The Police — Every Breath You Take
2011, diciembre | australia, sydney
Vanna;
Veía los autos pasar frente a mi calle, pero ninguno frenaba. Tenía las manos apoyadas sobre el marco de la ventana y Puerca, mi perra, estaba sentada junto a mí.
—Que mires tanto no harán que vengan más rápido —comentó mi mamá a mis espaldas.
—No me importa.
Era la segunda semana de diciembre, y eso significaba tres cosas: el final de las clases, el comienzo del verano, y el regreso de mis hermanos a casa por las fiestas y el cumpleaños de Henry.
Lo que más me entusiasmaba era el regreso de Gusti. Desde Julio que no lo veía, cuándo Enzo y yo viajamos unos días a Ámsterdam para visitarlo.
Sentía que la espera se hacía eterna. Y cuándo ví que la hora a la que supuestamente debían estar ya en casa se había pasado un par de minutos, comencé a preocuparme. Millones de ideas pasaron por mi cabeza, aunque todas igual de improbables, claro.
Cuándo ya caminaba de un lado al otro, escuché el auto estacionarse en la entrada al garage. Dí un par de saltitos, abrí la puerta de un solo tirón y corrí afuera, mientras Puerca ladraba y saltaba.
Mi hermano, Augusto, salió del asiento de atrás antes de que Henry apagara el motor. Salté a sus brazos mientras escuchaba a Gigi decir:
—Para la mayor nada, como siempre…
Gusti rió mientras plantaba un beso en mi cabeza cuándo mis pies tocaron el suelo de nuevo.
—¿Ahora cuanto? —me miró con atención, tomando mis hombros.
—Un metro y sesenta y seis —respondí, orgullosa.
—Dos centímetros más que la última vez…
—Cinco meses desde julio.
—¿Novio?
—Nada.
Me miró orgulloso y volvió a abrazarme, mientras yo me reía.
Gusti era maravilloso. Era tranquilo, determinante, súper dedicado a lo que amaba. No llamaba la atención, le gustaba pasar desapercibido la mayor parte del tiempo. Era de los que hablaban poco, pero cuando lo hacía, todos escuchaban.
Su cabello era rubio, casi como Enzo. Gigi, Caro y yo éramos las castañas, aunque sus colores eran un poco más oscuros que el mío.
Gusti era alto, delgado pero fuerte, con la espalda recta y las manos grandes. Vestía simple, todo el tiempo. No le gustaba ostentar, y tampoco le gustaba que todo el mundo supiera lo que pasaba en su vida.
Tenía solo veinte años, pero a veces se sentía como si hubiera vivido mucho más. Para mí era como alguien que se había ido a buscar algo del otro lado del mundo, pero seguía sabiendo exactamente de dónde venía.
Era el hermano que te hacía reír sin esfuerzo, que te defendía sin ruido, que te escuchaba incluso cuando no sabías cómo explicar lo que te pasaba por la cabeza. Pero cuándo se enojaba, lo mejor era correr para el otro lado, porque llegaba a dar miedo.
Y Gigi… Gigi era todo lo que podrías esperar de alguien que parecía tener su vida perfectamente en orden y, al mismo tiempo, tan accesible como una hermana mayor que nunca deja de cuidar de ti.
Su cabello tenía ondas que parecían hechas para captar la luz del atardecer. Su rostro, delicado pero lleno de carácter, tenía esos rasgos que podías admirar sin cansarte: una mandíbula definida, una nariz elegante y esos labios que siempre parecían a punto de esbozar una sonrisa genuina, o que estaban a punto de decir algo complicado de entender. Porque la parte más fascinante de Gigi, era su maldito cerebro.
Sus ojos; grandes, marrones y expresivos, que siempre llevaban gafas, como dos ventanas abiertas hacia un alma cálida e inteligente. Siempre había algo en su mirada que te hacía sentir importante, como si cada palabra que dijeras valiera la pena, aunque usaras el sinónimo estúpido.
Era todo lo que uno quisiera ser en la vida. Y si no era perfecta, le pegaba en el palo.
Mason me pasó el cigarro a medio terminar, y yo le di una calada profunda. Gusti apretó los labios y me miró casi molesto, pero evitó decir nada. Sabía que el sermón lo escucharía cuándo nos fuéramos a acostar. Enzo, en silencio, le lanzaba la pelota a Puerca, que corría con ganas, de ida y de regreso.
—¿Por qué le contaste a Gigi? —me quejé, balanceando los pies dentro del agua de la pileta.
—Porque no puedes esconder el secreto para siempre —aseguró Enzo, sin mirarme —. Y no puedes obligarme a mí a esconderlo para siempre.
—Pero yo le tenía que contar.
—No importa, mamá no lo sabrá de todas formas.
Volví a resoplar.
—¿Por qué pelean ahora? —preguntó Mason a Gusti, encogiendo los pies.
—Gigi está organizando una noche de pizza libre en el hotel de mi papá, y quiere que ustedes toquen —explicó Gusti, recostado sobre uno de los silloncitos junto a la pileta.
Mason soltó una risa burlista, mirándome.
—¿Nosotros? ¿Tocar en un hotel? —preguntó, como si hubiera entendido mal.