I. Sydney | Homeless

| capítulo ocho; mr. loverman |

Ricky Montgomery — Mr. Loverman

2012, mayo | australia, sydney

Liam;

—¡MENTIRA! —gritó Vanna, apenas Mike terminó de hablar.

—Es cierto —afirmó nuestro nuevo mánager —, asi que créelo, porque eso haremos este fin de semana.

Vanna comenzó a dar saltitos en el aire con Enzo y Mason, que gritaban con voz aguda a propósito.

—Creí que ustedes dos se pondrían más contentos —mencionó Mike, desde el escritorio de su oficina, señalándonos a Cam y a mí, y sonriendo ante la reacción infantil de los otros tres.

—Estamos felices —afirmé, y era cierto, pero era mayo y hacía frío.

—Si, ¿no se nota?

Observé a Cam y su cara y no, no se notaba.

—¿Podrías prender la calefacción? —pregunté, sobándome los brazos.

—Sí, chicos, seguro.

Mike se puso de pie, se acomodó la camisa y caminó hasta la estufa eléctrica que había en su oficina, en un edificio moderno que quedaba en el centro de Sídney. Prendió la calefacción, aunque no hizo efecto de inmediato. Lo que sí era contagioso, era la felicidad que embriagaba a Mason, Enzo y Vanna, que no dejaban de saltar ni chillar.

Era oficial: The Backseat Poets grabaría su primer video oficial.

Bueno, no. No tan así.

Un estudiante de la Universidad de Sydney, aspirante a cineasta, había contactado a Mike para preguntarle si no sabía de nadie que se prestara para la grabación de algo profesional, preferentemente músicos. Esa oportunidad parecía llevar nuestro nombre grabado en ella.

Por supuesto que no tocaríamos nada nuestro, porque ninguna de nuestras letras estaba terminada, pero algo se nos ocurriría, estaba seguro. Asi que ese fin de semana, nos iríamos al edificio de la universidad a grabar en algún lugar un cover. Es decir, algo decente que pudiéramos subir a YouTube.

Cuándo dimos por finalizada nuestra reunión con Mike ese martes, acordando que nos veríamos el sábado en algún punto de Carillon Avenue para encontrarnos con este estudiante, Vanna insistió en que fuéramos a comer al restaurante del hotel de Henry, porque Ethan decía que no había ido nadie. Los fines de semana era cuándo se llenaba de gente.

Ethan. De lo único que Vanna hablaba era Ethan. Que la madre de Ethan se dedicaba a esto, que el padre de Ethan era súper amable, que Ethan amaba dejarle notas en el casillero, que Ethan hacía la “V” con los dedos cuándo marcaba un gol en algún partido. Puedo asegurar que Giovanna se sabía hasta cuántos pelos tenía en el culo. Ya me estaba cansando.

Pero, debo admitir, yo también había tenido la culpa.

Luke y yo hablábamos por teléfono al menos dos veces por semana, y una noche, se me escapó mencionarle lo enojado que estaba por toda esta mierda. Dije en voz alta lo que me venía repitiendo a mí mismo una y otra vez, intentando consolarme, o como mecanismo de defensa, ni siquiera estaba seguro de cual. Me decía a mí mismo que no durarían, que Vanna no pertenecía a ese mundo, que Ethan la cagaría, o que algo pasaría. Pero no, ya llevaban un mes y medio juntos, y parecía que de esa pareja tendríamos largo rato.

Y Luke tuvo que escuchar todo eso. Tuvo que aguantar que escupiera frustrado como me molestaba que él la abrazara por los hombros, o que la tomara de la cintura, o que se animara a besarla frente a la escuela entera. Y creí que me apoyaría, porque es mi hermano. Pero, en lugar de eso, dijo:

—Eso fue tu culpa, Liam, y lo sabes.

—¿Qué?

—Sí —lo escuché reír, del otro lado de la línea —. Si no hubieras actuado como un cretino, quizá, no sé, ella seguiría dispuesta a esperar que decidas que la quieres.

—¡Yo si la quiero!

—¿Y se lo has dicho? ¿Ella lo sabe?

Hice un silencio.

—Se pudo haber dado cuenta, le dí señales…

—No, hermano. No funciona así.

—Pero…

—Escucha —me cortó —, tú eres el responsable de que ella supiera o no. Eres el hombre ahí, y debes actuar como tal.

—Ese es un pensamiento retrógrada.

—No, no es retrógrada, es real. Debes hacerte cargo de lo que hiciste. La avergonzaste por cómo se veía, todo porque a tí te molestó que otros notaran que Vanna no es fea, y encima, luego, tuviste el tupé de salir una semana con tu ex. ¿Por qué crees que corrió a los brazos de alguien más?

—¡No fue justo!

—Para ella, no. El mundo funciona así, Li: si tú no lo haces, otro hombre lo hará por tí.

Me quedé callado.

—¿Y qué querías que hiciera? —pregunté, casi en un susurro —No podía…

—¿No podías qué? —interrumpió—¿Decirle lo que sentías? ¿Admitir que te importaba? ¿Actuar cómo un hombre?

—No era tan fácil.

—Claro que lo era —replicó—. Solo que preferiste esconderte detrás de tu maldito orgullo.

—Luke…

—No, escúchame —su voz cambió; ya no sonaba paciente, sonaba como cuando me reprendía de niños —. Tú puedes mentirme a mí, pero no te mientas a ti mismo. Llevas un tiempo largo comportándote como si ella te hubiera hecho algo terrible, cuando el que la empujó lejos fuiste tú.




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