Aunque desde la colina la ciudad se veía cercana, la realidad estaba muy lejos.
Estuvieron caminando toda la noche y no se detuvieron hasta sentir los primeros escombros bajo sus pies. Al amanecer, la vieja metrópolis se abrió lentamente como una herida luminosa que les permitió ver el cielo, lo extraño fue que esa vez no se tiñó de un solo color, como ya era costumbre, sino que se doblegó en capas.
Tan mágico como un nuevo comienzo.
Pero tan trágico como la realidad que estaban viviendo.
A medida que la luz crecía, los edificios emergían uno por uno como gigantes exhaustos que despertaban a la fuerza. Las fachadas de ladrillo y estuco mostraban sus cicatrices, mismas que hacían juego con los carteles arrancados, balcones torcidos y persianas colgantes. En algunas ventanas todavía quedaban vidrios que reflejaban fragmentos del amanecer, en otras, solo los marcos vacíos que se tragaban la luz.
De igual forma, en las grietas del pavimento crecían brotes verdes, obstinados rompiendo la monotonía gris del polvo y el abandono. Todo esto impresionó de forma desmesurada a Yul, pero lo que más le impacto fue que los coches abandonados cubiertos de herrumbre, guardaran silencio con las puertas abiertas.
Era caótico, lúgubre y pesado.
Pese a eso, lo más extraño no era el abandono total de la ciudad, sino la familiaridad con la que se reflejaban los restos de una guerra social, de manifestaciones y gritos silenciados convertidos en súplicas. Existían lonas rotas colgando de postes y sillas volcadas que marcaban el paso de algún antiguo caos.
A lo lejos, un sonido metálico tintinea con el viento.
Todo parecía estar conteniendo la respiración.
El lugar no asemejaba a haber sido abandonado por las personas… al contrario, reflejaba restos de una guerra silenciosa.
Después de tanto caminar llegaron a una tienda de ropa antigua, su fachada de dos pisos conservaba las letras metálicas del rótulo, aunque varias ya estaban comidas por el óxido. Necesitaban un lugar seguro para ingeniar su plan, pues Zader había confirmado lo dicho por el hombre, estaban siendo perseguidos. Así, ingresaron en ella y al cruzar el umbral, el grupo sintió cómo el ruido exterior se disolvía.
Acto seguido, todos se reunieron a su alrededor y pusieron en el centro una mesa improvisa, encima descansaba un mapa rasgado de la ciudad que Zader consiguió. Dylan inclinó el cuerpo hacía el centro y su voz calmada pero firme captó la atención de todos.
—Esto no debe ser solo destrucción. —Sus ojos recorrieron el mapa—. Tenemos que dejarlos sin espacio, cerrar su camino para impedir que sigan detrás de Yul.
—Ya intentamos dejarlos atrás antes, dulzura. Y no funcionó tan bien que digamos —recordó Isabella.
Al escucharla, Dylan se enderezó, sereno.
—Entonces pensemos como ellos —señaló el mapa con el dedo—. Aquí está el edificio central. Es el punto más alto de la ciudad. Si logramos hacer que caiga, no solo les quitamos la vista de toda la zona norte, sino también el camino.
—Podríamos bloquearles la entrada por el este, y si los guiamos hacia el centro, quedarán atrapados cuando el edificio se venga abajo — consideró la morena, sonriendo con picardía.
Zader la observó, y entre ellos hubo una sincronía silenciosa, parecía un lenguaje invisible que Yul no necesitaba entender, notarlo era suficiente.
—Si lo hacemos rápido —apoyó Dylan—, ni siquiera notarán que estuvimos allí.
—Rápido, sí… pero no impulsivo —masculló Zader, uniéndose a ellos—. Necesitamos distracción, y mientras ellos se concentren en asegurar el perímetro, nosotros actuaremos.
—Como piezas de ajedrez —sonrió Isabella, ante sus palabras.
—Como engranajes —completó Zader.
Yul, quien había estado sentada un poco apartada, observando el trío moverse alrededor del mapa, levantó la voz con un tono cansado, pero curioso.
—¿Y si no caen todos? —sus palabras flotaron en el aire—. ¿Y si solo los desplazamos a otro punto?
Los tres la observaron expectantes, sin saber qué decir. Finalmente, Dylan respondió con suavidad, como quien acariciaba una herida que no quería abrir.
—Entonces ganamos tiempo, Yul. A veces eso es todo lo que hace falta para sobrevivir un día más.
Esta asintió. Dylan le sostuvo la mirada un instante, con empatía pura, y luego volvió al mapa. Por su parte, Zader un poco más analítico, marcó una zona con el extremo del cuchillo.
—El sur sigue siendo el flanco más débil, si los vemos moverse por ahí sabremos que sospechan. No podemos permitir que lleguen a las montañas antes que nosotros.
—Entonces dejemos una señal falsa —agregó Isabella, siguiendo su lógica con naturalidad—. Como si creyeran que ahí escondemos algo valioso, serviría una fogata con algunas pertenencias que ya no usemos.
—Eso nos da el margen que necesitamos. Zader y yo nos encargaremos de hacer volar el edificio, ya está en un mal estado y estoy seguro que puedo crear una bomba cronometrada que cause una explosión lo suficientemente fuerte, solo necesito varios recipientes de metal, combustible, un encendedor, polvera, tapones enroscados… y las radios —balbuceó esto último con cierto temor.
—No —exclamó Isabella llenándose de indignación—. ¿Cómo nos comunicaríamos después? Eso no.
—Izzy —insistió Dylan.
—Perderíamos la forma de estar en contacto, lo cual sería terrible porque ustedes siempre se pierden, debo andar buscándolos en el bosque con linterna, y eso es suicidio…
—Es la única forma de detonar el explosivo desde las colinas —insistió el rubio.
—No, Zader dile algo —pidió la morena.
—Si, dile que me de las radios —exigió Dylan.
Zader pensó por algunos segundos que hacer con esos dos, quienes constantemente tenían ese tipo de inconvenientes, pero era la primera vez que lo hacían delante de Yul.
—¿Puedes crear uno que conecte todos los detonadores utilizando otro artefacto? —preguntó interesado en dejar las radios funcionando.
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Editado: 23.03.2026