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Me gustaban las mañanas claras, las estaciones brillando en su punto exacto, la sensación de un universo vivo moviéndose allá afuera.
Pero algo cambió en mi órbita.
Ahora necesito cielos nublados para atravesar el día. La luz demasiado intensa me pesa sobre el pecho, como si el sol estuviera demasiado cerca de mí últimamente.
Y aun así, le tengo miedo a la oscuridad.
Supongo que esa es la contradicción más rara de todas: esperar la noche mientras una parte de mí todavía le teme.
Pero cuando las ventanas de los edificios empiezan a apagarse una por una y la ciudad baja lentamente su ruido, siento alivio. Como si finalmente dejara de girar tan rápido alrededor de todo.
La madrugada tiene algo que me abraza.
Tal vez sea la luna quieta sobre los edificios.
O las estrellas escondidas detrás de las nubes.
O simplemente el silencio de saber que, por unas horas, nadie espera nada de mí.
A veces me quedo despierta escuchando piano hasta que el sueño finalmente me encuentra. Mis ojos ya no saben cerrarse solos, así que necesito una pequeña ayuda para escapar un rato de mi propia cabeza.
Y en medio de toda esa oscuridad suave, entiendo algo:
Hay planetas que solo pueden respirar lejos del sol.
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