Huyendo Con El Enemigo

1. METANOIA

Cuarenta y tres.

Cuarenta y cuatro.

Cuarenta y cinco.

Aquellos susurros débiles que se escapaban de sus pálidos labios no resonaban más allá de sus propios oídos. A diario, un sonido estruendoso y desconocido invadía el lugar aturdiendo los sentidos de cualquier ser humano que lo escuchara, al mismo tiempo, Yul iniciaba un conteo que al llegar a cincuenta solía traer consigo a un ser humano desconocido que infundía un temblor extraño e incontrolable en su cuerpo.

En forma fetal, con las manos enredadas frente a su pecho y la mirada perdida en el fondo de la habitación, la oscuridad de siempre la invadió por completo junto a aquel horrible olor. El lodo pegajoso se adhería a su piel como una segunda capa, debido a eso, la suave tela de su vestido se tornó áspera, casi como una armadura.

Cuarenta y seis.

Según los análisis que había hecho el tiempo que llevaba encerrada, todo pintaba a que se encontraba en una cueva en mal estado ya que se caía a pedazos, sin una cama o algo para refugiarse del frío arrollador. No era consciente de cuánto llevaba ahí, pero estaba segura de que ya habían pasado algunos días… o semanas.

Cuarenta y siete.

Cuarenta y ocho.

Aunque daba igual, el tiempo que fuera ya se había encargado de consumir por completo sus energías, pues a Yul no le apetecía siquiera levantarse del suelo lleno de mugre, se preguntaba ¿Para qué? ya que aquel espacio no le permitía estirar sus músculos… si es que le quedaba alguno.

Cuarenta y nueve.

Lo único que la lograba mover de su lugar era el chirrido que ya se le había hecho familiar de alguna puerta de metal oculta a pasos de distancia de ella, misma que sonaba fatal cuando alguien la atravesaba. Aquel eco era como un llamado a tener un encuentro con el rey de las tinieblas, le colocaba los pelos de punta pensar en qué vendrían hacerle.

Por suerte o desgracia, hasta ahora solo la habían visitado para alimentarla.

Cincuenta.

Armándose de valor, se levantó del suelo con sutileza, esta vez, esperaría de pie. Acto seguido, retrocedió algunos pasos sin atreverse a parpadear, y no se detuvo hasta que su cuerpo chocó contra la sucia pared. El impacto manchó su espalda aún más de barro, pero en ese momento no le importó. Lo único que quería era sentir, aunque fuera por un segundo, la ilusión de estar a salvo.

Si es que alguna parte de ese lugar lo era.

Generalmente un hombre alto, de cabellera castaña y barba mal cortada era el encargado de aparecer en el pequeño cuartito una vez por día a dejarle comida, esto último lo suponía, pues no podía ver la luz del sol, pero sus visitas no eran frecuentes. Esta vez su piel palideció cuando vio que aquel hombre no se acercaba solo. Al tener una vista más clara notó que venía acompañado de cuatro hombres un poco intimidantes, de aspecto rudo y repugnante.

El mismo barbudo de siempre.

Alguien muy bajito, pero con el cuerpo lleno de cicatrices.

Dos tipos de unos treinta años con el rostro nada agradable.

Y finalmente, él.

Su cabello largo y grasoso en color negro caía por su rostro, con cejas pobladas y fruncidas. Aunque tenía la ropa llena de manchas como la de los sujetos anteriores, algo singular llamó su atención, una banda naranja en su brazo izquierdo, muy brillante y extrañamente limpia.

—Hora de comer —Añadió el barbudo que la había visitado en ocasiones anteriores, sonriendo con un descaro perverso que lograba revolverle el estómago.

Sus ojos lo observaron aterrada, no respondió nada, pero se mantuvo alerta a cualquier movimiento que fuese hacer.

—Deberías estar feliz, no todos son tan dichosos como tú en tener este manjar. Algunos han perdido mucho para poder alimentarte —Repetía las mismas líneas de siempre, y ella empezaba a creer que era lo único que sabía pronunciar.

Aun con aquella sonrisa perturbadora sobre sus labios, abrió la celda, que en ese momento le daba una sensación de seguridad. Cuando concluyó su acción dio dos pasos atrás. Esta vez no sería él quien entregara el alimento.

El hombre de la banda naranja tomó la bandeja de comida e ingresó en el lugar, los demás retrocedieron hasta quedar a la misma altura y formar una línea por fuera de la celda, parecían querer evitar que se escapara, por si se le ocurría correr, como si ella fuese capaz de lanzarse a pelear con el gran hombre que parecía de la prehistoria y salir airosa.

Claro que lo único que aquella joven pensaba en ese momento era “qué diablos está pasando” y por qué su pulso iba de forma descontrolada.

—Vaya —murmuró el hombre que había ingresado—, eres… peculiarmente hermosa.

Una mirada extrañamente perturbadora se dibujó en su sucio rostro y de inmediato comenzó a caminar hacia ella con pasos deliberados. Poco a poco fue reduciendo la distancia hasta quedar incómodamente cerca de su cuerpo, tan cerca, que Yulia podía sentir cómo un olor putrefacto se desprendía de su piel y de sus ropas. A consecuencia de ello, un mareo repentino le nubló la cabeza obligándola a inhalar en cortos y tensos suspiros.




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