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Las personas hablan sobre perseguir sueños, atreverse, vencer el miedo, dejar huellas en el mundo…
Y aunque entiendo lo que quieren decir, hay noches donde esas palabras me dejan una tristeza difícil de explicar.
Porque entonces me pregunto qué hice yo con mi vida.
Hace más de un año que vivo encerrada entre las paredes de mi casa. Ya casi no hago deporte. Solo salgo para ir al médico y después vuelvo otra vez a mi silencio.
Y lo más extraño es que muchas veces ni siquiera me siento mal estando así.
Pero en algún rincón de mí todavía vive la sensación de que pude haber sido alguien distinta.
Quizá alguien que hablara públicamente sobre todo lo que sobrevivió.
Alguien capaz de ayudar a otras personas atravesando dolores parecidos.
Alguien valiente.
Visible.
En cambio, el miedo siempre terminó cerrándome las puertas antes de cruzarlas.
El pánico escénico.
La ansiedad.
Las ganas de esconderme del mundo.
Y a veces eso me duele profundamente, porque siento que me convertí en una espectadora de mi propia vida mientras los demás seguían avanzando.
Como una estrella que pasó demasiado tiempo observando el universo desde lejos sin atreverse a formar parte de él.
Aunque supongo que incluso las estrellas invisibles siguen existiendo, aunque nadie las mire.
Y quizás por eso todavía escribo.
Porque aunque el miedo me haya quitado muchas versiones posibles de mí misma, todavía necesito dejar pequeñas señales de que estuve aquí, orbitando en silencio bajo este cielo inmenso.
∞
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