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Después de tanto viento
el cuerpo se detiene,
se acurruca en el pasto
y cree que ya terminó la tormenta.
Pero entonces, en el silencio,
empieza a susurrar.
La piel recuerda el peso
que los hombros llevaron sin queja,
los nervios tiemblan
Llega el hormigueo sutil,
como un sueño que se despierta mal,
la hinchazón que dice:
“aquí guardé lo que no pudiste llorar”.
No es castigo,
es solo el cuerpo siendo honesto.
Ha corrido tanto tiempo
con el corazón en la garganta,
ha tragado rabias enteras,
ha cosido noches sin dormir.
Ahora, en esta pausa bendita,
se permite doler.
Se inflama un poco,
se enrojece, se queja bajito,
para que yo, al fin,
lo escuche con cuidado.
Y yo, que tanto quise ser fuerte,
aprendo a ser suave conmigo.
Pongo compresas frías
como caricias que me debo,
bebo agua como si fuera perdón,
y dejo que el cuerpo hable
sin apresurarlo a callar.
Porque la calma no borra el camino,
solo lo ilumina.
Y en esa luz tenue
veo que sigo aquí,
entera, aunque un poco hinchada,
viva, aunque duela un rato.
Gracias por haberme sostenido tanto,
cuerpecito valiente.
Ahora te cuido yo.
Descansa.
Ya es tiempo de sanar.
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