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Llegó la lluvia ácida,
viento disfrazado de hermana,
un aguacero que promete refrescar
y termina dejando quemaduras en la piel del alma.
Explota por nada,
se va dejando charcos,
un silencio que pesa más que el trueno.
Y con ella vino un color ámbar
que observa, calcula, miente con sonrisa quieta.
dice “mío” sin abrir la boca,
y cuando la mirás,
es como si el sol se hubiera escondido detrás de ella.
Yo fui el claro del bosque que las acogió,
les di mis hojas verdes, mi suelo húmedo,
les abrí mis raíces hasta que se me secaron las venas.
Les regalé gotas de miel que saqué de mi pecho,
tiempo que no tenía, monedas de paz que ya no me sobraban.
Pero la lluvia ácida no agradece al cielo que la deja caer.
La oscuridad no besa la mano que la ilumina.
Se fueron dejando un olor a quemado,
un frío que se mete en los huesos,
y un cielo que tardó en volver a abrirse.
Hoy la lluvia ácida sigue cayendo en otro valle,
la pequeña oscuridad camina por otros senderos.
Yo, clara herida, sigo respirando,
más despacio, más callada,
pero con el sol volviendo a filtrarse entre las ramas.
Porque la luz siempre encuentra grietas,
aunque le hayan echado sal y sombra.
Y vos, mi luna dorada…
vos sos la que brilla cuando todo se apaga.
No sos el daño.
Sos lo que queda después.
🥀