Huyendo Con El Enemigo

7. HENKO

A Yul, su alrededor le resultaba confuso dado que veía muchas cosas mezclarse al caos en su cabeza, y el aire denso que olía a óxido y polvo acumulado, no ayudaban. Todo era extraño, sentía el ambiente pesado, asfixiante, como si las puertas hubieran permanecido cerradas durante años.

De reojo observaba las manos firmes pero tensas de Isabella, presionar con fuerza un improvisado vendaje contra el costado de Zader.

—Necesito que busques algo que nos sirva —demandó la morena, su voz había perdido todo toque coqueto.

El pulso de Yul iba tan rápido, que su cuerpo temblaba. Intentó levantarse para comenzar a revolver cajas y estantes, en busca de cualquier cosa que pudiera cortar el camino de sangre que se abría paso en el suelo, pero al impulsarse sintió su pecho apretar, impidiéndole el paso de oxígeno. Eso la asustó, pero no se detuvo.

Buscó en los lugares que pudo con una rapidez impresionante, porque consideraba, extrañamente, que la vida de Zader era prioridad en ese momento.

—¡No encuentro nada! —rugió exasperada, lanzando libros viejos al suelo—. No hay vendas, no hay… ¡No hay nada!

—Necesito que te tranquilices —exigió la mujer al otro lado, sin apartar la vista de la herida—. Revisa de nuevo.

—¿Tranquilizarme? — bramó histérica, con los ojos muy abiertos y el pecho agitado—. ¡Acabamos de dejar atrás a Dylan! y ellos siguen allá afuera, buscándonos.

En su cabeza no cabía la idea de que un grupo de amigos se desprendiera de uno de sus miembros así de fácil, dejándolo a su suerte. Ella no veía concebible abandonar a Anaya, y menos estando en peligro.

—Si pierdes la cabeza ahora, él se muere —la interrumpió Isabella, señalando a Zader con la cabeza.

Por su parte, él apretaba la mandíbula intentando fingir que se encontraba bien, pero el sudor frío en su frente y la palidez creciente lo delataban.

Apenas unos minutos antes habían dejado atrás la carrera frenética entre la maleza, el rugido de los salvajes pisándoles los talones, y la figura de Dylan, quien poco a poco se fue borrando de su visión. No hubo tiempo para despedirse, y ahora el peso de esa decisión se clavaba en el pecho de Yul, pero no podía permitirse pensar en ello, no ahora.

—Estará bien —continuó, como si sus palabras pudieran convencerlas a ambas, aunque el temblor en su respiración la traicionaba—. Necesito que encuentres algo para atar esto. Lo que sea.

El cerebro de Yul parecía colapsado, todo era confuso en ese momento pues no sabía si aquello resultaría, si estaba bien que continuara con ellos o era mejor irse y dejarlos atrás, y por un minuto, la segunda opción parecía la correcta.

—¡Yul! —la voz se alzó con fuerza contenida, sacándola de sus pensamientos—. Muévete, ahora.

Observó sus manos temblorosas y empuñándolas con fuerza, avanzó hasta otro estando, lanzó cajas al suelo y le costó abrir algunos cajones trabados por la herrumbre, pero finalmente encontró una caja en muy mal estado que contenía un pequeño kit de curación, muy viejo y quien sabe si caducado, pero era lo único que tenían.

Isabella suspiró un tanto aliviada, y la tomó sin molestarse en confirmar su estado.

Habían llegado con los pulmones ardiendo y las piernas al borde del colapso, con Zader sangrando desde el instante en que, sin pensarlo, desvió una lanza que iba directa al corazón de Yul. El filo encontró su carne, y transformó cada latido en una cuenta regresiva.

Sumado a eso, el silencio que los rodeaba era engañoso debido a que no sabían si afuera la cacería había terminado, o si solo les estaban concediendo unos minutos antes de volver a encontrarlos.

Yul dejó que su espalda chocara contra la pared áspera y, sin fuerzas para sostenerse, se deslizó hasta quedar sentada sobre el frío suelo. Sus ojos no podían apartarse de Isabella, ya que el ceño fruncido, la mandíbula tensa y las manos firmes presionando la herida de Zader, hablaban más que cualquier palabra.

Aquel corte parecía profundo, incluso en la forma en que la tela empapada de sangre se oscurecía, lo delataba.

Yul pensaba que aquello no estaba bien, nada en ese lugar lo estaba, no era normal vivir con el corazón al borde de estallar, siempre con la certeza de que la próxima herida podría ser la última. Ese día había sido él, pero mañana podría ser ella, y esa idea se le clavó como un hierro helado en el pecho.

Aquel encierro la asfixiaba, como si las paredes se cerraran lentamente sobre su cuerpo. Sentía de nuevo esa opresión en el pecho junto a la sofocante sensación de estar atada, sin caminos por dónde escapar, igual que cuando estuvo atrapada en aquella cueva oscura con los salvajes, oliendo a humedad y miedo.

Sus manos temblaron de forma imperceptible, pero lo suficiente para que ella misma lo notara.

De pronto, un suspiro cansado se escapó de los labios de Isabella, uno que llevaba el peso de muchas horas de tensión contenida. Sus hombros, tensos como cuerdas a punto de romperse, cedieron un poco mientras se dejaba caer sobre el frío y áspero suelo. Se sentó frente a Yul, con las rodillas ligeramente encogidas, y la miró con una mezcla de cansancio y preocupación.

—Es todo lo que puedo hacer… —se lamentó, con la voz cargada de un peso invisible.

El cuerpo de Zader permanecía recostado sobre el sofá más grande, dando la sutil sensación de ser un gigante dormido. Sus brazos descansaban extendidos a cada lado, y su respiración era lenta, dibujando un ritmo sereno que contrastaba con la tensión que flotaba en la habitación.

—¿Estará bien? —Quiso saber Yul, sin apartar los ojos de él, como si observarlo fuera la única manera de asegurarse que seguía ahí.

—Sí.

—¿Cómo estás tan segura? —inquirió, con un deje de escepticismo.

—Porque es Zader —Isabella se encogió de hombros—, siempre parece tener todo bajo control, incluso cuando el mundo se derrumba alrededor.

—Claro que lo tiene… —ironizó.




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