Huyendo Con El Enemigo

5. ALEXITIMIA

Cuando Yul era pequeña solía salir con su padre de cacería, amaba que él la tratara como un igual, pues, aunque las tradiciones, según cuentos de abuelos, se habían vuelto un poco arcaicas debido a la transformación del mundo y su nueva ley, él la educaba para que ella pudiera valerse por sí misma, o al menos, eso decía siempre que la pequeña Yul se detenía a llorar en medio de las montañas, porque algún animal la había mordido.

—“Tú eres más fuerte que esa mordida, no llores a menos que sea necesario... y nunca lo es”.

Recordó las palabras de su padre mientras los mosquitos picaban sus brazos en el frío de la madrugada, y la humedad de aquel lado revolvía su estómago. Había recorrido todo el trayecto, cada paso más pesado que el anterior, tratando con todas sus fuerzas de controlar la sensación creciente en su estómago.

Sabía que no podía permitirse ceder, no allí y menos en ese momento, pero el esfuerzo de mantener la compostura se volvía cada vez más insoportable. El aire denso de la montaña le quemaba la garganta, y su cuerpo, agotado hasta los huesos, le pedía descanso. Sin embargo, ella seguía adelante, paso tras paso.

Fue entonces, al suspirar profundamente por el cansancio, que ocurrió. Una arcada salió con una fuerza ruidosa e imprevista, Yul no pudo evitarlo debido a que fue tan repentina y fuerte, que pareció retumbar en el aire, haciendo eco en su mente. La vergüenza se apoderó de ella en un instante, pero lo que más lo sorprendió fue lo vulnerable que se sintió.

El resultado de aquello fue que la pequeña fila comandada por Zader, y finalizada por Dylan, quien estaba posicionado detrás de Yul, se detuvo de golpe. Por algunos segundos ella permaneció inmóvil, con la tensión acumulándose en su pecho, esperaba con el alma en vilo algún reproche, una mirada cargada de juicio o, al menos, un suspiro exasperado que confirmara que había cometido un error. Pero nada de eso llegó.

Zader se limitó a mirarla en silencio, como si no existiera ningún mal en lo que acababa de ocurrir. Su rostro permaneció impasible, aunque sus ojos reflejaban algo más, una especie de resignación, como si ya estuviera acostumbrado a ver la fragilidad de los demás.

—Ten.

Llamó Dylan a su espalda, extendiéndole una botella de agua.

—Gracias —contestó mientras retomaban el paso.

—No es nada, a pesar de haber descansado y comido un poco tienes muchos días sin alimentarte bien.

Aunque eso fuera verdad, en el fondo ella sabía que aquello era algo más. Desde que ingirió carne humana su estómago estaba más frágil, y ciertas cosas que antes no, ahora le provocaban un asco incomparable. Sin mirarlo de vuelta, Yul empezó a beber de la botella.

—Pues a tu amigo sí que parece importarle —agregó contrariada por la amargura.

Para ella, cada día al lado de él era un desafío que no podía evitar sentir como una contradicción interna, una lucha constante entre su orgullo y la realidad de la supervivencia. Había sido criada para no depender de nadie, para ser fuerte e independiente, menos para mostrar vulnerabilidad, bajo ningún concepto. Y, sin embargo, aquí estaba, atada a un hombre de mal carácter, uno que no solo le resultaba difícil de tratar, sino que constantemente la empujaba al límite de su tolerancia.

No podía evitar preguntarse cuán diferente sería todo si su padre estuviese allí. Él, con su mirada dura y su voz autoritaria, nunca le habría permitido mostrar debilidad, pues en sus ojos siempre había una expectativa de fortaleza inquebrantable. Ahora, ahí, en medio de la nada, rodeada de silencio y tensión, se sentía completamente opuesta a la hija que él había criado.

La idea de que su padre pudiera verla en ese estado, dependiente, vulnerable y a merced de alguien que no la comprendía, le parecía insoportable.

Era como si un peso invisible aplastara su pecho, con un sentimiento de inutilidad que la consumía poco a poco. En su mente, las voces de su pasado se alzaban, condenándola por no estar a la altura de las expectativas, pero el presente, el aquí y ahora, no le ofrecía ninguna otra opción.

—Solo está concentrado en sacarnos de aquí con vida —susurró Dylan—, hay muchos salvajes buscándonos, y te apuesto que ninguno lo hace para saludarnos.

Yul devolvió la botella de agua, con su mente aun revoloteando alrededor de la incomodidad que sentía. Con un suspiro silencioso centró su mirada en Zader, o más bien, en su espalda, estaba acostumbrada a observar a las personas, pero a él no lo podía analizar con facilidad, no obstante, había algo en su postura y en el ritmo de sus movimientos, que le resultaba hipnótico, casi inquietante.

Lo curioso era que Zader no dudaba en ningún momento, mientras él avanzaba con paso firme y seguro, Yul observaba cómo se deslizaba con naturalidad por el terreno irregular, como si recorriera aquel sendero miles de veces. La forma en que diferenciaba entre el peligro y el camino seguro, parecía tan instintiva que la sorprendía. Ella luchaba con cada paso, pero Zader se movía con una confianza que le resultaba casi intimidante.

De hecho, al observarlo más de cerca sintió una mezcla extraña de admiración y frustración. Por un lado, su destreza le resultaba fascinante, como si él pudiera leer el mundo que los rodeaba con una facilidad que ella no poseía. Pero, por otro lado, esa misma destreza despertaba en ella un sentimiento de impotencia. No podía evitar preguntarse si alguna vez alcanzaría esa misma seguridad.




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