Huyendo Con El Enemigo

8. RAME

Mientras todos caminaban en silencio, Yul mantenía la vista clavada en el suelo polvoriento, sin dejar de seguir al grupo por aquel sendero oculto entre la maleza y la fría noche. La confusión la ahogaba, hundiéndola con cada paso en un mar de preguntas sin respuesta.

No era el contenido de aquel libro, sino, las mentiras en las que había vivido todo ese tiempo, lo que le generaba malestar.

Sus manos se contraían con enojo y el tener que guardarse aquello la estaba envenenando por dentro, no podía hablar con Isabella porque ella estaba demasiado pendiente de Zader, menos aún con Dylan, que parecía satisfecho de haber escapado con vida.

Su único refugio era pensar que el camino escogido era más largo, sí, pero también más seguro. Se alejaba de las zonas en ruinas donde acechaban los salvajes, y en cambio se abría paso por campos descuidados, llenos de hierbas altas que les llegaban hasta la cintura, todo eso generaba cierta distancia personal que le permitía pensar, pensar y pensar.

Solo paraba de hacerlo cuando a ratos, el sendero se estrechaba entre formaciones de roca rojiza desgastada por el tiempo, ahí el silencio era casi absoluto, roto solo por sus pasos y el golpeteo suave de la brisa nocturna. Sumado a esto, el aire olía a hierro y a hierba cortada, un aroma que se le quedaba pegado en la piel.

Cuando se detenían a descansar, ella abría el libro en secreto para leer pequeños fragmentos aleatorios, y cada línea era un golpe contra la versión del mundo que le habían dado en Krov. Cada línea era una herida en su confianza.

Ese sentir la dividía, parte de ella quería creer lo que aprendió desde niña, porque al menos allí encontraba algo de certeza. Pero otra parte, más creciente y peligrosa, quería lanzarse al abismo de esas páginas y aceptar que todo lo que conocía podía ser una mentira.

Cada que retomaban la caminata ella andaba entre piedras y hierbas, pero su verdadera travesía permanecía dentro de su mente, creando un sendero mucho más largo e incierto, lleno de sombras que ni siquiera los salvajes podían igualar.

—Deberíamos volver —murmuró Isabella, observando el horizonte frio.

—No lo haremos —la voz tajante de Zader se mezcló con el eco del viento.

Al contrario de la reacción que ella tuvo horas antes, esta vez solo suspiró cansada.

—¿Y cómo se supone que vamos a sobrevivir, cariño? Hemos perdido el camino y ya no tenemos donde descansar entre días ¿Propones que vaguemos sin comida ni recursos por una ruta que nos llevará el doble de días? No me mal intérpretes, amo lo peligroso, pero eso es suicidio.

—Sí ¿No lo hemos hecho ya? —indagó irónico.

—¿Y quieres vivir para siempre así?

La humedad, los mosquitos y el agotamiento mental parecían estar haciendo de las suyas.

—No pienso retroceder y ver como todo se va al carajo… ¿lo entiendes? —su voz temblaba entre el enojo y la impotencia.

—Sabes que esto ya no tiene sentido —exhaló sonriendo con picardía, pero agotada— solo volvamos a casa.

—Si no lo hacemos hoy, no habrá un mañana para intentarlo —contestó con firmeza, aunque parecía algo aburrido del pequeño debate.

—¿Y prefieres morir intentando antes que dar un paso atrás?

Al escucharlos, Yul no podía evitar pensar que todo era su culpa. Veía a Isabella agotada, con los hombros vencidos y la mirada perdida, como si el peso de estar días en la intemperie le cayera encima a cada paso. A causa de eso, una sensación incómoda comenzó a recorrer su cuerpo, una mezcla de culpa y vulnerabilidad se apoderó de su pecho hasta obligarla a bajar la mirada.

Nunca antes había estado en una situación semejante, dependiendo de otros y viéndose a sí misma como una carga, eso provocaba que cada respiración le supiera a remordimiento, y cada pensamiento reforzara la idea de que, quizás, hubiese sido mejor no cruzar nunca aquel límite.

En consecuencia, estar del otro lado se había convertido en un cúmulo de primeras veces que nadie quería vivir, la incertidumbre de no saber a dónde ir, el miedo de no poder volver, y la impotencia de no tener el control de nada. Todo aquello se mezclaba en su interior como una tormenta silenciosa, sofocándola desde adentro mientras el mundo exterior se desmoronaba lentamente frente a sus ojos.

Primera vez perdida.

Primera vez lejos de casa.

Primera vez dependiendo de alguien más.

Primera vez rota, sucia, cansada y con hambre.

Primera vez que no sabía en donde está, ni a donde debería ir.

¿Qué debería hacer ahora? —Se preguntaba.

¿Era mejor huir sola?

¿Llegaría lejos?

No lo sabía, pero al menos no cargaría con ver a alguien más sufrir por su culpa.

Después de todo, siempre se había preparado para un momento como ese, aquel en el que tendría que enfrentarse al mundo completamente sola, lejos de todo lo que alguna vez llamó hogar. Desde pequeña, su padre le inculcó la idea de que la valentía no consistía en no tener miedo, sino en avanzar a pesar de él. Le enseñó a no rendirse ante las circunstancias, a mantenerse firme sin importar cuán hostil fuera el entorno, y, sobre todo, a no dejarse dominar por las emociones, fueran de miedo, ira o tristeza.

Por esa razón intentó recordarse a sí misma quién era y de dónde venía, sobrevivió demasiado como para permitir que una simple discusión la quebrara. Inspiró profundo, buscando estabilidad en el caos de sus pensamientos, y decidida a poner fin a aquella disputa, se levantó del suelo donde permanecía sentada.

Sin embargo, antes de que pudiera decir algo, la voz de Zader se filtró en el aire con una fuerza inesperada, las palabras impactaron en sus oídos con un golpe seco, derrumbando uno a uno los argumentos que había construido dentro de su mente. En cuestión de segundos toda esa determinación se desmoronó, y el eco de aquella voz bastó para recordarle que, por más que lo intentara, la vida siempre encontraba una forma de ponerla a prueba.




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