5 Seconds of Summer — Lost In Reality
2012, julio | australia, adelaida
Liam;
Era de noche. No sabía ni siquiera que hora era, pero era tarde. Mike acostumbraba a elegir de las opciones más baratas para nuestra estadía en las ciudades que estábamos visitando. Decía una y otra vez que el precio era proporcionalmente relativo a la ganancia, así que me sorprendía que nosotros no estuviéramos ya durmiendo en la calle.
Cómo íbamos a tocar tres fechas en Adelaida, esa noche nos quedamos en un departamento, que nos salía más barato que un hotel si era un fin de semana, y a veces eran más cómodos. El de aquel fin de semana tenía olor a viejo, pero era cómodo, y tenía dos habitaciones.
Vanna y Andy eran súper organizadas y molestas con la mugre sobre lugares como sus camas, por ejemplo. Vanna llamaba “mugre” a cualquier desorden fuera de lugar, claro. Así que compartir una habitación con Cam o Mason, porque a veces dormíamos todos juntos, para ella no era la mejor opción.
Ella siempre decía que nunca podría tener el estilo de personalidad de Gigi, que había que tener mucho control sobre uno mismo, pero para mí era como la mezcla justa de las tres. Era organizada y mandona como Gigi, hermosa como Caro, y con las cosas justas para hacerla única en su tipo.
Era hasta incluso mejor, sólo le faltaba darse cuenta.
El departamento estaba en silencio.
Por primera vez en toda la semana, no se escuchaba a Mason tararear, ni a Enzo golpear con las baquetas cualquier superficie que encontrara.
Andy y Vanna dormían en la habitación de al lado, y el ruido de alguna dando vueltas por el departamento rompía el silencio de vez en cuando.
Yo estaba en nuestro cuarto, recostado sobre un colchón en el piso. Mi guitarra estaba puesta sobre mi valija, quieta. Había intentado escribir algo, pero no me salía nada. Tenía la cabeza llena y al mismo tiempo completamente en blanco.
Miré el techo, contando las grietas, hasta que mis ojos se acostumbraron a la oscuridad. No podía dejar de pensar en lo rápido que todo se estaba moviendo. Un mes atrás, ensayábamos en un garaje; ahora estábamos tocando en escenarios que ni siquiera sabíamos pronunciar bien.
Todo debería sentirse increíble, pero a veces… Había algo raro. Como si cada logro trajera un peso nuevo.
Y, sin darme cuenta, siempre terminaba pensando en ella.
No sabía en qué momento había pasado a importarme tanto lo que hacía o decía. Ni por qué me molestaba cuándo hablaba con Ethan por teléfono. ¿Qué le importaba lo que hacíamos? Eso era problema de la banda. También odiaba a los idiotas que la miraban embobados desde del público, o intentaban hablarle. ¿Cuál era la necesidad?
Bueno, aunque ella ni siquiera era mi novia.
Ni quería que lo fuera. Creo.
Me levanté despacio para no hacer ruido y salí del cuarto. Me frené en el pasillo. La puerta del cuarto de ellas estaba entreabierta; una luz cálida se filtraba desde adentro.
Por un segundo, me debatí la idea de acercarme. ¿Era mala idea? Podría ser. ¿Se enojaría conmigo por despertarla? Podría ser. ¿A Ethan le molestaría? Definitivamente.
Caminé hasta su cuarto, sin saber muy bien qué era lo que pretendía hacer.
Apoyé la mano en la puerta y la corrí un poco, lo suficiente para asomarme apenas, esperando que fuera ella quién estuviera despierta. Pero no: Andy, en pijama, estaba recostada sobre una de las camas a medio hacer. Su cabello castaño oscuro caía lacio alrededor del rostro, enmarcando unas cejas marcadas y una expresión delicada, casi etérea. Con la piel clara y los rasgos finos iluminados por la luz tenue del cuarto, leía distraída unas páginas de Jenny Han.
Era diferente de Cam, si he de ser honesto, porque mi amigo jamás habría leído un libro que no tuviera dibujos.
—Hola —saludé, intentando esconder mis intenciones por un momento.
Andy levantó la vista apenas, sin mover la cabeza.
—No está aquí —anunció, incluso antes de que yo preguntara nada.
—Oye —me hice el ofendido y me llevé la mano al pecho —¿No puedo pasar a saludar?
Andy levantó la cabeza completamente y me miró, sonriendo como si supiera muchísimas cosas de las que yo no tenía idea.
—No soy tonta.
—¿Quién dijo que sí?
Levantó una ceja, y yo reí apenas.
—Bien, de acuerdo. Gracias, Andy.
Apenas me había movido para irme cuándo la escuché hablar otra vez, asi que me volví, porque no había entendido lo que dijo.
—¿Qué dijiste?
—Que está en el balcón, y no está bien, asi que no lo arruines, no la confundas, porque te patearé el trasero.
Levanté las manos.
—Hecho.
—Liam.
Volví de nuevo.
—¿Qué?
—En serio te hablo.
—Lo sé. ¿Algo más?