I. Sydney | Homeless

| capítulo uno; una banda |

Wheatus — Teenage Dirtbag

2011, noviembre | australia, sydney

VANNA

Caminaba por los pasillos de la escuela con los auriculares puestos, la música muy fuerte y la mirada en el piso. Enzo, mi hermano, caminaba junto a mí, pero con otra visión de la situación que poco se parecía a lo que yo comentaría cuando mi padre me preguntara: "¿Cómo estuvo la escuela hoy?"

Vi a mi hermano saludar a muchas personas mientras cruzábamos el hall principal y subíamos las escaleras hacia el primer piso. Ethan Greene lo estaba esperando en la entrada al pasillo, con el mismo uniforme de deportista lindo, que sabe que es atractivo, que mi hermano usaba.

Hicieron ese saludo a medias que los varones suelen hacer entre ellos, y comenzó a caminar con nosotros.

—¿Cómo estás luego del entrenamiento de ayer? —preguntó Ethan, sonriendo a medias a mi hermano.

—Destruido —suspiró Enzo—, pero es lo que hay. Si no nos exigen, dudo que lleguemos muy lejos.

—¿Le preguntaste a tu hermano sobre esa jugada que hicieron el otro día contra el United? Fue increíble.

—Sí, estuvimos hablando mucho de eso.

—¿Irás a verlo a Ámsterdam este año?

—No lo sé, creo que no. Estamos a poco más de un año para ingresar a la universidad; creo que es hora de centrarse un poco más en lo serio y empezar a dejar de lado la idea de que pasaré el resto de mi vida pateando una pelota y golpeando tambores en mis tiempos libres.

Ethan y Enzo rieron, pero a mí su comentario sonso no me hizo ninguna gracia. Carraspeé mientras me alejaba los audífonos de los oídos.

—¡Hola, Vanna! —saludó Ethan, contento. Tomó el brazo de mi hermano y de un tirón quedó en medio de Enzo y yo—. Estás muy linda hoy.

Le di una sonrisa desganada, mientras seguía caminando, en silencio.

—¿Saldrás conmigo hoy?

—Cada que me ves, me preguntas lo mismo. Cada que me preguntas, te digo que no.

—¿Y mañana?

—Tampoco.

—¿Y el fin de semana?

—Menos que menos.

—¿Qué harás el fin de semana?

—Fumar marihuana en el asiento de atrás de un auto de mala muerte, escribiendo poesía deprimente —respondió Enzo.

Ambos rieron, pero para mí no fue gracioso. Rodeé los ojos y seguí caminando, en silencio.

—Vamos, Vanna, fue un chiste. Debes aprender a divertirte. —Ethan pasó su brazo por mis hombros y me atrajo un poco hacia él.

Ya estaba acostumbrada a que tuviera esa clase de comportamiento. Él decía una y otra vez, frente a quien quisiera oírlo, que estaba enamorado de la hermana del capitán, y que algún día yo aceptaría ser su novia, porque yo era perfecta para él: una chica tranquila con sueños grandes que lo acompañaría en su carrera deportiva.

Y claro, como era un payaso que vivía por y para la atención ajena, amaba hacer cosas como abrazarme en público, o darme besos en la mejilla, o decirme comentarios en voz alta que me harían sonrojar. Y claro, amaba las risas de sus compañeros y las caras de odio de mi hermano. Y yo odiaba las risitas burlonas de los demás. Porque claro: ¿en la cabeza de quién una marginada como yo estaría con alguien que fuera como mis hermanos? Nadie.

—¿Te puedo acompañar a tu primera clase, Vanna? —sonrió, mirándome.

—Ya sabes la respuesta a eso —dije tajantemente, mientras sacaba su brazo de encima de mis hombros.

—No me cansaré de intentar. Algún día dirás que sí. Te veo luego, Enzo. Y si ves a Cam, dile que tiene que practicar más los penales.

Ethan y mi hermano chocaron puños. Ethan se alejó de nosotros, que nos frenamos frente a mi casillero.

Enzo y yo éramos gemelos. Teníamos la misma edad. Exactamente la misma edad. Y de alguna forma, él insistía en acompañarme hasta mi casillero todos los días, como si algo pudiera pasarme en el camino desde el auto de mi papá hasta mi primera clase. O como si algún desconocido pudiera hablarme en ese tramo que no duraba más de cinco minutos. Cinco.

Si me acompañás todos los días, todos asumen que no sé cuidarme sola. —Afirmé.

No me importa. Sos mi hermana, y si te tengo que avergonzar haciéndole creer a los demás que no podés cuidarte sola, lo voy a hacer.

A vos te da gracia. Para mí no es divertido.

¿Y yo qué con eso?

Le golpeé el hombro. Él rió y se recostó sobre el casillero a mi derecha.

A veces era medio frustrante que, encima de ser medio marginada, y la clase de chica que no puede socializar mucho porque no le sale y la mayoría de la gente me parece idiota, tuviera un hermano que se asegurara de que eso realmente no pasara.

—¡Hola, mis hermanitos favoritos! —bromeó Mason, acercándose con una sonrisa de oreja a oreja.

Se saludó con Enzo y, cuando iba a saludarme a mí, vio mi cara de “no quiero que me toques”.




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