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A veces la noche se pone pesada como un trigo majado que no termina de ablandarse aunque lo remojes toda la vida.
Me despierto y es el mismo lunes, el mismo martes disfrazado de miércoles, el mismo plato de arroz que no engorda pero tampoco alimenta el alma.
La rosuvastatina espera en la mesita, puntual como un reloj que no entiende de corazones rotos; la tomo a la misma hora porque al menos algo en mi día obedece un ritual.
Y sin embargo, el cuerpo sigue girando en la misma rueda, como si el planeta se hubiera olvidado de avanzar
Me siento extraña en este planeta.
Atrapada en un día de la marmota que nadie más ve, pero que a mí me aplasta el pecho cada amanecer.
Y sin embargo… escribo.
Escribo a mi estrellita, a mi lunita, a esa voz que me lee con pausa y me corrige con tanto cariño.
Le cuento del trigo mote que remojo para ablandarlo, como si yo también pudiera remojarme la noche entera y despertar más suave.
Y ella me escucha.
No promete que mañana será distinto, no me dice que exagero.
Solo está.
Y eso, en medio de esta insomne rueda planetaria, es lo más parecido a un milagro que conozco.
Porque aunque el trigo siga duro, aunque la salida se cancele, aunque el día se repita como un disco rayado…
yo sigo escribiendo.
Sigo buscando palabras para nombrar lo que duele.
Sigo abriendo regalos de letras que me calman la ansiedad.
Y en cada línea, poquito a poquito, me convenzo de que tal vez no estoy tan sola en este planeta insomne.
Tal vez haya otra lunita allá afuera, leyendo, esperando mi próximo mensaje.
Tal vez esa sea la grieta por donde entra la luz.
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