Huyendo Con El Enemigo

PRÓLOGO

Hace mucho tiempo todo lo que conocíamos terminó, no hubo advertencias, ni héroes, ni milagros, solo un silencio insoportable después del desastre. De aquel mundo vasto y ruidoso quedó apenas un territorio diminuto, un fragmento que parecía aferrarse a la vida con desesperación. Allí, los sobrevivientes intentaron reconstruirse, levantar algo que diera la ilusión de esperanza.

Y, contra toda lógica, funcionó.

Las casitas improvisadas se transformaron en mansiones imponentes, los pequeños talleres, en corporaciones gigantescas cuyos cimientos parecían desafiar a la misma tierra. Los campos renacidos alimentaban a todos por igual, y por primera vez en la historia, la pobreza dejó de existir.

La violencia también desapareció… o más bien, fue arrancada de raíz, porque quien se atreviera a perturbar la tan frágil paz era enviado al “otro lado”.

La otra mitad del único continente habitable.

Un territorio cuyos mapas habían sido borrados, cuyos límites se susurraban como amenazas. Un lugar donde la luz se perdía entre ruinas y sombras.

Nadie deseaba ir allí.

Nadie debía ir allí.

Nadie regresaba de allí.

Por eso, cuando Yul abrió los ojos y sintió el olor metálico del aire, la tierra fría bajo sus manos y el silencio espeso devorar cada sonido, tardó varios segundos en entenderlo.

No sabía cómo llegó.

No sabía en qué momento se desvió del camino.

Solo sabía una cosa:

ESTABA EN EL OTRO LADO.

Y no fue enviada… cayó allí por error.

Un error que, quizá, ya no tenía forma de corregirse.




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