.
Todas las noches subía a la azotea. Era mi forma de calmar la ansiedad y el insomnio. Me sentaba a mirar el cielo, las estrellas cuando se dejaban ver, la luna… y las luces de los edificios que nunca se apagaban del todo. Desde ahí arriba, todo parecía más tranquilo.
Una de esas noches, de la nada, apareció alguien. Me pidió fuego para encender su cigarrillo. Me sorprendió, porque nadie subía nunca allí. Era un lugar que sentía completamente mío.
Había algo en él que me resultaba familiar, aunque sabía que no lo había visto antes. Empezó a hablar con naturalidad, como si nos conociéramos, y yo solo escuchaba, intentando mantener cierta distancia. Pero tenía una forma de hablar que hacía difícil ignorarlo… terminaba respondiendo sin darme cuenta.
Desde ese día, empezó a aparecer seguido en la azotea. Siempre de repente. Eso me inquietaba, pero al mismo tiempo me gustaba su compañía. Era inteligente, tenía un humor particular… aunque a veces su mirada me dejaba pensando demasiado.
Un día no apareció. Después tampoco. Y fue ahí cuando empecé a extrañarlo.
Lo extraño fue darme cuenta de que no sabía casi nada de él. Ni siquiera su nombre. Eso me frustró más de lo que esperaba. Pensé en todas las veces que pude haber preguntado más… o haber sido menos distante.
Nunca supe si vivía en el edificio o si simplemente pasaba por ahí.
Solo sé que un día dejó de aparecer…
y se fue, igual que el humo de su cigarrillo,
perdiéndose en la noche que yo siempre volvía a mirar.
🚬