Bryan Adams — Summer Of ‘69
2012, junio| australia, sydney
Vanna;
Ethan, recostado sobre mi cama con la cabeza de Puerca sobre el abdomen, me veía sacar la ropa de mi armario, examinando prenda por prenda. Mientras elegía la ropa, sentía que todo había ocurrido muy rápido.
Ese fin de semana, nos iríamos de tour por primera vez. Cuándo el video que grabamos en la Universidad de Sídney se publicó en la página oficial, de alguna forma que no entiendo se viralizó. La gente hablaba emocionada de mi voz, del talento de Mason, del solo de Liam, de la pasión de Cam y de la energía de mi hermano.
Y Mike, como tenía una especie de sexto sentido para los negocios, consiguió un par de lugares para que tocáramos en Canberra, y luego nos iríamos a Melbourne, Adelaida, y luego varías horas a Perth y a Brisbane. Mike había calculado mal los costos de los vuelos, así que haríamos el tour entero en la van, con la promesa de no matarnos antes de llegar a Perth.
Habíamos subido abruptamente de suscriptores a YouTube, y ahora estábamos cerca de llegar a los cincuenta mil. Era una puta locura.
Claro que mi hermana y su futuro marido, cómo Caro insitía en que llamáramos a Luke, habían tenido la intención de ayudarnos a promocionar nuestra banda un poco más, pero Liam, Enzo y yo nos negamos, estando los tres de acuerdo en una sola cosa: si el mundo alguna vez nos reconocía, sería por nuestro arte, no por nuestro apellido. Y, obviamente, Mason y Cam se habían molestado muchísimo, pero tampoco era como que pudieran cambiar nuestra decisión.
Y Luke, como tenía la necesidad de colaborar de alguna forma, el lunes de esa semana nos había regalado una caja con camisetas con nuestro logo en ellas.
Si Luke no era el mejor cuñado que alguien podía tener, me iba a pellizcar una teta.
Ethan bostezó tan fuerte que Puerca levantó la cabeza, ofendida.
—¿No te emociona ni un poco? —pregunté, sosteniendo un par de pantalones frente al espejo.
—Sí, claro —dijo, sonriendo apenas—. Pero llevo escuchándote hablar del tour desde hace una semana. Si me vuelves a decir que te dolerán los dedos de tanto tocar, voy a pedirle a Cam que me atropelle con la van.
Le lancé un calcetín enrollado que le pegó en el cuello.
—Eres un ingrato —respondí.
—Soy realista —replicó, echando un vistazo al caos de ropa sobre mi cama—. Además, ¿por qué empacas como si fueras a una pasarela y no a dormir en moteles con olor a humedad? No quiero que otros miren a mi novia.
No pude evitar reír. Tenía un poco de razón, pero igual metí otro par de jeans y una chaqueta hermosa.
—Mi hermana me matará si no uso todo lo que me compró. Aparte, nunca sabes cuándo vas a tener que dar una entrevista —dije con un guiño.
—Sí, claro, en Canberra’s Rock Motel, edición especial de cucarachas.
Puerca se estiró y apoyó la cabeza en su pierna. Ethan le rascó detrás de la oreja.
—No te imagino lejos de esta bestia.
—Me va a extrañar más de lo que tú crees.
—Nah —respondió—. Te va a olvidar a los dos días, cuando yo la lleve a pasear a la reserva.
Rodé los ojos, pero el nudo en el estómago se apretó igual. Por primera vez, me iba por algo grande. Algo que no tenía que ver con mi familia, ni con el apellido Borelli, ni con nadie más que nosotros.
Ethan se levantó, caminó hacia mí y me revolvió el cabello.
—Solo prométeme una cosa —dijo, sonriendo.
—¿Qué? —pregunté, apoyando el mentón sobre su pecho y abrazándolo por la cintura, mientras lo miraba.
—Que me mandarás fotos —me quitó un mechón de pelo del rostro —. Quiero presumirles a los idiotas que almuerzan conmigo que mi novia es la chica más linda de esa escuela.
Reí, y lo besé.
Sentí su respiración mezclarse con la mía, su pulgar rozando mi mejilla, el olor familiar de su buzo y del perfume que solía robarme. Me apreté un poco más contra él, deseando que el tiempo se detuviera ahí, en mi habitación, con Puerca dormida y el mundo todavía quieto.
—Podría secuestrarte —admitió, sonriendo.
Reí, y apoyé mi cabeza en su pecho.
—¿Ya te vas?
—Sí. Pero iré a Harbour Room mañana, a despedirte.
Liam;
¿Por qué había tenido que venir? ¿Por qué? ¿Quién lo había invitado? Porque yo le cortaría la cabeza a ese alguien.
El único momento de respiro que tuve fue cuando me fui hasta detrás de la van a guardar mi valija con ropa, apretada entre un amplificador, un pedal y una caja de partituras dobladas, y mi guitarra.
No quise mirar hacia la puerta principal, pero lo hice igual.
Ethan estaba apoyado contra el marco de la entrada de The Harbour Room, de brazos cruzados. Hablaba con Vanna; bueno, no, en realidad la miraba. Ella le respondía bajito, riéndose de algo que ni yo escuché. La forma en que se inclinó hacia ella me hizo apretar el puño alrededor del mástil hasta que los nudillos me dolieron.