Huyendo Con El Enemigo

9. SERENDIPIA

Las cosas no habían salido como Zader esperaba, pues al contrario de lo que había imaginado al inicio, el trayecto se transformó en un laberinto sin salida donde cada paso se sentía más incierto que el anterior. Ya no quedaban senderos limpios por donde transitar, ni cabañas en las que refugiarse para recuperar fuerzas o reponer los escasos suministros.

Solo tenían la necesidad de avanzar, más impulsados por la inercia que por la esperanza, puesto que sentían el camino cubierto de sombras y silencio. A cada paso, Zader reforzaba su creencia de que la suerte no existía, o al menos, que los había abandonado hace semanas, como si el destino mismo se hubiese cansado de jugar a su favor y ahora los observara desde la distancia, esperando ver hasta dónde serían capaces de resistir.

No obstante, ese era el menor de sus problemas.

Algo más profundo y desconcertante lo atormentaba, era que sus sentidos no respondían como antes. Desde el día en que salió de la cueva de los salvajes se convirtió en un extraño para sí mismo, incapaz de comprender qué parte de él seguía siendo humana y cuál se había perdido entre la oscuridad de aquel encierro. A diario despertaba con la sensación de no reconocerse del todo, de estar habitando un cuerpo ajeno.

Aquella noche lo confirmó, cuando le resultó casi imposible hallar un lugar “seguro” donde descansar. Todo lo que lo rodeaba parecía distorsionado, hostil, como si incluso el bosque supiera que algo dentro de él había cambiado para siempre.

Pero, aun contra todo pronóstico, lo hizo.

Llegaron a una edificación que alguna vez debió ser colorida y llena de vida. Ahora, sin embargo, solo quedaban rastros marchitos de lo que en el pasado fue un refugio de risas y bullicio. Yul no supo exactamente qué era, ni se molestó en preguntar, solo observó en silencio con una mezcla de extrañeza y melancolía. En cambio, para los tres jóvenes que la acompañaban, aquel hallazgo representó una confirmación inquietante: Toda la información que conocían era cierta.

El sitio se extendía imponente ante ellos revelando un esqueleto de lo que fue un centro de diversión familiar. Su estructura aún majestuosa pese al deterioro, invitaba a imaginar los días en que la alegría lo llenaba todo. Los túneles flotantes que alguna vez brillaron con tonos vivos, ahora colgaban como sombras de colores apagados, y las piscinas secas, agrietadas, consumidas por el tiempo, guardaban el eco lejano de gritos y chapoteos que ya no existían.

Como un lugar suspendido entre la vida y el olvido.

Juntos avanzaron en silencio hasta alcanzar la zona de las cabañas, siguiendo el estrecho sendero cubierto de maleza y hojas secas. No se detuvieron hasta hallar una que pudiera ofrecerles, al menos, un techo donde pasar la noche. El interior resultó ser diminuto y lúgubre, con dos camas cubiertas de polvo, un olor rancio a encierro y nada más que paredes avejentadas.

A pesar de eso, no tuvieron otra opción, así que decidieron dividirse. Yul e Isabella ocuparían una de las cabañas, mientras Zader y Dylan se quedarían en la otra. Con las últimas fuerzas que les quedaban, limpiaron lo suficiente para poder acostarse sin sentirse sofocados por la suciedad, y antes de que la oscuridad los envolviera por completo, salieron a explorar los alrededores.

Para nadie fue una sorpresa cuando Yul anunció que quería explorar sola, desde que desapareció el día anterior sin dejar rastro y luego reapareció como si nada, todos notaron algo distinto en ella. No era solo su mirada perdida ni su tono distante, sino una sombra silenciosa que parecía haberse instalado en su interior.

Ninguno se atrevió a preguntar, tal vez por miedo a escuchar una verdad que no estaban listos para afrontar, o porque comprendían, en lo más hondo, que cualquier palabra podía ser la chispa que encendiera algo que ella apenas lograba contener. Decidieron no ejercer presión.

Yul, por su parte, se limitó a ajustar las correas de su mochila sin mirar a nadie, su decisión no era un impulso, sino una necesidad que le ardía bajo la piel. Existía algo en su forma de moverse y en la firmeza de sus pasos, que decía más que cualquier palabra, ella no buscaba huir, buscaba respuestas, sin importar si para hallarlas tenía que perderse de nuevo.

De igual forma, Zader decidió ir por su cuenta, Eran demasiadas cosas rondándole la cabeza y muy poco tiempo para ordenarlas. Para él cada pensamiento era una herida abierta, y si no las enfrentaba pronto, terminarían por consumirlo.

Cuando llegó a lo que quedaba de la cocina sintió como el aire olía a humedad y descomposición, y las paredes ennegrecidas parecían haber presenciado años de abandono. Buscó entre los estantes, moviendo cajas vacías y latas oxidadas, claro que lo único que encontró fueron algunas fundas de pan cubiertas de moho.

Todo resultaba ser polvo inerte, restos de lo que alguna vez fue sustento.

Conectando cada hallazgo con la incertidumbre que los rodeaba, él comprendió que ese lugar no ofrecía nada más que recuerdos muertos. Pero eso no lo detuvo, siguió buscando, aferrándose a la idea de hallar algo que les permitiera continuar. Recorrió estantes vacíos, abrió compartimientos oxidados y movió con el pie trozos de madera que alguna vez formaron parte del mobiliario.

No obstante, cada rincón que revisaba parecía gritarle lo mismo: “Están solos en esto”. Esa frase invisible se le grabó en la mente, haciéndole más pesado el aire que respiraba.

Cansado por la situación y por el silencio que parecía morderle los pensamientos, se dejó caer en medio de lo que alguna vez fue una pequeña sala de juegos infantil. A su alrededor, los colores desteñidos y los juguetes rotos hablaban de un tiempo mejor, uno que ya no existía. Apoyó los codos en las rodillas y se llevó las manos al rostro, tratando de contener la sensación extraña e irreconocible que lo devoraba.

Necesitaba recuperar fuerzas, sentirse mejor y convencerse de que aún había algo por lo cual seguir. Mientras escuchaba el eco de su propia respiración comprendía que lo que realmente lo estaba torturando no era la falta de alimento ni el cansancio, sino la creciente certeza de que el mundo, poco a poco, se estaba apagando… y él no podía hacer nada para evitarlo.




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