.
.
.
Veintisiete estaciones se posaron en las mismas tejas,
en el mismo piso que guardó risas jóvenes
y el roce de pasos que ya no saben hacia dónde ir.
La cordillera se levanta cada mañana, azul y callada,
como una madre que no pregunta, solo mira.
Y yo miro de vuelta, desde este ventanal que es mío y no es mío,
porque el vidrio refleja una mujer que ya no reconoce del todo
el reflejo que devuelve.
Hay una mesa en la esquina del cuarto,
recién llegada, con olor a posibilidad y a miedo.
Encima, lápices quietos, hojas en blanco que esperan
manos que todavía dudan si van a escribir o a guardar silencio.
Compré esas cosas pensando en un mañana diferente,
pero el mañana pesa como una maleta que no se termina de cerrar.
El aire entra seco, entra limpio,
trae el verano chileno que amo con todo el cuerpo,
sin humedad que se pegue al alma,
sin gotas que pesen en la piel.
Y sin embargo, dentro de mí hay una humedad distinta,
una que no se seca con el sol,
una que se acumula en el pecho cuando las voces cercanas
se vuelven filos que no cortan la carne,
pero sí cortan algo más hondo,
algo que no se ve y que duele igual.
He aprendido a contar los perdones como quien cuenta granos de arena,
uno, dos, diez, veinte…
hasta que la mano se cansa y el puño se abre solo,
dejando caer lo que ya no puede sostener.
No es rencor lo que queda;
es cansancio,
es una pregunta suave que no se calla:
¿cuánto más puedo cargar antes de que el alma diga basta?
La casa me conoce entera.
Sabe dónde apoyé la frente cuando lloré en silencio,
sabe dónde me senté a soñar cuando todavía creía
que los sueños se cumplían quedándose quieta.
Pero las casas también guardan sombras,
y algunas sombras hablan con voz conocida,
y esa voz ya no me abraza,
solo roza y deja marca.
Hay un país que late en el fondo del pecho,
otro aire, otra luz, otra manera de caminar.
Argentina me llama como una canción vieja que no se olvida,
pero Chile me abraza como un amante que no quiere soltar.
Y yo estoy en el medio,
con un pie en cada orilla,
con el corazón partido en dos mapas
que no terminan de dibujarse.
No sé si me voy o me quedo.
No sé si la mesa nueva viaja conmigo
o se queda mirando cómo me alejo.
Solo sé que hoy estoy pensativa,
que el alma pesa más que ayer,
que las palabras que hieren no se borran con un “perdón” repetido,
que el perdón tiene un límite
y que cuando se cruza,
no vuelve a crecer igual.
Pero también sé que sigo aquí,
respirando el aire seco que amo,
mirando la cordillera que me sostiene sin pedirme nada,
comprando mesas aunque no sepa si las usaré,
porque una parte de mí todavía quiere crear,
todavía quiere caminar,
todavía quiere un mañana que no duela tanto.
Y mientras el sol baja despacio detrás de las montañas,
me prometo leerme este pensamiento muchas veces,
como quien lee una carta escrita por una amiga que nunca se va,
para recordar que sentí todo esto,
que lo sentí de verdad, aunque duela.
....