Huyendo Con El Enemigo

4. MAKTUB

La emoción palpitaba con fuerza dentro del pecho de una diminuta niña, que corría descalza a través del campo abierto. Su risa se mezclaba con el viento mientras perseguía una mariposa de alas coloridas que danzaba con gracia entre los rayos dorados del sol. Cada batir de esas alas parecía hipnotizarla, como si aquel ser fuese una criatura mágica escapada de un cuento.

Estaba tan absorta en la belleza de aquel insecto, que no se percató del bache de piedras que yacía frente a ella, oculto entre la hierba alta.

Al hacer contacto, su pequeño cuerpo colapsó con violencia sobre el suelo, el golpe la sorprendió más que el dolor mismo y una sacudida brusca junto a un raspón ardiente en las rodillas congelaron el tiempo, logrando que, para ella, el mundo dejara de girar, mientras la mariposa se perdía en el cielo sin mirar atrás.

Un gemido agudo y cargado de dolor escapó de sus temblorosos labios, y en cuestión de segundos, las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos como si cada gota llevara consigo toda la pena del mundo. El suelo parecía más duro de lo que jamás había imaginado, y el mundo, por un instante, se volvió cruel.

No pasó mucho tiempo antes de que una figura conocida apareciera a su lado, una mujer de belleza serena, con una melena oscura que caía como una cascada sobre su espalda, tan larga como los ríos y tan ondulada como las nubes en una mañana tibia. Con ternura y firmeza, la mujer la alzó entre sus brazos.

En cuanto su cuerpo sintió aquel abrazo, algo dentro de la pequeña comenzó a calmarse. El llanto desgarrador se transformó poco a poco en hipos suaves, como ecos que aún buscaban consuelo, al tiempo que sus manitas se aferraban a la tela del vestido de la mujer, y en ese contacto, encontró la paz que solo el amor podía ofrecer.

—Todo está bien, ya estoy aquí —la voz de la mujer se alzó con una dulzura melodiosa y serena, parecía el canto de aves mágicas, de aquellas que solo existen en los cuentos que arrullan los sueños. Cada palabra flotaba en el aire como si fuera una caricia hecha sonido.

La pequeña quiso responder, lo intentó, de verdad, pero al abrir la boca, ninguna palabra emergió. Sus cuerdas vocales parecían haberse desvanecido, como si hubieran sido borradas por el mismo misterio que la rodeaba. Un miedo súbito le recorrió el pecho, profundo y frío, más punzante que el dolor de la caída.

Sus ojos se agitaron llenos de angustia, ella miró en todas direcciones con desesperación infantil, buscando ayuda. Necesitaba una mirada, un gesto, o incluso una respuesta que la salvara de ese abismo de silencio. Volvió a observar a la mujer que aún la sostenía esperando encontrar consuelo en su rostro, pero lo que vio solo avivó su confusión.

El rostro de aquella figura protectora parecía desdibujado, como si una luz blanca, cálida pero extraña, se interpusiera entre ambas. Era un resplandor que no venía del sol, ni del fuego, ni de ningún lugar comprensible, pues este difuminaba los contornos diluyendo los detalles como si aquella mujer no estuviera completamente allí… o como si perteneciera a otro mundo.

—Está bien, amor —volvió a repetir con dulzura.

Nuevamente trató de responder, pero falló.

Su mirada volvió a caer en las manos alrededor de su cuerpo, y entonces lo entendió…

—Vamos, te llevaré a un lugar que te hará feliz.

La mujer caminó durante un par de minutos por un estrecho pasillo empedrado, rodeado por frondosos árboles cuyas copas se entrelazaban en lo alto, formando un techo natural que filtraba la luz con destellos danzantes, de la misma forma, el aire olía a tierra húmeda y hojas frescas, y cada paso resonaba suavemente sobre las piedras.

El sendero desembocó en un parque extenso y silencioso, con lagos de distintas formas extendiéndose por todo el lugar, mismo que reflejaban fragmentos del cielo y del follaje como espejos tranquilos. En el centro emergía majestuosa una gran pileta de piedra tallada, con chorros de agua que caían con ritmo sereno, añadiendo una música delicada al paisaje.

A lo lejos, tras el murmullo del agua se alzaban imponentes muros de piedra clara que rodeaban todo el parque. Eran altos y sólidos, como si resguardaran un secreto que no debía ser revelado. A simple vista parecían impenetrables, pero justo al fondo, casi escondida entre la vegetación, se revelaba una pequeña puerta verde, tan discreta que podría pasar desapercibida debido a que estaba adornada con flores metálicas de distintas formas, cuyas hojas y pétalos relucían con un brillo opaco, como si hubiesen estado allí desde hacía siglos.

Cualquier ser humano hubiese temblado al presenciarlo, pero aquella dulce mujer caminó llena de seguridad y no se detuvo hasta que los rayos del sol las golpearon suavemente. La pequeña parpadeó varias veces, frotándose con torpeza el rostro hasta que su vista poco a poco se adaptó al resplandor, fue entonces cuando sus pupilas, aún dilatadas por la penumbra anterior, captaron la imagen más utópica que jamás habría imaginado.

Frente a ella se extendía un bosque secreto, un rincón del mundo tan hermoso que parecía haber sido esculpido a mano. Altísimos árboles de glicina formaban un dosel de racimos lilas que colgaban con gracia, ondeando suavemente con la brisa y desprendiendo un aroma dulce y embriagador.




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