Sleeping At Last — Turning Page
2011, diciembre | australia, hyams beach
Vanna;
—¿Qué? —pregunté cuando Enzo habló de nuevo, detrás mío.
—Que tengo un pedo atravesado que no puedo lograr que salga —respondió, muy serio.
—¿Ah?
Escuché reír a Liam, con las manos en el volante.
Afuera, la ruta se extendía interminable, y el sol de la mañana empezaba a salir. La camioneta negra de mi padrastro iba unos metros adelante, con el equipaje en la caja trasera y mi madre seguramente dando indicaciones sobre la mejor forma de doblar las servilletas del almuerzo.
—Que creo que hemos hecho una buena elección —aclaró mi hermano de nuevo, asomando la cabeza entre los asientos.
—¿Con la canción? —pregunté.
—¿Con qué más? —replicó, levantando apenas una ceja.
—Bueno, no lo sé… he tomado muchas decisiones estos últimos días —murmuré, mirando por la ventana.
Los árboles pasaban en líneas verdes y borrosas.
—Espero que una de esas decisiones no sea esa camiseta, Vanna.
Lo miré.
—¿Qué?
—Que te queda horrible. Debes cambiarte apenas lleguemos.
—Ay, muérete, Lorenzo.
Liam soltó una carcajada breve y golpeó el volante con los dedos, siguiendo el ritmo de una canción que sonaba bajito en la radio, una de esas viejas de The Fray que le gustaba escuchar de fondo. Liam siempre me decía que había dos tipos de canciones: las que uno pone de fondo, y las que uno pone para escuchar.
Era tradición de los Hawthorne y los Borelli pasar Año Nuevo juntos. Mi hermana, Caro, y mi cuñado, Luke, habían vuelto a Australia para esa fecha particularmente. Y Luke tuvo la idea de alquilar una casona enorme con camino privado a Hyams Beach, a unos kilómetros de Sídney.
Pero solo nosotros tres, dentro de aquel auto, conocíamos el doble sentido de aquel viaje: el día que mi hermana y su novio llegaron a la ciudad, Liam apareció junto a mi casa a las dos de la mañana, tirando piedras cual cliché adolescente de película vieja.
Al principio pensé que era una broma, pero cuando abrí la cortina y lo vi abajo, con esa sonrisa culpable y un abrigo sobre la remera, supe que no lo era. Junto a él estaba Enzo, y los dos me hacían señas para que fuera con ellos. Me pidieron que saliera, que los acompañara a caminar.
Y cuándo salté al jardín y no produje ni un solo ruido, como un gato, ví a Luke apoyado en el auto encendido en la calle. Con su aire australiano-californiano, me sonreía con las manos en los bolsillos de su jean gastado, con su camiseta negra, su cabello más o menos largo, rubio, como todos en su familia, y con el mismo tono de ojos azules de Liam.
Pero no, a mí me gustaban más los ojos de Liam. Eran diferentes.
—No me digas que ya has saltado de ahí antes —bromeó —. Casi que no me doy cuenta.
Reí y lo abracé.
—¿Qué planean hacer conmigo? ¿Secuestrarme y matarme? —bromeé, mientras me acomodaba en el asiento de atrás, junto a Luke.
Enzo y Liam venían delante.
—Si, tiraremos tu cadáver en la Reserva Wright —respondió Liam, saliendo de mi calle.
Luke no dijo nada mientras metía la mano a su bolsillo y sacaba una pequeña caja roja que tenía el logo de Cartier. Me la dió casi como si fuera sagrada.
La abrí con cuidado, y chillé al ver el anillo que brillaba en medio: cuadrado, plateado, con un diamante gigante en medio y muchos diamantes pequeños alrededor.
—¡Mentira! —exclamé, golpeándole el hombro.
—Créelo, porque he pagado tres millones y medio de dólares en ese anillo.
—¡¿QUÉ HAS PAGADO CUANTO?!
—Sí. El diamante principal tiene ocho quilates. Oro blanco, alta claridad, y fue creado especialmente para ella. Lo mandé a hacer hace un tiempo ya, estuvo listo la semana pasada —Luke lo dijo como si leyera una lista de compras, sonriendo ante mi reacción.
Me apoyé contra el asiento con la respiración cortada. El mundo se volvió un poco más lento, como si una cámara hubiera bajado la velocidad para captar cada pequeña chispa que escapaba del anillo. Lo abracé con las dos manos como si fuera frágil y, de repente, absurdamente real.
—¿Tres millones y medio de dólares? —repetí, para asegurarme de que no me había inventado la cifra.
—Sí —Luke intentó sonar despreocupado. Se dejó caer sobre el asiento.
Se hizo un silencio.
Me imaginé a Caro abriendo la caja, sus ojos grandes, la risa ahogada, las manos buscando a Luke como si fuera una boya; y me vino un calorcito hermoso.
—Estás loco —dije finalmente, entre una carcajada que no terminó de serlo.
—Hay que serlo para planear algo así y mantenerlo en secreto —murmuró Luke —. Además, ella lo merece. Me dolió gastar ese dineral en un anillo, pero es para ella, asi que no me importa tanto en realidad.