Aunque el oxígeno llegaba con dificultad a los pulmones de Yul, no bastaba para detener su impulso de seguir adelante. Cada respiración le pesaba, pero su determinación resultaba más fuerte que el cansancio. Desde la emboscada, su único descanso había sido aquel centro de diversiones abandonado, sin embargo, el breve respiro que encontraron allí se desvaneció pronto, obligándolos a retomar el camino.
Durante los días siguientes avanzaron sobre un suelo rocoso y hostil, a cada paso las hierbas altas se cerraban tras ellos, mientras los lagos formados por la lluvia reflejaban un cielo incierto que parecía observarlos en silencio. A pesar del agotamiento, continuaron moviéndose porque detenerse habría significado rendirse.
Por eso, solo descansaban cuando la noche caía, y aun entonces, el sueño era ligero, interrumpido por el viento y la desconfianza. Así, antes de que el amanecer pudiera teñir el horizonte, ya estaban nuevamente en marcha, impulsados no solo por la necesidad de encontrar una salida, sino también por el miedo a lo que quedaba atrás.
Sumado a eso, cada cosa le resultaba incómoda y extraña, como si el mundo mismo se volviera ajeno. Viajar con ellos era casi como hacerlo con desconocidos, ya que el silencio que los envolvía pesaba más que el cansancio acumulado. Desde aquella noche en que tomó la botella de vino, Yul no había vuelto a dirigirles la palabra, a veces intercambiaba miradas breves y vacías con Dylan e Isabella, pero esas coincidencias visuales se desvanecían tan rápido como surgían.
Generalmente, Zader se mantenía enfocado en el camino, atento al peligro y casi obsesionado con la dirección del viento o el crujir del suelo bajo sus botas. No decía nada, ni una palabra más de lo necesario, y su silencio era una muralla que Yul prefería no escalar. De algún modo ambos parecían compartir la misma decisión, ignorarse.
No obstante, el conflicto interno era algo que parecía negarse a desaparecer.
Cuando Yul se fue en blanco al pisar una piedra suelta que rodó por la montaña, casi cayó, pero eso mantuvo de pie. Se detuvo para inhalar profundo tratando de encontrar entre las pocas fuerzas que le quedaban, un poco paciencia. Al levantar la mirada para observar al resto, se encontró con todos dispersos a distancias considerables, pues Zader había creído que era buena idea subir a la copa de la montaña más alta.
No sabía que buscar, pero era muy buena fingiendo que sí, aunque en el fondo estuviera cargada de incertidumbre. Dio algunos pasos más hasta quedar sobre la punta de un risco, y enseguida un escalofrió recorrió su cuerpo, no era la altura o mucho menos el frio que sentía lo que provocaba esas sensaciones extrañas, sino aquello que no conocía.
Ante sus ojos se reveló una civilización oculta, edificios altos que se extendían muchos metros, pero cubiertos de vegetación y árboles, el camuflaje perfecto. Era hechizante observarlo, como si las ruinas deterioradas de un viejo mundo le abrieran sus brazos al nuevo con una belleza oscura que erizaba cada parte de su cuerpo, y al mismo tiempo la invitaba a entrar en él.
Aquel pedazo de ruina que yacía extendido ante ella le era vasto y silencioso. No existía el canto de las aves, ni el rumor de las hojas, sólo el murmullo del viento deslizándose entre los restos de lo que alguna vez fue vida.
Un armónico caos —pensó.
— Un mundo muerto —susurró, hechizada por aquello que sus ojos no podían dejar de mirar.
—O solo un mundo —aclaró Isabella parándose a su lado, y logrando que Yul se concentrara en ella.
—No sé si esto debería verse así, siento que hay algo que no encaja. Es hermoso… pero está roto —solo eso bastó para que se saltara todos los muros que había estado construyendo esos días—. ¿Tú lo sientes también?
—Sabes cariño —suspiró con su típico tono seductor, concentrando su atención en los edificios—, no es el lugar lo que está roto.
—Entonces, ¿qué es?
Una sonrisa cansada se escapó de los labios de Isabella, pero no llegó hasta sus ojos. Era como si hacerlo le doliera.
—A veces lo que se quiebra no es el mundo, Yul… sino la forma en que lo miramos.
Si existía algo que ella odiara, era lo difícil que podía ser comprender a los tres jóvenes que la salvaron, eso la estresaba a niveles exagerados.
—¿Y qué se supone que mire? Todo parece detenido. Como si el tiempo respirara, pero sin moverse.
—Eso es lo que hace, respira. Solo que ahora lo hace sin nosotros.
Yul volvió a concentrar su mirada en los edificios consumidos por el tiempo y la falta de vida.
—¿Tú has estado aquí antes?
—Me hubiese encantado.
—Todos murieron por el maldito virus —suspiró—, me hubiese gustado ayudarlos, de alguna forma.
—Aun puedes hacerlo —aseguró la morena, girando en dirección a Yul para tenerla de frente.
Sus declaraciones la sorprendieron, ahora se encontraban ambas paradas sobre el risco, mirándose fijamente.
—¿Cómo? Ya no están.
—Claro que sí
—¿Dónde?
—Aquí —se inclinó suavemente hasta posar su mano con delicadeza sobre el suelo—. En cada piedra, cada resto... El mundo guarda las voces de quienes lo habitaron, solo hay que saber escucharlas.
—¿Las escuchas? —indagó, mientras observaba como Isabella acariciaba el suelo.
—Sí, pero hay voces que no deberían repetirse.
Yul cerró los ojos con fuerza, tratando de calmarse, quería gritar, sacar lo que llevaba dentro, pero no podía, no se lo permitiría, no aún.
—¿Y si ya se están repitiendo? —soltó volviendo a abrir los ojos, y fijando su mirada en la joven frente a ella.
—Entonces todo volverá a empezar —respondió concentrada en el suelo—. Y nadie recordará que ya ocurrió.
El silencio de sus voces las envolvió, y junto a ello, el viento se levantó moviendo las hojas secas como si fueran respiraciones.
—¿Recuerdas? —su voz fue apenas un susurro.
Isabella se levantó del suelo y sostuvo la mirada de Yul con firmeza.
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Editado: 15.03.2026