Al dar el primer paso fuera de la celda la invadió la sensación extraña, pero cargada de significado. Eso la motivó por primera vez en mucho tiempo, pues tenía en sus manos la oportunidad real de volver a casa y dejar atrás aquel lugar que la había quebrado en silencio.
Comenzó a avanzar con cautela observando el pasillo, aquel instante aún incierto y peligroso, parecía ser el inicio de su retorno. “Un regreso triunfal”, se decía, aunque la palabra “triunfo” le sonara un poco lejana. Aun así, ahora solo debía sobrevivir.
Fuera de la celda había una mesa vieja con herramientas oxidadas dispersas sobre su superficie. Yul, al verla, no perdió tiempo. Sabía que el caos era tan volátil como efímero y que pronto todo volvería a su orden original, así que se acercó con cautela para ver si podía encontrar algo que le sirviera de ayuda en el camino.
Hurgó cada objeto con paciencia. Algunas piezas estaban tan deterioradas que se deshacían al mínimo contacto, otras conservaban su forma, aunque parecían inútiles. Entre clavos doblados y restos de metal encontró una barra delgada, resistente, lo suficiente para usarla como defensa improvisada. No se engañaba, el golpe que diera con ella difícilmente sería lo que matara a alguien… pero la infección posterior podría hacerlo.
Era grotesco pensarlo, pero en ese lugar no existían finales limpios ni justos.
El metal ardía en su mano como un recordatorio brutal de lo que estaba por venir, sin embargo, lo que realmente la oprimía era saber que para sobrevivir tendría que cometer actos atroces. Por ello se mentalizó y apretó los dedos alrededor del arma improvisada. Después avanzó con la decisión tensa de quien sabe que no hay vuelta atrás, jurando, sin palabras, que no volvería a estar encerrada.
Ágilmente, se deslizó por un corredor sombrío hasta llegar a una puerta de metal. Apenas sus ojos cayeron en ella, una sonrisa se dibujó en su rostro, pues comprendió que pese a no haber estado allí jamás, conocía aquel sitio con una familiaridad inquietante.
Dejando atrás sus pensamientos, empujó la puerta con cautela y el chirrido que produjo retumbó en sus oídos revelando un pasillo largo, húmedo y aún más oscuro que el anterior, pero lejos de detenerse, avanzó con una determinación renovada, como si cada paso la acercara a la salida.
Ahora no solo la sirena inundaba sus oídos con aquel chillido penetrante, también lo hacían los gritos, voces humanas, sí, pero distorsionadas por el pánico acompañado de dolor. Era una desesperación tan profunda que parecían provenir del inframundo, con quejidos que no solo se escuchaban, se sentían como un eco vibrante en el pecho.
Suplicantes.
Rotos.
Aterradores.
Y aunque ella era fuerte, seguía siendo humana.
Seguía teniendo carne que temblaba, recuerdos que dolían, compasión que no se apagaba del todo, y escucharlos la atravesaba justo en ese lugar oculto que no se endurecía con el tiempo, el punto blando del alma.
Por un instante, sintió el impulso de detenerse, de volver la vista atrás para preguntar si podía ayudar a alguien, pero no lo hizo. Se obligó a seguir, con los dientes apretados y el alma en vilo.
Avanzó por el pasillo como una sombra inquieta, pegándose a los muros y conteniendo la respiración cada vez que un rostro se asomaba en la distancia. Para resguardarse, se ocultaba entre las sombras, fundiéndose con la pared, y saliendo de su escondite a pasos veloces apenas el campo visual de los otros se desvanecía.
Cada tramo, era una pequeña guerra ganada.
Y cada movimiento, un acto de sobrevivencia.
Caminó tan rápido y con tanta determinación que sus propios pasos parecían flotar sobre el suelo, no miró atrás ni una sola vez, ya que no podía permitirse dudar, no ahora. Todo su cuerpo estaba concentrado en avanzar, en mantener el ritmo e ignorar el caos que aún resonaba tras ella como una marea de fuego y acero, y en cuestión de minutos (o al menos eso creyó, porque el tiempo parecía distorsionarse dentro de aquel túnel) una luz celeste comenzó a dibujarse a lo lejos.
Era tenue, pero bastó para que su corazón vibrara.
Era una salida.
Una posibilidad real de huida.
La promesa de aire fresco, cielo abierto y libertad.
…
pero era Yul.
Y a Yul nunca la acompañaba la suerte.
De hecho, si había una constante en su vida, era que nada, absolutamente nada le salía bien con facilidad. Así que esa aparente buena fortuna, junto a la serie de eventos que se alineaban como piezas de un rompecabezas milagroso, no le trajeron alivio, le produjeron un miedo que se enroscaba en su estómago como una víbora silenciosa, porque si todo iba tan bien, entonces algo, inevitablemente, estaba por desmoronarse.
Y lo supo con certeza en el instante en que una voz se filtró por sus oídos, cortando el aire como si fuese materia sólida. El sonido la congeló por completo y no necesitó girar la cabeza para saber de quién se trataba.
—¿Qué hace mi cena fuera de su jaula?
Una sensación helada recorrió su espalda baja.
Giró suavemente para ver a aquel hombre barbudo que solía llevarle la comida. En otras circunstancias lo habría enfrentado, pero al ver que este sostenía un cuchillo brillante por el carmesí que escurría, y que ella tambaleaba a causa de la mala alimentación, tomó la única opción que parecía viable…
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Editado: 20.02.2026