Huyendo Con El Enemigo

2. EMUNÁ

Algunos platos de lentejas que descansaban sobre el suelo en un desastroso caos, emitían un olor fétido el cual Yul no podía soportar. No sabía si era por el asco que le provocaba pensar en que probablemente la volverían a alimentar con restos humanos, o si solo deseaba perder peso para que no la devoraran mientras buscaba una forma de huir. Lo único claro en ella era que desde aquella tarde en la que descubrió la verdad, había dejado de alimentarse.

Se sentía débil y mareada, y no ayudaba mucho el ardor que subía por sus manos mientras escarbaba un nuevo hoyo en el suelo. Había llegado a la conclusión de que era buena idea esconder las barras energéticas que lanzaban a su celda, debido a que algo muy en el fondo de su pecho le advertía que las ocultara o todo se saldría de control, y ella confiaba mucho en su intuición.

En posición fetal sobre el suelo, (como ya era costumbre) se esforzaba al máximo en contener las lágrimas, eso solo empeoraba su estado de ánimo debido a que le molestaba no poder controlar cómo se sentía, y aquella amargura e impotencia de saber que su final estaba cerca la abrumaba y no la dejaba sacar a relucir sus cualidades de defensa, aquellas que había aprendido en su tiempo de academia.

Fue en el momento que sus manos tomaron la barra por última vez antes de sepultarla bajo tierra, que todo se desmoronó dentro de ella. Estaba cansada de llorar, cansada de pelear, cansada del autocompadecimiento. Cansada de todo, y, sobre todo, muy arrepentida. Comenzó a romper el empaque con fuerza, controlada por el resentimiento y la ira.

—Esto es una mierda —susurró entre dientes cuando pudo sacarla de su empaque.

Con el pecho acalorado por la situación tan tensa, se zampó toda la barra de un solo bocado y empezó a masticarla con fuerza provocando sonidos grotescos, los mismo que su madre detestaba, y que, de estar allí, corregiría con severidad.

—¿Eso quieren? —Preguntó mientras tragaba la barrita, levantándose del suelo con las manos extendidas como una soldado lista para recibir disparos en el pecho— ¿Están felices ahora? Ya me la comí, ya pueden matarme y comerme. Son asquerosos… ¡por eso viven en este lado y por eso morirán aquí!

Gritó muy fuerte dejando salir todo el repudio que estaba conteniendo, incluso sintió como su garganta raspaba por causa de la resequedad.

El segundo siguiente fue un eco largo de silencio retumbando en sus oídos, luego, el chirrido característico de la puerta de metal la paralizó haciéndola retroceder hasta chocar con la pared, pues le había tomado cierto temor desde aquel día. Esperó ver a los hombres de siempre, pero un desconcierto genuino se instaló en su rostro cuando vio que quien se acercaba era un ser totalmente desconocido para ella.

Un hombre que apenas unas semanas atrás habría considerado como alguien común, casi insignificante, hoy le parecía una figura excepcional, irreal dentro del contexto en el que se encontraba. Había algo en él que desentonaba profundamente con el panorama, como si su sola presencia estuviera mal en aquel lugar.

De la misma forma, le resultaba confuso que una cabellera castaña y ondulada, ligeramente despeinada, cayera sobre su frente limpia, libre de polvo, sudor o cualquier señal de desgaste. Ese detalle, insignificante en otro tiempo, le resultaba desconcertante en la realidad actualidad, casi perturbador, como si una parte de él se negara a ser tocada por la suciedad de ese lado.

Incluso su ropa se veía impecable, sin manchas, ni arrugas, como recién salida de un armario olvidado por el paso del tiempo. Eso la llevaba al olor, no emanaba de su cuerpo ninguna fragancia floral, ni artificial, pero tampoco desprendía el hedor similar al de los salvajes. Era complejo, y todo alrededor de él le resultaba confuso.

Por esos detalles llegó a pensar, por un instante fugaz, que podría tratarse de un soldado de Krov. La compostura del muchacho, su porte erguido y el aire ligeramente distante que lo envolvía, evocaban la imagen de aquellos disciplinados guerreros que conocía con precisión. Sin embargo, descartó rápidamente esa idea al darse cuenta en los detalles imposibles de ignorar. La notable ausencia del característico uniforme azul que siempre le había parecido elegante.

Era irónico e incluso perturbador, cómo algo tan superficial como una prenda podía generar tanta seguridad o desconfianza en tiempos donde las apariencias lo eran todo.

No obstante, lo que más captó su atención no fue la actitud del joven, ni su vestimenta, sino un detalle aparentemente menor, pero inquietante. Un brazalete que llevaba en el brazo izquierdo, mismo que aparentaba ser un simple accesorio, pero su diseño no dejaba lugar a dudas, era idéntico al que había visto días atrás en el hombre de cabello largo y grasiento.

La diferencia estaba en el color, aquel brazalete había sido naranja, un tono apagado, casi oxidado por el tiempo, mientras que este era de un verde intenso y vibrante, como si brillara con luz propia. Esa variación cromática, aunque sutil, parecía encerrar un significado que Yul no alcanzaba a comprender del todo.

Cuando los ojos marrones del joven se posaron sobre su cuerpo, sintió una intensidad desconcertante. No había hostilidad en su mirada, pero sí una curiosa mezcla de atención y detenimiento que la hicieron removerse incómoda. Era una sensación extraña, casi inquietante, pues no se trataba de una mirada casual ni distraída, sino de una que parecía registrar cada detalle, como si intentara descifrarla desde adentro hacia afuera




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