I. Sydney | Homeless

| capítulo cinco; el baile de bienvenida |

Katy Perry — Teenage Dream

2012, marzo | australia, sydney

Vanna;

Dejé mi bandeja sobre la mesa mientras escuchaba a Cam y Mason discutir. Cuando me acomodé mejor en el asiento y pude prestar atención, vi a Enzo y a Liam reírse de algo que Mason decía efusivamente, y vi a Enzo inclinarse para susurrarle algo al oído que lo hizo reír un poco más.

Ese verano fue distinto. Con el aumento de los ensayos a casi cinco días por semana, los chicos y yo nos veíamos todos los días en casa de la abuela de Mason, que amaba alimentarnos y reírse de lo que decíamos. El garage se había convertido en nuestro refugio: un caos de cables enredados, vasos de plástico con restos de gaseosa, ventiladores que no servían de mucho y una pizarra con letras a medio escribir.

Tocamos en un par de eventos locales no muy grandes, y otro par de noches en los diferentes hoteles que nos llamaban, todo a escondidas. A veces nos armaban un pequeño escenario en la terraza, otras, simplemente movían unas mesas y nos enchufábamos como podíamos. El público era pequeño. Algunos iban a comer, otros se quedaban a escucharnos, y había algo especial en ver a desconocidos tarareando nuestras canciones entre plato y plato.

A veces tocábamos en Quakers Hill, a veces en Dean Park o en Kellyville Ridge. Eran barrios distintos, con públicos distintos, pero la sensación era siempre la misma: una mezcla entre nervios, adrenalina y una felicidad casi infantil. Mason siempre decía que esos shows eran “nuestros ensayos con aplausos”, y tenía razón. No ganábamos mucho, pero cada presentación nos acercaba un poco más a lo que queríamos ser.

Recuerdo especialmente una noche en Dean Park. El cielo estaba tan despejado que se veía la luna reflejándose en los parabrisas de los autos estacionados. Cam había llevado una lámpara vieja de su casa “para mejorar la estética poeta”, pero lo único que hizo fue llenar el escenario de mosquitos. Enzo se quejó todo el show, Liam olvidó la letra de Kids in Love, de Mayday Parade, y Mason rompió una cuerda en la tercera canción. Y aun así, cuando terminamos, la gente aplaudió como si fuéramos una banda enorme, como si lo hubiésemos hecho perfecto.

Esa fue la magia de ese verano: nada salía exactamente como lo planeábamos, pero todo parecía tener sentido igual. Éramos jóvenes, torpes y entusiastas. Nos peleábamos por tonterías, nos reíamos hasta el cansancio, soñábamos demasiado alto y demasiado rápido. Y en medio de todo ese desorden, sin darnos cuenta, nos estábamos convirtiendo en una banda de verdad.

—¿Qué les pasa? —pregunté, masticando una papita de paquete.

—Mason quiere tomar la decisión más idiota del mundo.

—Cállate, Enzo, por el amor de Dios.

—¡Por eso nadie nos toma en serio!

—¡Oye! Hay mucha gente que nos toma en serio —afirmé.

—Si, claro —Liam rodó los ojos —. Como tu mamá.

—Ey.

—Lo siento, es la verdad.

—¿Qué decisión?

—Mason quiere aceptar tocar en el baile de bienvenida.

—¿Qué? —casi me atraganté —¿Dónde?

—En el baile de la escuela —dijo Mason, apoyando los codos en la mesa—. El profe del taller me preguntó si nos gustaba la idea de tocar el próximo fin de semana, porque alguien del consejo nos escuchó tocar en el restaurante de su papá el sábado pasado. Dice que quieren una banda antes que un DJ.

—Traducción: alguien barato —bufó Cam.

Mason rodó los ojos.

—No todo se trata de dinero, Cámeron. ¡Es una oportunidad! Imaginate, un escenario, luces, gente del colegio, hasta los del equipo de fútbol.

—No es el mejor argumento que puedes usar —replicó—. Enzo y yo entrenamos con ellos todos los días. Se burlan a veces, y se van a reír de nosotros si se nos rompe una cuerda o si desafinamos.

—Se te rompe una cuerda cada show, Cam —dijo Enzo, riéndose

—Y a tí se te olvidan las letras —disparé al instante.

—Una vez —Enzo levantó el dedo, ofendido—. Una sola vez.

Liam los miraba divertido, moviendo apenas la cabeza.

—Yo digo que lo hagamos —intervino con calma—. Si sale bien, capaz terminamos tocando en todos los eventos del colegio.

—Y si sale mal, dejaremos de ser “Los poetas del asiento de atrás”, y seremos “Los podridos del baúl de atrás” —dijo Cam, sarcástico.

Yo solté una risita, mordiéndome otra papita.

—Bueno, tampoco es el fin del mundo —dije, encogiéndome de hombros—. Nadie nos va a expulsar por tocar un par de canciones mal.

—¿Estás segura? —arquearon las cejas Liam y Cam al mismo tiempo.

—Sí —contesté—. Y si algo sale mal, siempre podemos culpar a la mala calidad del sonido de esta escuela.

Mason aprovechó la oportunidad y me lanzó una mirada cómplice.

—¿Ven? Vanna entiende. Esto es lo que necesitamos: más shows, más práctica, más gente que nos escuche.

Enzo asintió con una media sonrisa.




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