I. Sydney | Homeless

| capítulo dos; una oportunidad |

The Police — Every Breath You Take

2011, noviembre | australia, sydney

VANNA;

—¿Qué hiciste?

—Deberías estar en la escuela.

—Salimos hace dos horas.

—¿No deberías estar en casa o con tus amigos?

—¿Por qué lo hiciste?

—No te irás, ¿cierto?

—Dime tú.

Henry suspiró y me miró desde el otro lado de su despacho.

—Siéntate.

No tuvo que decírmelo dos veces.

—¿Por qué? —pregunté, cruzando los brazos—. Es lo único que quiero saber.

Henry suspiró nuevamente y cebó tranquilamente el mate que tenía a su derecha.

—¿Quieres? —me preguntó.

—Sí.

Me pasó el mate de madera.

—¿Puedes sonreírme, por favor? Me gusta mucho verte feliz.

—No eres mi persona favorita en este momento —admití, agarrando la madera calentita.

—Tú eres mi persona favorita en cualquier momento, ¿sabías?

No respondí nada y tomé el primer sorbito del mate caliente.

—No has respondido mi pregunta.

—Eres obstinada.

Lo miré, en silencio.

Henry Grant era genial. Fue la única persona que le dio una mano a mi mamá cuándo, en el 2001, huyendo de la crisis económica de mi país, llegamos a Australia. Enzo y yo no teníamos más de cinco o seis años.

Hacía más de siete años que Henry y mi mamá estaban juntos; yo no tenía otra figura paterna en mi vida. Mi padre biológico, Marco Giordano, nos abandonó al año de haber llegado a Australia, cuándo conoció a otra chica más joven y sin hijos. Y Henry se hizo cargo de cinco personitas que no eran su responsabilidad: nos llevó a la escuela, nos festejó los cumpleaños cuándo mi mamá no podía costear ni una torta, nos enseñó a andar en bicicleta, nos regaló un perro. Me abrazó las noches que no podía dormir, me ayudó cuándo se me cayeron los dientes, y me compró ropa holgada cuándo mi cuerpo comenzó a cambiar y yo no quería ir a la escuela.

Era un ser humano cálido y encantador, la que necesita una niña en su vida; un poco torpe a veces, eso sí, pero siempre ahí. Aunque tenía una complexión algo robusta y un rostro que podía parecer serio a primera vista, tenía una voz suave y reconfortante que parecía estar diseñada para hacerte sentir que estás bien y eres amada.

Tenía ojos llenos de empatía y humor, y la costumbre de torcer la cabeza al escucharte hablar, haciéndote sentir que realmente le importaba lo que fuera que le estuvieras diciendo.

—Vanna, ¿quién crees que convenció a Tina para que hiciera de Dorothy en esa obra? ¿O quién crees que le dijo a tu madre que debía dejarla ir a esa escuela? ¿Quién crees que le dijo a Juanchi que debía tomar ese avión e ir a Ámsterdam a probarse? ¿Quién crees que le dijo a Gigi que esa beca iba a ser su primera gran oportunidad de crecer?

—Conmigo no es así —justifiqué.

—¿Por qué? ¿Por qué no puede ser así?

—Porque… porque… porque yo no puedo darme ese lujo.

—¿Te has escuchado cantar?

—Sí, pero…

—¿Has leído lo que escribes?

—Sí, pero…

—¿Qué te hace creer que tú no puedes?

No respondí.

—¿Mamá?

—Enzo y yo somos la última oportunidad que tiene de que alguno de nosotros haga el plan que armó para nuestras vidas. Todos se fueron y… y… nosotros dos seguimos aquí. Podemos hacerla feliz.

—Te diré lo mismo que le dije a tu hermana la noche que se fue a Londres: la felicidad de tu madre no es tu responsabilidad. Tienes derecho a hacer lo que a ti te haga feliz.

Negué con la cabeza.

—No. Esa banda es… esa banda no tiene sentido. Es una fantasía de un grupo de niños a los que les gustaba mucho la música.

Henry no dijo nada por unos momentos. Nos quedamos en silencio, en el que me miró casi con ternura.

—Haremos una cosa —sentenció —. Tocarán este fin de semana en el hotel…

—No lo haré.

—No te pregunté —me señaló con el índice—. Te castigaré si no lo hacés.

—Y mamá me castigará si lo hago.

—No. Convenceré a tu madre de ir a ver los últimos partidos de Juanchi a Ámsterdam antes de que vuelva a Sídney con Gigi por las fiestas. Así podrás tocar este fin de semana.

—Pero… pero…

—¿Pero? —levantó una ceja. Sabía bien que yo no tenía una excusa válida.

—No tenemos baterista —me atajé—. Qué pena, tenía unas ganas de cantar.

Henry rió, mientras tomaba las llaves de la camioneta.

—Creo que Enzo dijo que él si quería ser parte.




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