Taylor Swift — Long Live (Taylor's Version)
2012, julio | australia, sydney
Vanna;
Luego de la última fecha en Brisbane, volvimos a Sídney.
La verdad era que yo estaba un poco escéptica con respecto a hacer un tour por Australia cuándo no nos conocía nadie, pero la idea de Mike había funcionado muy bien para mi sorpresa. Todo era una puta locura.
Apenas bajamos de la van, sentí que mis piernas eran dos fideos cocidos. Brisbane había sido increíble, pero también un lavado mental de doce horas entre gritos, acordes mal afinados y Cam perdiendo tres remeras.
¿Cómo una persona pierde tres putas remeras en un solo día? ¿Tres?
A Sídney volvimos con olor a gloria barata y ropa húmeda. Pero algo era distinto. El teléfono de Mike no dejaba de vibrar; Andy revisaba Twitter cada dos minutos, y cada vez que veía un número nuevo se le abrían más los ojos.
—¿Somos famosos o qué? —preguntó Cam, apoyándose en su estuche de bajo como si fuera un trono.
—Famosos no —dije, empujándolo para que caminara—. Pero al menos ahora si nos morimos, alguien lo va a tuitear.
Mike bufó, pero no podía borrar la sonrisa triunfante.
—El viernes a las diez tenemos reunión. Este lugar produjo a varias bandas grandes —dijo, inflando el pecho como si el estudio fuera suyo.
Yo asentí, tratando de procesar que en menos de dos meses pasamos de grabar con una cámara en una universidad a tener un lugar real donde trabajar. Un estudio, con puertas acolchadas, y micrófonos que no estaban rotos.
Era absurdo, y maravilloso.
Y, claro, yo lo único que pensaba era en que mi madre, en algún momento, tendría que enterarse de la verdad.
Cuándo volvimos a la escuela luego de estar un mes fuera, nos costó agarrar el ritmo nuevamente. Esas semanas que estuvimos yendo de un lugar a otro, de un bar a otro, la escuela nos estuvo enviando los contenidos de las clases para mantener el ritmo, pero claro, ¿quién se iba a poner a leer un libro de quinientas mil páginas sobre Literatura Rusa cuándo podíamos salir a la Isla Rottnest a ver Koalas? Lo siento, pero yo no.
Mi mejor amigo había repetido toda mi vida que estudiar no era lo suyo, que no ser una rata de biblioteca era ser rebelde, pero jamás pensé que tomaría la drástica decisión de irse. Y no hablo de la banda, o su casa, hablo de la escuela.
Mason, aquel lunes que estuvimos de regreso, no se presentó en ninguna clase. El martes tampoco, y el miércoles tampoco, y así toda esa semana. Cuándo lo enfrenté para preguntarle, me dijo que las almas libres eran eso, almas libres. Me dijo que su mente no podía ser estimulada por aquel sistema, y me dijo que alguno de nosotros debía sacrificar sus chances de ir a la universidad para asegurarse de que The Backseat Poets tuviera realmente oportunidades, y que sería él.
Nunca más regresó. No se graduó, aunque ninguno de nosotros realmente lo hizo, así que sería justo decir que éramos estúpidos por igual. Nos fuimos de Sídney antes de llegar a tener la oportunidad de sostener aquel diploma, o de usar una toga, o como se llamara.
Me hubiera gustado mucho tener un diploma, de todas formas. Pero creo que los reconocimientos de Billboard, los Grammys, los VMA’s y las noches interminables cantando frente a miles de desconocidos que sabían mi nombre y mi historia de memoria compensaron bastante bien la falta de toga y birrete.
O eso me repetía cada vez que veía una foto de mis excompañeros con sus diplomas en mano, sonriendo como si hubieran derrotado a un dragón. Yo derroté un dragón distinto: el miedo a fallar. Pero no salía igual de lindo en las fotos.
El estudio que Mike mencionaba estaba en un edificio cerca del centro, con ventanas enormes y un patio interno lleno de plantas que siempre parecían estar al borde de morir. El encargado, un tipo calvo con un aro en la ceja y la energía de alguien que había tomado más café del permitido por la ley, nos dio un tour rápido. Pasamos por salas con consolas llenas de botones que jamás entendería, y micrófonos suspendidos como si fueran instrumentos quirúrgicos.
—Acá grabaron Fall Out Boy, My Chemical Romance… y Linkin Park —enumeró, con orgullo.
Enzo abrió la boca tan grande que pensé que le iba a entrar una paloma.
—¿LINKIN PARK?
Sabía que era la banda favorita de mi hermano de todos los tiempos.
—Eso significa que voy a asentar el culo dónde Chester Bennington lo puso —afirmó.
—Sí, y esperemos no te embarace —bromeó Mason.
Enzo le sacó el dedo del medio sin siquiera dignarse a mirarlo.
—Callate. Si quedo embarazado de Chester, lo crío yo solo, no me importa nada.
El encargado parpadeó un par de veces, procesando muy lentamente el nivel de estupidez que manejábamos como grupo.
—Ehm… sí, bueno… esta sala es la principal —dijo, señalando una puerta doble con paneles acústicos—. Traten de no gritar. El sonido rebota más de lo que creen.
Obvio que lo primero que hizo Cam fue gritar.