El escenario frente a Yul era idéntico a aquellos documentales de guerra que solía ver en Krov. Cuerpos sin vida por todos lados, algunos cercenados, otros con heridas incomodan a la vista de una persona común, pues luego de inmovilizarlos intentaron obtener algún tipo de información, pero al ver que era asunto perdido se encargaron de asesinarlos uno a uno.
Todo parecía sacado de una película de terror, mismas que ella odiaba. Su cuerpo permanecía inmóvil y su mano temblorosa aun sostenía el pequeño cuchillo que logró robar, mientras a su alrededor el campo estaba teñido de rojo. Aunque la batalla concluyó, dentro de ella la guerra comenzaba, pues la culpa se estaba encargando de mantenerla cautiva.
Era consciente de que los salvajes representaban una amenaza directa para ella, y comprendía que no existía otra opción, pero, aun así, algo en su pecho se quebraba con cada cuerpo que su mirada encontraba. El silencio posterior a la masacre fue ensordecedor, y en medio de ese vacío, Yul creyó sentir que la sangre ajena se mezclaba con la suya.
Muchas veces había fingido frente a su padre que ver ese tipo de escenas no le provocaban náuseas y remordimiento. Incluso cuando Rostilav Volkova la obligó a presenciar como un soldado de Krov decapitaba a un traidor, ella elevó la barbilla y fingió entenderlo, lo hizo tan bien que nadie se enteró que no probó un bocado de comida en dos semanas.
Pero esto era diferente, verlo y hacerlo no eran sinónimos.
—Maldición —un susurro cansado se escapó de los labios de Isabella—, esto es excitante, aunque casi morimos.
Completó mientras se recostaba en el tronco de un árbol a recuperar fuerzas.
Era asqueroso e insalubre que estuvieran tan cerca de restos humanos, pero la pequeña batalla los dejó exhaustos. Yul, tratando de aclarar sus pensamientos para no dejarse consumir por el momento, intentó acercarse a un árbol y recargar su cuerpo en él, pero su misión se vio truncada al ver que un salvaje seguía vivo y permanecía acostado boca arriba sobre el suelo, gimiendo de dolor y sin fuerzas para pelear… pero vivo.
—Niña, no digas nada, por favor —suplicó forzando la voz, cuando los ojos de Yul cayeron sobre él.
Se encontraban lo suficientemente lejos de los demás para que no los escucharan, y al mismo tiempo, tan cerca para que los vieran.
—¿Por qué me siguen? —Indagó extrañada, pensando que con él encontraría una respuesta.
Le causaba conflicto no saber por qué ellos estaban interesados en tenerla cautiva, si su único objetivo era devorarla, no valía la pena todas las muertes que estaba causando su persecución. Tenía que existir algo más, y por mucho que se esforzaba, no encontraba una respuesta que aclarara sus dudas.
—No lo sé, yo solo sigo órdenes... no digas nada —suplicó girando la cabeza con rapidez para observar a los demás.
—¿De aquel asqueroso con la banda naranja en el brazo? —exigió una respuesta recordando aquel día, cuando el hombre entró a su celda y le dio de comer carne…
—Mavros…
—¿Y qué diablos quiere conmigo? —insistió, sentía la necesidad de saber que sucedía a su alrededor, mucho más si eso la implicaba.
—Huiste, te burlaste de él, nadie que se burle de Mavros sale con vida —tosió al atragantarse con su propia sangre.
—Solo luché por mi vida, él no tiene derecho de elegir quien vive y quien no.
—Nadie lo tiene, pero se hicieron cosas que nunca antes se habían visto en este lado, y todo desde que tú llegaste. Ahora Mavros quiere recuperar el orden, es todo.
—¿Qué quieres decir? —mientras más avanzaba la conversación con aquel salvaje, el ardor se incrementaba en su pecho.
—¿Niña, aun crees que este lado gira en torno a ti? —una macabra sonrisa ensangrentada se dibujó en el rostro del hombre—. No tienes idea de nada.
—¿Qué..
Quizá Yul arremetería en contra de él.
Quizá le preguntaría a qué se refería.
Quizá le pediría que aclarara todo.
Pero no pudo hacerlo.
A su lado apareció Zader, interrumpió la conversación poco amena que estaban teniendo.
—¿Quién es? —preguntó al ver a Yul interesada en el hombre.
—No lo sé, pero podríamos sacarle información.
Él lo observó dudoso, como si la sola presencia el hombre moribundo en el piso le provocara una sensación extraña en el cuerpo.
—¿Cómo llegaron aquí tan rápido? —Probó a ver si interrogarlo funcionaria.
—Si te lo digo igual me vas a matar, no ganaría nada
Zader sonrió apenas, sin humor. Dio un paso adelante y el crujido de sus botas puso en alerta a Yul.
—No juegues conmigo —anunció en voz baja—. No quiero tu ingenio, quiero tus respuestas.
El salvaje lo miró sin decir una palabra, con una mezcla de desprecio y miedo en su expresión que tensó el aire.
—Escucha, solo dinos si vienen más de los tuyos. No queremos pelear —pidió ella.
—¿Pelear? —sonrió sin alegría—. Ustedes ya están peleando, solo no te has dado cuenta de ello.
Dejando que el cansancio lo envolviera, Zader se inclinó y le sostuvo la cara entre los dedos.
—Última oportunidad. ¿Quién los envió?
El salvaje lo miró, luego a Yul, y al no ver intención en ella, su mandíbula tembló.
—Dijeron que vendrían más esta noche… que los rodearían.
—¿Una emboscada? —Inquirió Yul, sobresaltada.
Eso provocó que él soltara al salvaje de un empujón.
—Miente —dijo casi para sí mismo, y su mirada se endureció—. Está inventándolo.
El salvaje trató de retroceder un poco, arrastrándose con la espalda.
—¡No! ¡es verdad! ¡les juro que…
Zader, enojado y cansado con la situación, desenvainó su cuchillo.
—¡Espera! —gritó Yul, interponiéndose.
Él la miró contrariado.
—Debes entender que esto no es información, es ruido, y el ruido se apaga —susurró cerca de ella.
Los ojos del salvaje se abrieron de par en par mientras observaba la escena, con el pecho subiendo y bajando en espasmos. En ese instante Yul avistó algo en los ojos de Zader que logró ver la noche en que la salvó.
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Editado: 15.03.2026