales, a mis sueños, a esta investigación; hasta si no hubiera sido mejor afiliarme nomás a ese partido y seguir en casa cerca de la familia.

Todos tenemos nuestro lado bueno y nuestro lado malo. Ese lado malo me tentaba y me llamaba a renunciar a todo. Tanto que estuve a punto de bajarme en el primer semáforo de la ciudad.

Justo cuando lo iba a hacer escuché una voz que me despertó de ese trance. Era Federico preguntándome si qué me había motivado a estudiar Biología. 

 

— ¿Cómo?, le dije.

— Tu tío Máximo me comentó que vas al fondo del Chaco para investigar a los animales del Pantanal, enviada por una organización, agregó tratando de aclararme su pregunta.

Dentro mío me dije “ese tío inventando todo eso, intentando cubrirme las espaldas”. 

Luego, inmediatamente le respondí: — Así es, la idea es armar un libro con información y fotografías sobre la naturaleza de esa zona del país.

— No te vas a arrepentir de esta experiencia Cristina, sostuvo.

Fue en ese instante que decidí seguir con destino a Carmelo Peralta.

Federico me comentaba lo mágico que era el pueblo, al que ya había ido y venido una veintena de veces. Me aseguró que en 15 horas a lo sumo estaríamos llegando a destino. Mi sueño era pisar el ancestral Cucaani, le comenté sobre ese místico lugar, pero él no tenía idea de ese sitio, lo que me dejó nuevamente en duda, de si existía o no existía. Tal vez solo haya sido una leyenda.

De pronto, el cielo empezó a tronar para dar lugar una fuerte lluvia. Y lo que debió ser un viaje de 15 horas se convirtió en uno de 3 días.

Tío Máximo me había dicho que los choferes de camiones eran medio tímidos, que casi no hablaban. Sin embargo, Federico parecía una cotorra. Todo el camino me hablaba, me preguntaba de todo. Y yo, que en mi vida normal también era muy charlatana, en ese momento, tenía que dejar de serlo; debía mantener la prudencia en todo sentido para no levantar sospechas de nada ni llamar la atención.

En la zona de Pozo Colorado hicimos la primera parada a causa del mal tiempo. Me entraron unas ganas de hacer pipi y aproveché que habíamos estacionado dentro del predio de una estación de servicio. En el tramo del Chaco no hay casi sanitarios para los transeúntes, por lo tanto, encontrar una gasolinera para orinar era literalmente como hallar un oasis en el desierto.

Esa primera noche de viaje este hombre que empezaba a conocer me preguntó sobre mi familia, si a qué se dedicaban mis padres, hermanos; me preguntó sobre los jaguaretés y otros animales. Según mi tío era bióloga 😆.  Y menos mal me había leído algo sobre los animales silvestres del Pantanal. Zafé así otra de sus preguntas. 

Me consultó también sobre el tiempo que me quedaría en Carmelo Peralta para la investigación. Atiné a decirle que no lo sabía. Después me vió bostezar y por fin dejó de hablar. Finalmente, me quedé dormida.

Al amanecer, Federico me saludó con una sonrisa que dejaba entrever sus hoyuelos. Lo recuerdo aún como si fuera ayer.

— ¡Buen día Cristina!, dijo brevemente.

— Hola Federico. ¿Qué tal dormiste?

— Muy bien. Espero que vos también hayas conciliado el sueño Cristina. ¿Te gustaría desayunar cocido con tortillitas?, me consultó amablemente.

— De hecho, el hambre me despertó. Me encantaría, respondí mientras mi panza crujía.

En la ciudad casi ya no comía del estrés y la preocupación. 

Sentía que en el fondo empezaba a caerme bien Federico. Que no haya iniciado la conversación con preguntarme la edad y si tenía novio ya se había ganado no 1 punto sino 100 puntos. Odiaba a esos hombres que lo primero que hacían al conocerme era preguntarme esas dos cosas. Que haya indagado sobre mi misión en el Chaco, sobre mi profesión, bueno...supuesta profesión, y sobre mi familia denotaba que sería diferente.

Federico bajó del camión para preparar el cocido y las tortillas. Lo acompañé. Me llamó la atención que este vehículo de cola larga, como lo llamaba yo, tenía anexada una sección para cocinar con una cocinita a gas, también contaba con un tamborcito con agua potable para beber.

Mientras preparaba el cocido traté de ayudarlo fritando las tortillas, pero en la primera me salpicó el aceite. Creo que desde ese momento él se dio cuenta que no era muy amiga de la cocina. Al menos cada vez que tenía la oportunidad lo intentaba, a veces el chipa guasu y la sopa me salían riquísimos, a veces 😁.

Listo el desayuno, subimos nuevamente al camión. Me sirvió el cocido en una taza de plástico, para luego saborearnos este delicioso desayuno al estilo paraguayoite. Casi todos los cubiertos eran de ese material, ya que a menudo deben alimentarse en tránsito.

Posteriormente, seguimos el camino pero solo lo hicimos hasta Loma Plata. La ruta aún no daba por la lluvia, no podíamos continuar.  Desde esa localidad iniciaba un extenso camino de tierra hasta Carmelo. Justamente, el proyecto del Corredor Vial Bioceánico incluía asfaltar este camino y volverlo de todo tránsito. Las obras estaban empezando.

Dentro de la cabina transcurrían las horas en medio de una amena charla con él. Mirábamos la lluvia nuevamente caer. 

La señal telefónica se reactivó en la zona y me empezaron a caer los mensajes al WhatsApp. Entre ellos el de mi hermana, quien me comentó que tras abandonar mi hogar, apenas amaneció, llegó una comitiva fiscal-policial. Los agentes revolvieron la casa en busca de “documentos falsificados” tras haberse presentado una supuesta denuncia en mi contra. Nada más alejado de la verdad. Era la excusa que estaban utilizando para disfrazar sus verdaderas intenciones. Por supuesto, que no encontraron nada.  Preguntaron por mí, y mamá les dijo que estaba de vacaciones, solo eso. La prudencia más que nunca debía primar en el entorno familiar. Si bien ellas ni sabían mi lugar de destino.




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