I. Sydney | Homeless

| capítulo doce; confesiones de un alma enojada |

Seether, Amy Lee — Broken

2012, ago. | australia, sydney

Vanna;

Era agosto. Eso significaba que en ciertas partes del mundo era verano, y que Leah Ricci y Daya Ralston, las mejores amigas que una podía tener, estaban quedándose en mi casa por su visita de cada año.

Conocí a Leah porque su hermano mayor, Callum Ricci, trabajaba con Caro cuándo estaban filmando Los Palacios Escondidos en Praga. Nos cruzábamos muchas veces, y un día descubrimos que teníamos la misma edad, y que ambas estábamos perdidamente enamoradas Justin Timberlake. Y el resto fue historia.

Trabajaba como teen model, en Los Ángeles, con una carrera que comenzaba a despegar. Tenía el cabello oscuro, liso y brillante. Era alta, de cuerpo impresionante, y nunca la verías mal vestida. De facciones finas, nariz recta, ojos almendrados, Leah era el tipo de persona que podía transformar cualquier espacio en algo más brillante, más interesante, más glamouroso, con solo estar ahí.

Daya, en cambio, se unió al grupo tiempo después. La noche que se hizo el estreno de la última entrega de la saga, llamada El Ascenso de la Heredera, el estudio que producía las películas organizó una fiesta privada en Los Ángeles para el cast, el equipo de producción y sus familias. Daya era hija de uno de los productores ejecutivos.

Leah y yo estábamos sentadas aburridisimas en una esquina, cuándo Daya se acercó a preguntarnos si queríamos acompañarla a comer helado de contrabando, y ahí se ganó mi corazón.

No se parecía mucho a Leah. Era morena, radiante, con cabello apenas ondulado, y castaño oscuro, casi negro. De rostro armonioso, ojos oscuros, hoyuelos, y energía hecha para burlarse de tí sin que pudieras darte cuenta. Daya era el torbellino de sensatez del grupo, o como a mi mamá le gustaba decirle: “la voz de la consciencia.”

Mi mundo entero se paralizaba por esas semanas en que ellas estaban en mi casa, y que coincidían justo con el cumpleaños de Gusti, un evento que cada año terminaba en desastre. Mi hermano siempre volvía a casa a pasar su cumpleaños porque su temporada finalizaba en mayo, y antes de los primeros días de septiembre debía estar de regreso en Países Bajos.

El año anterior, por ejemplo, Cam se había emborrachado tanto que corrió desnudo en la Reserva Wright y lo terminaron arrestando, por supuesto. Luke pagó su fianza, y lo sacó de la cárcel antes de que nadie tuviera tiempo de enterarse.

Otra historia de ese cumpleaños fue la de Daya y Enzo, que hicieron un esfuerzo sobrehumano por no dejarse en evidencia. Les habría salido bien si yo no los hubiera visto salir del cuarto de mi hermano al mismo tiempo, cuándo iba cerrando la puerta del baño. Si hubieran esperado dos segundos más, jamás habrían tenido que aguantarse mis miradas incriminatorias.

Me pregunté cuál sería la historia de aquel cumpleaños, y a quién le tocaría.

Gigi no, porque aquel año había decidido quedarse en Inglaterra y mantenerse a salvo. Su excusa fue que estaba en proceso de mudarse a Londres por su nuevo trabajo, asi que no podría asistir. Una decisión inteligente, si me preguntaban a mí. Caro y Luke, en cambio, habían venido a Sídney únicamente que por ese festejo.

Ethan estaba invitado también, por supuesto, aunque no era como si no hubiera ido antes. Los cumpleaños de Gusti generalmente se llenaban de gente.

Esa noche, de hecho, nos estábamos arreglando para eso. Era tarde, ya había gente en el salón del hotel de papá, que era dónde se festejaban las fiestas de los Borelli, pero cómo Leah, Daya y yo habíamos estado toda la tarde poniendo manteles y acomodando bebidas, hacía un rato que nos habíamos terminado de bañar y estábamos arreglándonos.

Sólo Dios sabe cuánto tarda una mujer en arreglarse, y cuándo más tiempo puede pasar si es en grupo. Que nadie fuera tan suicida de animarse a apurarnos.

Era casi una coreografía caótica: Leah ocupaba el espejo grande, delineándose los ojos con precisión, y Daya estaba tirada en la alfombra, secándose el cabello mientras bailaba al ritmo de una playlist noventosa. Yo intentaba no pisar los zapatos de ninguna mientras buscaba mi pulsera plateada que, estaba segura, había dejado arriba de la cama. Spoiler: no estaba ahí.

—¿Lo viste? —pregunté por tercera vez, levantando una pila de ropa sin doblar.

—Si fuera una serpiente, ya te habría mordido. Estás insoportable —respondió Leah, sin siquiera mirarme, como si su concentración absoluta estuviera dedicada a la línea perfecta de su eyeliner.

—¿Te fijaste abajo de la cama? —dijo Daya desde el piso, señalando con el secador como si fuera una varita mágica.

Me arrodillé, extendí la mano y… sí. Ahí estaba.

El cuarto olía a perfume caro, crema de rizos, laca para el cabello y un toque de ansiedad anticipada, una mezcla muy del estilo pre-cumpleaños-de-Gusti. Cada año, algo explotaba, a veces literalmente, y por alguna razón seguíamos actuando como si fuera el mejor evento del año.

Cuándo Leah se alejó un poco del espejo y volteó hacia mí, se detuvo un momento, escaneándome con los ojos.

—¿Qué tengo? —pregunté, pasando las manos por mi abdomen, y observando mi ropa, buscando algo.

—¿Desde cuándo Vanna Borelli se preocupa por cómo se ve?

Reí apenas, poniéndome junto a ella en el espejo, para acomodarme la ropa.

—Desde que mi hermana decidió que mi guardarropa merecía un cambio —respondí, tironeando el borde de mi top como si eso fuera a cambiar algo.

El reflejo me devolvió exactamente lo mismo: el top marrón ceñido hasta la cintura, los jeans negros ajustados hasta la cadera y la campera de cuero que esperaba no derretirme antes de llegar a la calle. Todo combinado con unas botas negras de tacón absurdo, que ya me estaban haciendo replantear mis decisiones de vida.

Leah entrecerró los ojos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.