∞
Hubo una época en la que la noche dejó de parecerme inocente.
La llegada del atardecer empezaba a generar algo físico dentro de mí. Una tensión, una sensación difícil de explicar, como si mi cuerpo supiera antes que yo que nuevamente se acercaban horas interminables de miedo y agotamiento.
Durante mi adolescencia intentaba dormir, pero cerrar los ojos se sentía peligroso.
Entonces iba a acostarme junto a mi hermana, buscando refugio en la simple presencia de otra persona respirando cerca.
Después llegué a Chile.
Y ahí conocí otra clase de oscuridad.
La de vivir sola mientras el insomnio comenzaba a ocupar cada rincón de la noche.
Porque existe un momento en que el miedo nocturno deja de ser solamente mental y empieza a instalarse en el cuerpo.
Una persona ansiosa, hipervigilante, agotada, que pasa demasiado tiempo esperando con temor la llegada de la noche, termina viviendo el insomnio casi como una amenaza emocional y física.
El cansancio altera la percepción. Las sombras parecen moverse. Los ruidos se amplifican. Y la mente deja de sentirse un lugar seguro cuando todo queda en silencio.
Mientras tanto, afuera el cielo continuaba intacto, lleno de estrellas indiferentes a mi batalla contra el sueño.
Recuerdo mirar el techo durante horas deseando simplemente poder dormir como cualquier otra persona.
Pero mi cuerpo permanecía alerta, como si algo terrible pudiera ocurrir apenas cerrara los ojos.
Y en medio de aquellas madrugadas interminables, la luna avanzaba lentamente detrás de la ventana, como un planeta distante observando en silencio mi cansancio.
El viento nocturno atravesaba la habitación, el mundo dormía, y yo seguía despierta intentando sobrevivir otra vez a la oscuridad.
Creo que por eso mi relación con la noche nunca volvió a ser normal.
Porque sobrevivir demasiadas madrugadas despierta cambia para siempre la manera en que una persona habita el cielo, las estrellas y el silencio.
∞