I. Sydney | Homeless

| capítulo siete; un idiota no tan idiota |

Lit — My Own Worst Enemy

2012, marzo | australia, sydney

Vanna;

Me puse perfume mientras escuchaba las miles razones que Mason me daba para intentar que yo no saliera con Ethan Greene. Claro que yo le habría dado la razón en cada una de ellas, pero la realidad era que no lo hacía porque me gustara Ethan, lo hacía por Cam. Si no, jamás habría aceptado. Ni en un millón de años, ni con millones de dólares en juego.

Esa es la excusa que yo me decía a mí misma mientras acomodaba mi cabello y mi maquillaje apenas notable: lo estaba haciendo por Cam, no por mí.

Cuándo Mason se dió cuenta de que yo saldría de una forma u otra con Ethan, resopló y se dejó caer sobre mi cama.

—Sí sabes que estoy tratando de salvarte, ¿cierto? —preguntó.

Reí apenas.

—Esto es mucho más grande que nosotros —afirmé.

Mason rió y me respondió:

—Claramente. No entiendo como le has dicho que sí.

—Ni yo.

—Sí tú le has dicho que sí a Ethan Greene, estoy segurísimo que Caro abandonará a Luke y se casará conmigo.

No pude evitar reírme burlonamente.

—Quisieras.

—Oye, eso fue grosero.

—Bien, dime que piensas.

Me dí media vuelta, y dejé que Mason me juzgara en paz. Luego del sermón enorme que Caro me había dado sobre mi apariencia, comencé a cuidar un poco más como me veía. Ahora me maquillaba un poco para ir a la escuela, y mi uniforme estaba siempre planchado y limpio.

Mi armario dejó de parecer un chiquero, y ahora estaba todo ordenado por tamaño, tipo de prenda y color. Ahora olía a perfume de la ropa y dignidad.

Mason se incorporó lentamente, con una ceja arqueada y una expresión que mezclaba sorpresa y diversión.

—Vanna Borelli —dijo, cruzándose de brazos—, ¿y esta nueva era de tu vida cuándo empezó?

Rodé los ojos.

—¿Qué pasa? —pregunté, girando un poco para mirarme en el espejo de cuerpo entero.

Tenía puesta una camisa de franela verde y azul, abierta sobre un top negro recortado que apenas dejaba ver un poco de piel entre la tela y el borde del short de jean de cintura alta, gastado en las puntas y doblado con cuidado. Las medias negras subían por mis piernas hasta perderse debajo del denim, y luego mis borcegos.

Mason chistó con la lengua.

—No sé si estás yendo a una cita o a audicionar para una banda de punk.

—Tal vez las dos —contesté, ajustándome la manga de la camisa.

Él sonrió.

—Definitivamente Caro te corrompió. No te voy a mentir, te ves bien. Demasiado bien para Ethan Greene.

—No digas eso, me vas a hacer dudar —murmuré, buscando mis llaves sobre el escritorio.

—Si no dudas, no eres tú.

Lo miré por el reflejo del espejo; él seguía con esa sonrisa medio burlona, medio protectora.

—En serio, Nana —agregó con un tono más suave—, ten cuidado, ¿quieres?

—No te preocupes.

Abrí la puerta de mi cuarto.

—¿Irás con Enzo?

—En un rato —aseguró —. Luego de ver que CDs puedo llevarme.

—¡Ninguno! —le apunté con el dedo.

—¿Por qué? —Mason se llevó la mano al pecho, ofendido.

—¡Porque nunca los devuelves!

—Vete, se te hace tarde.

—No cambies el tema, Charles.

—¡Adiós, adiós!

Me reí, mientras cerraba la puerta de mi habitación detrás de mí. Era sábado, Enzo había salido a no recuerdo dónde, mi mamá y mi padrastro trabajaban, y mi momento de casa sola había sido interrumpido por Mason y su presencia, que invadían mi casa como si fuera de él. Aunque, siendo justos, a mi también me encantaba invadir la suya. Había días donde yo dormía la siesta con su madre, o había veces dónde Mason se iba fines de semana enteros a casa de su abuela, y yo cenaba con su mamá, o jugábamos juegos, o veíamos películas.

Cuándo era más pequeña, y mis hermanos vivían en mi casa aún, a veces nos íbamos con Karen y cocinábamos pasteles, o limpiábamos la casa con ella, o le ayudábamos en el invernadero. Mis padres siempre trabajaron muy duro para darnos una buena vida, y Karen, que era tan compañera como Mason, se aseguraba de cuidarnos por que mi mamá no podía.

Hbaía días dónde era lindo ponerse a recordar las épocas dónde éramos niños, y ningún problema idiota nos asfixiaba. Era gracioso también porque, siendo justos, Mason también se adaptó a mi familia. A Enzo y a mí nos gustaba bromear y decir que éramos trillizos, pero que al tercero lo encontramos un día cualquiera en la basura.

Bajé las escaleras chequeando los mensaje de Ethan y preguntándome a mí misma que era lo que estaba haciendo.

Abrí la puerta para observar a Ethan apoyado en el auto de su padre, estacionado frente a mi calle. Sonrió al verme, y yo me sorprendí, porque no era lo que esperaba.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.