Huyendo Con El Enemigo

14 FATUO

Cuando la mirada de Isabella dejó el exquisito y humeante guiso frente a ella, para enfocarse en las personas que habían aparecido bajo el umbral de la puerta, una extrañeza amarga, ya frecuente, se instaló en su pecho.

Zader y Yul lucían cansados, pero satisfechos, y a Isabella le resultaba un poco irreal lo cómodos que parecían sentirse estando juntos, pues esa cercanía no encajaba con los recuerdos que guardaba de ellos. Trató de buscar en su mente algún indicio de que algo así hubiese sucedido, pero por más que lo intentara, lo único que tenía eran imágenes de ambos discutiendo.

Supuso al instante, por la vestimenta deportiva de ambos, la suciedad en las prendas y las manos vendadas de Zader, que estuvieron entrenando, cosa que parecía costumbre desde que llegaron a ese lugar.

—¿Ustedes? —inquirió Dylan deteniendo la cuchara a medio camino, como si necesitara un segundo extra para entender qué estaba sucediendo.

—Necesita saber cómo nos movemos —aclaró Zader, mientras se dirigía al lavabo y comenzaba a quitarse las vendas.

—¿Estaban entrenando? —el rubio frunció el entrecejo, como si aquello que estaba viendo simplemente no encajara en su cabeza.

Era normal que no lo notara antes, pues pasaba mucho tiempo patrullando el exterior.

—Algo así —respondió Yul, al tiempo que se sentaba en la mesita.

—¿Zader… contigo? —insistió, aún incapaz de procesarlo.

—Si… —su respuesta salió dudosa.

Ella lanzó una rápida mirada a Zader, pero él seguía concentrado en quitarse la suciedad de las manos.

—Pero… —las palabras del rubio quedaron suspendidas en el aire debido a que un trapo aterrizó en su cabeza, haciéndolo sobresaltar.

—¿También quieres que te entrene? —lo regañó, sentándose a su lado para empezar a degustar la cena.

—Dios mío, sería lo mejor que me podría pasar en el mundo —ironizó, llevándose una mano al pecho para añadir dramatismo a sus palabras.

—Es un gran mentor —se unió Yul, a la broma—, cuando no está gritando, claro.

—No te grito —se defendió, ofendido…

De verdad ofendido.

—No, pero querías.

—No —respondió serio, observándola con cuidado.

Isabella ocupó el único asiento libre en la pequeña mesa de la abandonada cocina, sonriendo suavemente.

—¿Gritaste? —parecía no creerlo.

Zader negó con la cabeza, degustando de su guiso.

—Sigo creyendo que no es buena idea ¿Quieres practicar conmigo? —propuso Dylan a Yul.

Ella solo sonrió, sin saber muy bien qué decir.

—Claro que no —contestó Zader, de inmediato—, no podrías.

El suave “Uuuuuh” de Isabella retumbó en la pequeña cocina.

—Voy a fingir que aquello no me ofendió —replicó, intentando mantener la compostura.

Aquel instante envuelto en risas estruendosas y comentarios bromistas, consiguió aislar cualquier pensamiento oscuro que pudiera colarse entre ellos. Por un momento y sin buscarlo, se integraron, fingiendo confiar unos en otros.

Dylan sintió casi con alivio, que estaba completo.

Isabella no sentía el vacío de cargar con un corazón lleno de amor para dar, pero sin unas manos que lo recibieran.

Yul ya no escuchó la insistente voz interna que la empujaba a volver a casa.

Y Zader… Zader simplemente creyó sentir algo.

Yul no sabía si era la necesidad de sentirse parte de algo o un sentimiento genuino, pero los muros que levantó para mantenerse a salvo, empezaron a caer. En su lugar surgieron palabras compartidas, miradas sinceras y secretos que escapaban sin querer.

Eso no eliminaba el miedo, al contrario, alimentaba el temor de que todo fuese una mentira, una ilusión creada por su propia mente para sobrevivir y volver su realidad menos destructiva.

—¿Saldremos mañana? —comentó Dylan cuando las bromas finalmente cesaron.

Con esas palabras el ambiente se contrajo. Era momento de pensar nuevamente en cómo sobrevivir.

—No, necesitamos reagruparnos y, sobre todo, buena comida —respondió Zader con una calma casi imperturbable, desviando sus ojos a los delgados hombros de Yul.

—Por suerte hay raciones de sobra en este lugar —comentó Isabella.

—Entonces iré a descansar, mañana será un largo día —avisó el rubio, dejando el plato en la basura antes de desaparecer por la puerta.

Zader volvió a mirar a Yul y, antes de que ella pudiese abrir la boca, sentenció:

—Tú debes hacer lo mismo, mañana seguiremos practicando.

No esperó respuesta, se levantó y salió de la habitación dejando atrás una orden indiscutible.

Una risa baja y cautelosa se filtró por los Yul. Al girar, encontró a Isabella inclinada sobre su plato, revolviéndolo con un gesto que intentaba ocultar la diversión.

—¿Crees que es gracioso?




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