Huyendo Con El Enemigo

6. SEIJAKU

El aroma cálido de una sopa recién hecha se deslizó hasta la nariz de Yul, envolviéndola como un abrazo invisible que despertaba recuerdos de su infancia. Sonrió sin abrir los ojos, pues siempre le parecía un pequeño milagro que su madre, de vez en cuando, amaneciera con ganas de cocinar, aun cuando sus dotes culinarios no fueran precisamente los mejores.

Aun así, ese gesto la conmovía, porque detrás de cada intento había un cariño genuino. Extasiada por esa sensación hogareña, se acurrucó entre las sábanas, dejó escapar un suspiro y, con una pereza deliciosa, estiró el cuerpo, intentando prolongar aquel instante de simpleza y ternura.

Sin embargo, al abrir los ojos, la calidez del momento se desmoronó. Notó, con un leve sobresalto, que su enorme cama se había reducido a un espacio tan estrecho que apenas le permitía moverse. La amplitud familiar de su habitación había desaparecido, siendo sustituida por un rincón diminuto que solo contaba con una mesita de madera desgastada y, al fondo, una puerta minúscula que parecía encogerse aún más bajo la tenue luz que entraba.

Entonces, la verdad cayó sobre ella como un peso insoportable.

Sintió un golpe invisible en el pecho al comprender que no estaba despertando de una pesadilla, estaba viviendo una, y seguía encerrada en ella. El eco de aquel día aún vibraba en su memoria, y la certeza de que nada había cambiado la envolvía como una cadena fría, recordándole que aún permanecía prisionera.

—Bienvenida —una voz curiosamente serena rompió el silencio y llamó su atención.

Desde la otra esquina de la habitación, aquella que había ignorado al inicio, justo sobre una cama igual de pequeña a la suya, alguien la observaba. Sentada con una elegancia casi felina, una imponente morena de largo cabello y oscuro, con postura erguida y mirada profunda, ejercía una presión silenciosa sobre Yul, como si aquella mujer no necesitara moverse para demostrar que dominaba el espacio.

—Isabella… —susurró dubitativa, sintiendo que el nombre se deslizaba entre sus labios con la misma mezcla de curiosidad que le provocaba su presencia.

La mujer asintió despacio con una expresión complacida, que lejos de tranquilizarla, hizo que un escalofrío recorriera su espalda.

—Al parecer, ese par te ha hablado mucho de mí. Tú eres exactamente como la imaginaba... —dejó que el silencio se estirara unos segundos, mientras sus ojos recorrían a Yul de arriba abajo con una calma inquietante— haces que las cosas se sientan… distintas.

Aquella ropa oscura que sobre el cuerpo de Yul se veía extremadamente grande, en ella lucía muy bien. Se ceñía perfecto a los lugares curvos de su cuerpo como sus caderas y sus piernas, y aquella camisa diminuta sí que se le veía mejor.

En su mente, un torbellino de emociones se agitaba, la sorpresa por la mirada inquisitiva de la morena, cuyos ojos almendrados la detallaban a cada segundo, la incomodidad al sentir que la desnudaba con la mirada, y la rabia contenida por esa forma casi cruel de describirla, la hicieron sentir vulnerable, como si todas sus inseguridades se mostraran al descubierto.

Al instante. el silencio se volvió pesado entre ellas, casi palpable, y aunque la voz de Isabella seguía resonando con curiosidad, para Yul era como si un muro invisible creciera entre ambas, una barrera que le recordaba que aquí nadie estaba para ser amable, sino para sobrevivir. En ese instante, supo que tendría que aprender a manejar aquella tensión, a ocultar lo que sentía y a mostrarse más fuerte.

—¿Así que tú eras quien convivía con los salvajes? —continuó Isabella, con aquel extraño pero seductor tono de voz— Debe ser terrible convivir con ellos durante tanto tiempo. A kilómetros de distancia se siente un olor nauseabundo. ¿Vomitabas a diario?

La pregunta hirió más de lo que Yul esperaba, pero se esforzó en ignorarlo y negar confundida, sorprendiéndose de la naturalidad con la que aquella mujer mostraba interés, como si ella fuera un animal raro que acababa de descubrir y eso la emocionara. La mirada intensa de Isabella la inquietó.

—Solo cuando… —comenzó, pero se detuvo en seco.

En ese momento se replanteó si era buena idea contarle todo lo que había vivido y consumido durante su cautiverio. La conclusión fue clara, debía omitir detalles para protegerse.

—¿Cuándo? —presionó.

—Se acercaban a mí —soltó al mismo tiempo que concentraba su vista en cualquier cosa que no fuera la morena frente a ella.

Mentir se le daba muy bien, pero había algo en la mujer que no la hacía sentir segura. Quizá era la forma ruda en que la interrogaba, o esa cierta falta de empatía en sus palabras, no lo sabía, solo estaba segura de que no podía confiar en nadie.

—Esas cosas han perdido todo rastro de humanidad —se lamentó— Pero dime, ¿Cómo alguien tan importante como tú, caminaba sola en la noche cerca de los muros?

Yul no quería contestar, mientras menos supieran los unos de los otros, iba a ser mejor, pero también se planteaba la idea de que, si se negaba a cooperar, las cosas se pondrían difíciles.

—Iba con amigos, era casi una tradición hacerlo esa noche.

—¿Tus padres estaban de acuerdo?

Sintió una presión en el pecho al recordarlos, vaya que los extrañaba.




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