Pasillos oscuros. Paredes húmedas. Grietas humeantes. El eco de gotas cayendo sobre charcos de sangre seca.
Belial, en su forma humana, avanza lento. La cabeza gacha. Sus botas hundiéndose en restos olvidados. No hay soldados. No hay gritos. Solo el silencio de la decepción. Llega a la cámara del trono.
Entra al salón del Trono de su padre. Amplio. Rojo oscuro. Al fondo, sobre un pedestal de cráneos fundidos, el trono demoníaco. Lucifer está sentado. Su rostro oculto por la penumbra. La bata negra cubre gran parte de su cuerpo.
Belial se detiene a unos pasos. No levanta la vista. Su voz sale ronca, quebrada.
—Fallé.
El silencio que sigue es tan profundo que el fuego parece apagarse un instante. Belial se tensa. Sabe lo que viene: el dolor, la humillación, el castigo. Pero no. Una mano se posa sobre su hombro. Fría. Pesada. La voz de Lucifer suena suave, rasposa. Casi… paternal.
—Quizá fui yo quien falló —dice con calma—. Enviar a mi propio hijo a enfrentar a alguien cuyo poder… ni siquiera comprendemos todavía.
Belial levanta la mirada, confuso. Sus ojos buscan en los de su padre una trampa, una sombra de burla, pero no encuentra nada. Solo serenidad. Algo nuevo. Algo peligroso.
—¿Eso es todo? —balbucea—. ¿No vas a…?
Lucifer arquea apenas una ceja. La penumbra apenas deja ver la sonrisa que cruza su rostro.
—¿Prefieres esto… o que te rompa los huesos hasta que me aburra?
Belial deja escapar una risa amarga.
—Esta vez… prefiero esto.
Asiente con una leve reverencia y se da media vuelta. Camina hacia la salida sin orgullo, pero con algo distinto latiendo dentro de él. No esperanza, ni miedo… sino duda.
Unos minutos después, Lucifer permanece sentado en su trono, inmóvil, mirando el fuego eterno que danza frente a él. Las llamas arrojan reflejos rojos y dorados sobre su rostro, revelando una expresión contenida, tensa. Su ceño se frunce. Su mandíbula se marca como piedra. El fuego se retuerce, y entre las chispas aparece el reflejo de un rostro: Zane, riendo entre humanos, con un vaso en la mano, con vida. Lucifer lo observa, y la sombra en su mirada se convierte en pura furia.
—Pero tú… —susurra, con un tono bajo, venenoso—. Tú te ríes con tus humanos… y olvidaste quién mueve las fichas.
Se levanta despacio. El eco de sus pasos resuena como tambores de guerra. Cruza el salón hasta el fondo, donde lo espera un altar de piedra negra, agrietado y vivo, cubierto de símbolos arcaicos que respiran humo y fuego.
Sobre el altar, dos esferas oscuras flotan lentamente. No reflejan la luz: la devoran. Oscilan como si tuvieran pulso propio, latiendo con un ritmo profundo, hipnótico. Lucifer apoya ambas manos sobre ellas. Las runas en el aire se encienden al instante, girando alrededor del altar como engranajes etéreos. El fuego se vuelve púrpura, y una energía densa, casi tangible, inunda la escena.
—Despierten… mis colosos —murmura, con una sonrisa apenas perceptible—. Que el mundo recuerde lo que significa temer.
El suelo tiembla. El aire se fractura con un sonido seco, imposible. En el fondo del océano Pacífico, mil millas bajo la superficie, algo se mueve. La oscuridad se retuerce sobre sí misma. Entonces, un ojo rojo se abre. Luego otro. Y otro más. Miles.
LEVIATÁN despierta. Su rugido es un trueno líquido, una vibración que sacude el agua, las rocas, el tiempo mismo. El océano entero se curva por su movimiento. Sus escamas brillan como acero infernal, sus fauces se abren en un grito que disuelve la luz.
A miles de kilómetros, la tierra responde. El núcleo del planeta se fractura en grietas incandescentes. La lava asciende, devorando la piedra, buscando salida. Un monte entero se parte en dos. Y de sus entrañas surge BEHEMOTH: una bestia de carne ardiente y huesos de magma, con un cráneo de roca fundida y un cuerpo tan grande que las nubes tiemblan a su alrededor.
Sus pasos hacen vibrar continentes. El aire se vuelve fuego. La noche… ya no es solo noche. Lucifer abre los ojos por completo, iluminados con un resplandor carmesí.
—Despierten, hijos míos —declara con una calma que hiela—. El híbrido ya tuvo su baile. Ahora… es mi turno.
El fuego crepita. Las risas flotan. El mar murmura con calma, y la noche parece detenida en un respiro eterno. Zane, Sienna, y los demás están sentados alrededor de la fogata. Hay música suave, marshmallows dorándose sobre las brasas, y una paz tan perfecta que parece soñada.
Hasta que algo cambia.
Primero, un silencio. Luego, un sonido lejano, profundo, imposible de ubicar. El mar… comienza a retirarse. No una ola, no una corriente: el océano entero retrocede, como si algo gigantesco lo estuviera inhalando desde el fondo del mundo. La arena se estira metros y metros hacia el horizonte, dejando caracoles y peces agonizando sobre la costa. Ryan frunce el ceño, levantándose despacio.
—¿Uh…? ¿Por qué el agua… se va?
Ethan se pone de pie al instante, pálido como la luna.
—No. No, no, no… —balbucea, retrocediendo—. Esto ya lo vi en una película. Y no termina bien.
Entonces ocurre.
El océano estalla hacia arriba. Un trono de carne, escamas y oscuridad emerge entre las olas. Tentáculos del tamaño de rascacielos azotan el aire, cubiertos de runas ardientes. Miles de ojos giran en todas direcciones. Y en el centro, una boca colosal se abre con un rugido que atraviesa el cielo y parte las nubes.
LEVIATÁN ha surgido.
El sonido no es un rugido. Es una sentencia. Las estrellas titilan, como si temieran apagarse. Las aves caen muertas del firmamento. Los árboles se doblan bajo la presión del estruendo. Y por un instante, el planeta entero parece contener la respiración.
Zane se pone de pie, lento, mirando el horizonte iluminado por el fuego. Las llamas se reflejan en sus ojos dorados, fijos, inmóviles. El viento le mueve el cabello. El humo le atraviesa la mirada. Sienna tiembla a su lado, sin poder apartar los ojos del monstruo.