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I still loving you

UNO

KADEN

Camino apresuradamente por el aeropuerto hasta la puerta de embarque. La voz del altoparlante indica que es el último aviso para abordar el avión, específicamente de mi vuelo.
Rayos, no llegaré—me digo mentalmente—, qué sí lo harás—me regaño.

Si la maleta no pesara tanto, ya estaría sentada a bordo. Vislumbro a una asistente de vuelo en el fondo del pasillo y mi corazón salta de alivio. Dios... retrasarme sería un desastre, para mi carrera y para la revista en donde trabajo.
Necesito llegar a tiempo, ya que soy jefa de la sección de entrevistas en Twenty, la revista, y estamos a dos días de cerrar la edición del mes.
La semana pasada la escritora asignada a esta edición rechazó el encuentro con mi compañera porque tuvo que ser internada para tener a su bebé. Por tanto, Rox, mi jefa, lamentó interrumpir mis vacaciones, pero dijo textual «tendrás que volver y hacer esa entrevista, Dorcy agarró un resfrío y apenas puede hablar».
¿Qué podía hacer?, tuve que aceptar.

...

Apenas toco el asiento del incómodo avión, cierro los ojos. Casi olvido que estos viajes se me dan terrible.
Los días en casa de mis padres fueron estupendos. Echaba de menos las tardes libres, poder tomar té en la terraza y no preocuparme de nada más que descansar.

A pesar de amar vivir en la ciudad, para gozar del Internet y de las comodidades que la vida urbana provee, también amo el pueblo donde me crié. Todo queda cerca y todos se conocen. Hay un colegio y para ir a la universidad obligadamente debes mudarte a otra ciudad.
Así pasó conmigo hace algunos años. Aunque preferí ir más allá de cambiarme de ciudad, pues me mudé a otro continente. Cuando terminé mis estudios del colegio, postulé para una beca en Nueva York. Fue difícil conseguirla, pero me esforcé muchísimo. Pasaba tardes enteras leyendo textos complicados, memorizando fórmulas, todo para ingresar y conseguir una beca. Quería salir del pueblo en donde había vivido toda mi vida, quería experimentar cosas nuevas, conocer más allá de lo que en 18 años pude.  
«Todo se gana con esfuerzos», me decía mi madre después de un año separadas, cuando ya había concluido mi primer año de universidad. Mis padres siempre me apoyaron en todo, por teléfono sentía el orgullo en sus voces, pero también la tristeza de estar lejos. Sé cuánto ellos trabajaban para darme todo, así que procuré nunca defraudarlos.
Al concluir el segundo año, recién pude comprar un boleto de avión a Londres. Los viajes eran caros en ese entonces, así que no podía derrochar dinero. Cuando me instalé en Nueva York, arrendé un pequeño departamento, con espacio suficiente para mi. Resultó ser mi hogar por los cinco años que estuve en la universidad. Al final lo terminé por comprar.
La ex dueña se llama Eliz, una mujer casada y con 2 hijas. Ella me recibió en el aeropuerto. Fue muy atenta y amable, tanto, que sentí que era mi madre desde la distancia.
Durante los primeros días se encargó de hacerme almuerzo, aunque nunca se lo pedí.
Las cosas fueron difíciles en un comienzo, no lo negaré, pero estaba conforme con los cambios, y decidida a cumplir mis sueños. Solo así logré salir adelante. Mamá me llamaba todos los días, y a pesar de que su apoyo fue incondicional, siempre notaba lo mucho que deseaba tenerme con ella. Las noches de pena y angustia fueron incontables. Los extrañaba, pero también quería quedarme en Nueva York. Era un desafío propio vivir sola, haberme independizado.
Con el tiempo aprendí a cocinar, y Eliz dejó de ir, aunque los domingos me invitaba a su casa.Me hablaba de sus hijas, recuerdo que una estaba en España y se había enamorado y casado con un español. Y la menor aún estaba en el instituto, pero no tardaría en irse. En cierta forma, ella me hacía compañía y yo a ella.  
Los cinco años se pasaron volando. Eliz cada vez fue dándome más responsabilidades sobre el departamento hasta que con la ayuda de mis padres fui juntando dinero para comprarlo.

...

Dejo de pensar en mis padres, porque me entrará la pena y querré volver cuanto antes.
Las horas se me pasan tediosamente. Repaso las preguntas que voy a hacerle al escritor de seudónimo, Rekyl, que no tengo idea porqué se llama así, pero lo averiguaré. Sus libros fueron tan exitosos que se convirtieron en Best Seller. Estudió en la Universidad de Nueva York Literatura Inglesa y se graduó con honores.
«Así que es inteligente».
Guardo las hojas de la información que recopiló mi compañera y duermo una siesta, más larga de la que planeaba.

Ya voy a bajar del avión, Sutt. Iré a casa a darme una ducha y cambiarme de ropa. La entrevista es en dos horas.

Pulso enviar al mensaje y luego agarrar mi bolso de mano para bajarme del avión.


Sutt. Nuestra relación fue magnífica durante los primeros dos años, cuando lo conocí. A los tres años juntos, ambos nos graduamos y me mudé a su departamento, después de haberse deshecho en pedírmelo. Sentía que era muy apresurado vivir juntos, pero accedí. La soledad ya no era la mejor compañía.
Han pasado dos años desde ese día y sinceramente no sé qué nos comenzó a ocurrir.
En casi un mes, apenas nos hemos contactado. Él se tuvo que quedar por su trabajo, por lo que yo tomé mis vacaciones y me fui a Londres. En el fondo de mi corazón, sé que aunque él hubiese podido tomarse una vacaciones, tampoco habría querido pasar ese tiempo en casa de mis padres. Hemos discutido demasiado acerca de eso, por lo que ahora solo le informo que viajaré, me rehúso a que me rechace una vez más. Eso sería un puñal en mi corazón.
Esperaba que todo el tiempo lejos nos porque.antes de irme, me prometió que cuando volviera arreglaríamos todo para casarnos.
Cargué el anillo en mi dedo anular por un tiempo, pero antes de entrar a la casa de mis padres, me lo saqué. Ahora mismo siento que fue lo correcto.
Siempre he pensado que él es el indicado, pero recientemente su comportamiento ha hecho que piense lo contrario. Quizás estoy siendo un poco exagerada, pero algo definitivamente cambió desde que nos dijimos adiós la última vez.
Tomo un taxi apenas salgo del atiborrado aeropuerto y me dirijo al departamento. Una vez dentro, corro a la ducha y consigo mitigar el cansancio. Contrario a otras personas, las duchas me dan animo. Lavo bien mi cabello y mis dientes.
Dios... ya me puse nerviosa. No sé porqué, he hecho esto tantas veces. Es solo un estúpido presentimiento.

Busco ropa adecuada en mi closet y me visto. Escojo una falda negra ajustada y una blusa blanca. Me pongo unos tacones y un abrigo negro encima. El frío poco a poco está llegando, así que prefiero andar abrigada antes que pasar malos ratos.

Salgo de casa corriendo. Saco mi auto del estacionamiento y me dirijo a la revista. Me quedan 30 minutos. El tráfico, al menos, no hace que quiera bajarme y salir corriendo por las calles, así que llego justo a 10 minutos antes de que mi jefa comience a llamarme.

Dorcy, mi amiga y compañera me recibe.

—Ya está todo listo, sólo debes entrar—dice con apenas algo de voz. Está afónica. Me indica la sala que conozco de memoria.

—Tuve un viaje estupendo que ni te cuento. Dormí durante todo el viaje.

—Ya ya, muy graciosa. Ve y no te vuelvas loca, está guapísimo—replica, arreglándome el cabello castaño claro, que es un severo revoltijo. Bufo por el comentario típico de ella y me río de como habla. Termina por sonreír.

—No salgas de ahí entonces, que me pongo nerviosa—balbuceo, después de que me arregla la maraña que tengo de pelo.
—Ni te has maquillado—me recrimina.

—No hay tiempo.

—No importa, estás hermosa. Respira, que todo saldrá bien.

—Gracias amiga.

—Señoritas, las esperamos—anuncia Reig, el encargado de las fotografías y la iluminación. Supongo que ya le tomaron las fotos al escritor para la edición y todo.

—Suerte—es lo último que escucho de Dorcy, mientras camino a pasos rápidos a mi oficina.
Dejo mi bolso sobre el escritorio y me saco el abrigo. Solo llevo en mis manos las cosas esenciales. Mi libreta, un lápiz y mi celular. Entro en la sala de Entrevistas y me dirijo a mi puesto.
Observo al tipo. Está de espaldas, así que solo noto su cabello negro como el carbón. Me acerco y lo saludo, extendiendo mi mano como tantas veces he hecho.

—Buenos días, señor, un gusto—digo, poniéndome frente a él. Sus ojos me recorren entera hasta dar con mis ojos. Me quedo en piedra. Agarra mi mano después de estar bastante esperando, y me da un apretón gentil. Quito mi mano casi bruscamente, casi de arrebato.

—Buenos días, soy Lyker Saveg—me responde, atónito igual que yo. Su mirada se detiene en mis labios, que me los humedezco.

—Soy Kaden Dolff, periodista de Twenty—apenas me sale un siseo.
Me dirijo a mi puesto, con el corazón casi desbordándose de la emoción.
Estamos a unos tres metros, así que al menos no puede notar el rubor que me cubre la cara. Nunca me ha costado tanto empezar a entrevistar, pero esta vez, es diferente. Estos minutos quedarán en mis recuerdos por siempre. Sus ojos azules me miran, verificando nuevamente que soy yo. Sus labios se aprietan y baja su mirada. Creo ver el inicio de una sonrisa surcar la comisura de sus labios, pero la oculta antes de formularla del todo.

Él no es un simple escritor que necesita más reconocimiento, él es mi amigo de la infancia. Él fue mi todo, hasta que desapareció de mi vida cuando tenía 13 años, exactamente hace 12 años.
Respiro hondo, y empiezo. «Será una larga mañana».



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En el texto hay: romance, romance adulto, periodismo

Editado: 30.09.2018

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